Hay personas a las que dejamos de escuchar mucho antes de que terminen de hablar. No porque no tengan nada que decir, sino porque creemos saber lo que quieren decir. Dejamos de escuchar a la persona y empezamos a escuchar la idea que nos hemos hecho de ella.
También hacemos eso con los acontecimientos. Nos basta un titular, una conversación o escuchar solo una parte de una historia para decidir qué ha pasado y quién tiene razón. Podemos seguir leyendo o escuchando, pero muchas veces ya no buscamos comprender, sino confirmar lo que ya pensábamos.
Con demasiada facilidad confundimos dos cosas muy distintas: la opinión y la verdad.
Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, advirtió hace años de este riesgo: poco a poco parece haberse debilitado el deseo de buscar la verdad para conformarnos con intercambiar opiniones. Pero una opinión y la verdad no son lo mismo.
La opinión nace de lo que yo pienso. La verdad no: nos precede. No depende de nuestras preferencias, de nuestros sentimientos ni de las mayorías. Está ahí antes de que la reconozcamos y permanece aunque nos equivoquemos sobre ella. Por eso la tarea de la inteligencia no consiste en fabricar la verdad, sino en descubrirla.
Cuando creemos que la verdad empieza y termina en nuestra opinión, dejamos de aprender. Dejamos de escuchar. Dejamos de hacernos preguntas. Pero cuando aceptamos que la verdad es mayor que nosotros, aceptamos también que puede corregirnos.
Desde Sócrates sabemos que reconocer los propios límites no es el final del conocimiento, sino su comienzo. Decir “no lo sé” no es una muestra de ignorancia. Es la condición para que la realidad pueda enseñarnos algo que todavía no habíamos visto.
A lo largo de toda su obra, Ratzinger presenta la verdad como una realidad que no nace del hombre, sino que lo precede y sale a su encuentro; no como una conquista, sino como un don que el hombre está llamado a acoger. No la inventamos ni la producimos; la descubrimos. Por eso solo sigue buscando quien no ha convertido ya su opinión en la medida de todas las cosas.
Quizá por eso conviene volver a escuchar hasta el final. A las personas, a los acontecimientos y también a la realidad. Porque quien busca sinceramente la verdad sabe que no está llamado a imponer sus convicciones, sino a contrastarlas continuamente con la realidad, dejándose corregir por ella cuando sea necesario.
Porque la verdadera libertad no se reduce a poder decir cualquier cosa, sino a amar la verdad lo suficiente como para dejarnos alcanzar por ella y permitir que configure nuestra manera de pensar y, con ella, nuestra manera de vivir.
María José Campo




