El verano transforma nuestras ciudades y nuestros pueblos. Las calles se llenan, las plazas cambian de ritmo y lugares que durante el resto del año parecen tranquilos reciben a miles de visitantes.
Para quien está de vacaciones, una ciudad puede ser un destino; para quien vive en ella, sigue siendo el lugar donde trabaja, descansa, educa a sus hijos o saluda cada mañana a sus vecinos. Lo que unos descubren por primera vez, otros lo llaman hogar.
No siempre es fácil compaginar ambas realidades. Tal vez por eso merece la pena recuperar una palabra que la tradición cristiana ha considerado siempre una virtud: la hospitalidad.
Es mucho más que cortesía o buena educación. En la Biblia, la hospitalidad nace de una forma concreta de mirar a los demás: quien llama a nuestra puerta no es, antes que nada, un turista, un cliente o un desconocido, sino una persona.
Por eso la Sagrada Escritura está llena de escenas de acogida. Abraham recibe a tres caminantes bajo la encina de Mambré. Jesús entra en las casas de quienes lo invitan y acepta también la hospitalidad de pueblos y familias durante su vida pública. La hospitalidad no aparece como un gesto excepcional, sino como una forma de vivir.
También hoy sigue siendo una buena clave para entender la convivencia entre quien llega y quien permanece.
Quien visita un lugar merece disfrutar de su belleza, de su patrimonio y de su cultura, pero también ha de respetar la vida cotidiana de quienes lo habitan.
Y quien recibe tampoco debería ver en cada visitante una molestia o una amenaza. Detrás de cada viajero hay una historia, una familia, una búsqueda de descanso, de belleza o de encuentro. La convivencia nunca nace de la desconfianza, sino del reconocimiento mutuo.
La hospitalidad cristiana no ignora los problemas reales que puede generar el turismo ni renuncia a buscar soluciones justas cuando aparecen. Pero tampoco pierde de vista que, antes de cualquier etiqueta, siempre hay personas.
Los monumentos, los paisajes o la gastronomía pueden explicar por qué merece la pena visitar un lugar. Sus gentes explican por qué merece la pena volver.
María José Campo




