Início / Menu Diócesis / Noticias

Cuando nadie espera por nosotros


Hace unos días, un sacerdote me decía con toda naturalidad que este verano tampoco podría marcharse unos días de vacaciones. “No hay quien atienda las parroquias”, comentaba casi de pasada. No era una queja ni una reivindicación. Le preocupaba simplemente que hubiera alguien para celebrar la Eucaristía, atender una urgencia o responder a quien llamara a la puerta de la casa parroquial.

Aquella conversación me hizo pensar que una de las pobrezas más silenciosas de nuestro tiempo no es solo la falta de recursos, sino la ausencia de alguien.

Vivimos en una sociedad hiperconectada pero cada día más sola. La despoblación vacía los pueblos. El envejecimiento hace que cada vez haya más personas que pasan buena parte del día sin hablar con nadie. Y no siempre la mayor preocupación es quedarse sin un servicio, sino que nadie note nuestra ausencia.

Todos necesitamos sentir que nuestra vida importa a alguien. Que alguien pregunte por qué hoy no hemos salido a pasear. Que eche de menos nuestra presencia en la Misa del domingo. Que llame cuando hace días que no sabe de nosotros. Que conozca nuestro nombre.

No es casual que una de las imágenes más hermosas del Evangelio sea la del Buen Pastor que llama a cada una de sus ovejas por su nombre. Antes que un rebaño, ve personas. Antes que una multitud, rostros concretos. Conocer el nombre de alguien significa reconocer que su vida importa, que su ausencia no pasa desapercibida y que nunca será un extraño.

Quizá esa sea una de las aportaciones más discretas y, al mismo tiempo, más valiosas de tantas parroquias, especialmente en el medio rural. No solo sostienen la vida de fe de una comunidad. También mantienen vivos vínculos que difícilmente pueden medirse con estadísticas. En muchos pueblos siguen siendo uno de los lugares donde todavía hay alguien que conoce el nombre de cada persona y donde una ausencia no pasa inadvertida.

La soledad no siempre consiste en vivir solo. A veces comienza cuando dejamos de ser esperados por alguien.