Obispo

DÍA IGLESIA DIOCESANA 2012


LA IGLESIA CONTRIBUYE A CREAR UNA SOCIEDAD MEJOR
Día de la Iglesia diocesana 2012

Queridos hermanos,
El lema de este día de la Iglesia diocesana, La Iglesia contribuye a una sociedad mejor, vuelve nuestra mirada hacia todo aquello que la fe y la comunidad cristiana aporta a nuestras vidas. Sin duda, las circunstancias de la crisis que atraviesa nuestra sociedad han motivado la elección de esta perspectiva: ¿Cómo contribuye el ser miembro vivo de la Iglesia a mejorar la situación de la sociedad?
Podríamos intentar describir la riqueza que recibimos como cristianos haciendo referencia a nuestra relaciones más fundamentales, aquellas que conforman nuestra vida. En primer lugar, nuestra relación con Dios se renueva, pues la fe nos hace comprender el amor inmenso con que Dios nos crea y por el que envía a su Hijo Jesucristo al mundo para salvarnos. Somos “hijos de Dios”, unidos a Jesús, y herederos con Él de la vida.
Estas certezas buenas sobre nosotros mismos, nuestra dignidad y nuestro destino brotan de la fe cristiana; así como una esperanza inquebrantable, que se mantiene en toda circunstancia. Y esto es imprescindible para progresar hacia una sociedad mejor, que no existirá sin personas que la puedan construir, con corazón fuerte y bueno, capaces de esperanza y de sacrificio.
En segundo lugar, vivir como cristianos renueva también nuestras relaciones más íntimas y familiares. Tomamos mejor conciencia de nuestra naturaleza humana, llamada al amor, y recibimos la gracia para realizarlo en nuestras vidas. Es decir, la unidad del hombre y de la mujer en el matrimonio, la generosidad de dar la vida y de no rechazar la fecundidad, los lazos de amor y respeto a padres e hijos, la fraternidad profunda, se hacen posibles para los cristianos, a pesar de la oposición de otras mentalidades que usan el poder político para guiar las conciencias y los pueblos.
Pero sin la realidad de las familias, vividas cristianamente, nuestra existencia personal se empobrecería enormemente, se frustrarían las expectativas del corazón y nuestra capacidad de respuesta a las dificultades económicas y sociales sería mucho menor. Aunque esté muy puesta en cuestión en nuestra sociedad, la familia sigue siendo una red de ayuda esencial en este o cualquier tiempo de crisis.
Y la Iglesia contribuye a una sociedad mejor enriqueciendo y fortaleciendo las relaciones sociales. En primer lugar, el sentido de la responsabilidad ante la propia vida y los deberes más elementales, por lo que aprendemos a trabajar, a estar presentes allá donde se necesita colaboración, a preocuparse seriamente por el bien común y la gestión de los asuntos públicos.
Esta moralidad primera es fundamental para la vida social. Por un lado, porque enseña lo que significa en concreto el bien del prójimo: no matarás,  no robarás, no mentirás, no desearás la mujer de tu prójimo ni sus bienes, etc. Y, por otro, porque permite comprender mejor qué responsabilidades tienen las personas, las familias o las empresas, y cuáles el Estado y el poder político. Sin la Iglesia, la percepción del ámbito de competencias y de los límites propios del Estado –que no es el alma o la guía de la sociedad, cuya libertad y derechos ha de reconocer y defender– se hace más difícil. Y, sin embargo, esto es esencial también para construir una sociedad mejor.
Vivir como miembros de la Iglesia renueva asimismo nuestra relación con el prójimo en sus necesidades, sean éstas económicas o de otro género. Esta solidaridad profunda, que es una fraternidad real, nace como fruto de la fe verdadera, que se expresa en la caridad. ¡De cuántas maneras está actuando en la ayuda mutua en comunidades y parroquias, entre familias amigas o vecinas!, ¡de cuántas maneras se consuela y acompaña en el sufrimiento! E igualmente, ¡de cuántas maneras se expresa en una caridad concreta para con los muchos que quedan sin recursos, excluídos de la vida económica, para con los emigrantes, los enfermos, los ancianos o los marginados de nuestra sociedad!
De todas estas manera y de muchas otras –por ejemplo, con la oración, con el anuncio de la verdad del Evangelio y la educación en la fe, o con la gracia de los sacramentos–, la Iglesia contribuye al bien de la sociedad, a que nuestras vidas sean mejores y lleguen a su destino verdadero.
Ello no sucede, sin embargo, sólo por la transmisión de una doctrina o de unas normas morales; sino por medio de una vida en la comunión de la Iglesia, en que la fe y la doctrina se manifiestan en la experiencia de cada día. Nunca podríamos responder a nuestra vocación solos, ni ser testigos ante la sociedad de una vida nueva si fuésemos meros individuos que tratan de aplicar una normativa.
El Evangelio nos transmite unidas la verdad y la gracia, la forma de la vida y la ayuda y la compañía para poder llevarla a cabo. Vivir como miembros de la Iglesia, en nuestra comunidad concreta, en nuestras parroquias, es el secreto para que la novedad y la verdad del Evangelio entre en nuestra existencia y la convierta en un lugar fecundo, en un instrumento útil al bien de los demás.
Sólo somos cristianos en la comunión de la Iglesia. Y sólo así seremos sal y luz para el mundo. Estar, vivir y atender a la propia parroquia resulta, por tanto, esencial, también para construir una sociedad mejor. Por lo cual, en concreto, hemos de concluir diciendo: sepámonos miembros de la Iglesia en Lugo, que es la Iglesia del Señor, universal y católica. Renovemos nuestra conciencia cristiana participando en nuestra comunidad parroquial; no permanezcamos externos y como al margen. Pues con la ayuda de cada uno a nuestra Iglesia, ganamos todos.
Con mi afecto y bendición,

Nacimiento
12 de octubre de 1956
Villalba (Lugo)

Ordenación sacerdotal
1985

Ordenación episcopal
9 de febrero de 2008

Nombramientos
Obispo de Lugo

Presidente de la Comisión Episcopal para la Educación y Cultura

Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española

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