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Habitar el mundo


Cada verano deja imágenes que se parecen demasiado a las del anterior. Bosques reducidos a cenizas, pueblos amenazados, carreteras cortadas, vecinos desalojados. Este año, además, algunas de esas tragedias han dejado lo más doloroso: vidas humanas perdidas.

Los primeros días se habla de hectáreas quemadas, de medios desplegados, de temperaturas extremas o de las posibles causas del incendio. Es inevitable. Pero, cuando el humo comienza a disiparse, la mirada cambia. Ya no vemos solo un bosque que arde. Vemos hogares, recuerdos, años de trabajo y, en ocasiones, vidas que no podrán recuperarse.

Quizá por eso la primera palabra que ofrece la tradición cristiana no es «naturaleza», sino «creación». No es un matiz sin importancia. La naturaleza puede entenderse como un recurso; la creación remite siempre a un don. Y los dones no se explotan ni se sustituyen: se reciben con gratitud y se custodian con responsabilidad.

El Génesis expresa esa idea con una imagen de enorme sencillez. El ser humano es colocado en un jardín para cultivarlo y guardarlo. No aparece como dueño absoluto de cuanto le rodea, sino como alguien que recibe una tarea. Por eso, el cristianismo entiende su relación con el mundo como una forma de responsabilidad antes que de dominio.

Benedicto XVI condensó esta intuición en una frase: «El libro de la naturaleza es uno e indivisible». Con ella recordaba que no existe una ruptura entre el cuidado del mundo y el cuidado de las personas. Ambos nacen de la misma actitud: reconocer que la realidad no comienza en nosotros y que, precisamente por eso, merece ser respetada.

Los incendios muestran con crudeza esa unidad. Cuando un monte arde, no desaparece únicamente un paisaje. Se ven amenazadas vidas, hogares, trabajos, pueblos enteros. La herida de la tierra termina siendo también una herida humana.

Y, sin embargo, junto a la devastación también aparece otra realidad. Mientras unos huyen de las llamas, otros avanzan hacia ellas. Bomberos, agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad, sanitarios, voluntarios, vecinos que abren sus casas o permanecen al lado de quienes lo han perdido todo. Esto nos recuerda aquella escena del Evangelio en la que un hombre herido permanece al borde del camino. Algunos pasan de largo. Otro se detiene. La parábola del buen samaritano no intenta explicar por qué existe el sufrimiento; muestra algo más grande: lo que sucede cuando alguien decide hacerse cargo del dolor del otro.

Y esa es también la diferencia entre ocupar el mundo y habitarlo. Quien solo ocupa un lugar piensa en lo que puede obtener de él. Quien lo habita aprende a sentirse responsable de cuanto sucede en él: de la tierra que pisa y de las personas con las que la comparte.