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Cuando la enfermedad también necesita ser acompañada


Una hospitalización puede cambiar de golpe la vida cotidiana. Junto al diagnóstico, el tratamiento o la incertidumbre aparecen miedos, dudas y necesidades que no siempre encuentran respuesta en el ámbito estrictamente clínico.

Por mucho que estemos acompañados, hay una parte del sufrimiento que solo puede vivir quien lo padece. Podemos estar rodeados de médicos, familiares, amigos o cuidadores y, sin embargo, nadie puede sufrir por nosotros. La enfermedad se experimenta en el propio cuerpo, en la incertidumbre y en la fragilidad, en una intimidad a la que los demás solo pueden acercarse.

En Salvifici doloris, san Juan Pablo II recuerda que el sufrimiento forma parte del misterio del hombre y que la Iglesia está llamada a encontrarse con él precisamente en ese camino. Para el cristiano, ese acompañamiento nace de una certeza: Cristo ha compartido el sufrimiento humano y no deja solo a quien lo atraviesa.

Desde ahí cobra sentido la presencia de la Pastoral de la Salud y de los capellanes hospitalarios. Su misión no sustituye a la del personal sanitario ni a la atención psicológica o social. Atiende otra dimensión de la persona: aquella que, especialmente ante la enfermedad, se interroga por el sentido, la esperanza, Dios, la vida y también la muerte.

Su labor pasa por escuchar, acompañar, rezar con quien lo desea, facilitar los sacramentos y permanecer cerca de las familias, especialmente en situaciones de enfermedad grave, soledad, final de la vida o duelo.

Benedicto XVI insistió en la necesidad de “ir más allá” de un acercamiento exclusivamente clínico y abrirse también a la dimensión trascendente del enfermo. En ese ámbito atribuyó a los capellanes y asistentes religiosos “un papel fundamental”.

Acompañar no significa eliminar la soledad de quien sufre. Significa estar hasta donde el otro permite y recordarle, desde la fe, que tampoco ahí está abandonado. A veces será mediante una oración o un sacramento; otras, sencillamente, sentándose junto a una cama, escuchando o permaneciendo al lado de una familia cuando ya casi no quedan palabras.

Todo ello parte de una premisa fundamental: la libertad. La asistencia religiosa se ofrece a quien desea recibirla. Nadie está obligado a recurrir a ella. Pero para quien vive su enfermedad desde la fe, poder seguir haciéndolo durante un ingreso puede formar parte de su manera de afrontar lo que está viviendo.

La atención integral de la persona reconoce, en definitiva, que no somos únicamente un cuerpo que necesita ser tratado. Somos relaciones, convicciones, esperanza y, para el creyente, también fe.

Por eso, la presencia de la Iglesia en hospitales y centros sociosanitarios no pretende ocupar el lugar de nadie. Busca estar cerca allí donde aparece la fragilidad humana.

La Pastoral de la Salud no puede evitar esa parte del sufrimiento que cada persona vive en soledad, pero sí puede acompañarla y ayudarle a descubrir que, incluso ahí, no está abandonada.