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Quiroga y Mozambique, una fe compartida


Sacerdotes mozambiqueños colaboran desde hace varios años con las parroquias de Quiroga y O Courel. Lo que comenzó como una ayuda durante el verano ha dado lugar a una relación de amistad, cooperación y fe compartida.

En las parroquias de Quiroga y O Courel, agosto y los primeros días de septiembre concentran buena parte de las celebraciones del año. A las misas dominicales se suman fiestas patronales, novenas, aniversarios, funerales y confesiones. Atenderlas supone recorrer un territorio extenso, formado por pequeñas comunidades y marcado por las distancias.

Desde hace varios años, sacerdotes procedentes de Mozambique ayudan durante estas semanas a Jesús Río, párroco de una veintena de comunidades repartidas entre ambos municipios. Lo que comenzó como una solución práctica se ha convertido con el tiempo en una experiencia de fraternidad que une dos Iglesias separadas por miles de kilómetros.

Un encuentro nacido en Salamanca

La historia comenzó en 2019, cuando Jesús Río fue enviado a estudiar Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca. Allí conoció a varios sacerdotes mozambiqueños que cursaban estudios eclesiásticos gracias a una beca. La ayuda cubría la matrícula y la residencia, pero durante algunos periodos vacacionales el colegio permanecía cerrado y los estudiantes debían buscar una parroquia en la que alojarse y colaborar.

Jesús les propuso pasar esos días en Quiroga. La invitación respondía también a una necesidad pastoral: durante el verano resulta prácticamente imposible atender todas las celebraciones de una zona tan amplia sin contar con ayuda.

«Con ellos, la gente está mejor atendida y tampoco tenemos que pasar el día corriendo de una parroquia a otra», explica el párroco. Mientras él se desplaza a las comunidades más alejadas, los sacerdotes mozambiqueños celebran en las más próximas, algunas de las cuales pueden alcanzar caminando o con la ayuda de los propios vecinos.

Bonifácio fue el primero en llegar. Después lo hicieron Patricio, Dávio y, más recientemente, el padre Jackson. Desde 2020, la presencia de sacerdotes mozambiqueños se ha mantenido cada verano en estas parroquias.

Una lengua que resultaba familiar

La llegada de Bonifácio despertó inicialmente la curiosidad de los vecinos. Sin embargo, la distancia entre Mozambique y Galicia comenzó a reducirse desde las primeras conversaciones. El portugués, lengua oficial del país africano, facilitó la comprensión del gallego y ayudó a establecer una relación inmediata con las comunidades.

Bonifácio recuerda la sorpresa que sintió al escuchar hablar gallego por primera vez. Durante sus estudios había conocido la existencia de la tradición galaicoportuguesa, pero una cosa era encontrarla en los libros y otra escucharla en la vida cotidiana.

«Desde el primer momento las personas se mostraron muy próximas. Todos querían conocerme, presentarse y ponerse a disposición para cualquier necesidad», relata. Aquella acogida hizo que Quiroga dejase pronto de ser únicamente el lugar donde pasar el verano. «Me siento en casa; son como mi madre y mis hermanos», afirma.

También encontró diferencias entre la Iglesia de Mozambique y la realidad de las parroquias gallegas. En su país, explica, las celebraciones reúnen a numerosas familias y jóvenes y están acompañadas por cantos y danzas. En Galicia encontró templos de gran valor histórico, pero comunidades más pequeñas y envejecidas. Por encima de esas diferencias descubrió algo esencial: «Tenemos la misma fe, celebramos la misma misa y compartimos las mismas oraciones».

Para Bonifácio, esta colaboración expresa también la reciprocidad de la misión. Mozambique recibió el Evangelio gracias, en buena medida, a misioneros europeos. Ahora, los frutos de aquella evangelización regresan para compartir la fe con las comunidades de Europa.

Una cooperación que viaja en ambas direcciones

La relación no quedó limitada a la atención pastoral del verano. Al conocer las necesidades de la Iglesia mozambiqueña, las parroquias de Quiroga comenzaron a colaborar con diferentes iniciativas.

Bonifácio había sido enviado a estudiar Derecho Canónico para contribuir a la creación y puesta en funcionamiento de un tribunal eclesiástico en su diócesis. Para ello necesitaba reunir bibliografía especializada y formar a otras personas que pudieran colaborar en este servicio. Los vecinos respondieron ayudando a crear una pequeña biblioteca jurídica.

Con el tiempo, la recogida se amplió. Cada año se envían a Mozambique cajas con libros de Derecho, Teología, Medicina y Enfermería destinados al seminario y a la Universidad Católica de Mozambique, donde Bonifácio ejerce actualmente como profesor.

De esta relación nació también un lectorado de gallego en Mozambique, integrado por estudiantes, profesores y personal universitario. Las clases permiten acercarse a la lengua, pero también a la literatura, el cine, la música y las tradiciones de Galicia. Sus alumnos han leído a Rosalía de Castro, aprendido canciones gallegas e incluso se han interesado por una receta especialmente familiar en ambas orillas: el pulpo —polvo, en portugués— a la gallega.

Jesús Río define esta relación como un «hermanamiento espiritual»: una colaboración que surge cuando alguna de las dos comunidades descubre una necesidad de la otra.

Quiroga, la primera casa del padre Jackson

El padre Jackson llegó a Quiroga por recomendación de Bonifácio. Antes de comenzar sus estudios en Salamanca, su compañero le aconsejó pasar unas semanas en estas parroquias para familiarizarse con la lengua y con la vida en España.

Cuando llegó apenas hablaba castellano, aunque comprendía el gallego por su proximidad con el portugués. Durante un mes y medio fue aprendiendo con Jesús Río y con los vecinos. «Fui dando los primeros pasos como un bebé», recuerda. Cuando marchó a Salamanca ya podía desenvolverse en castellano.

Era la primera vez que salía de Mozambique. El paisaje montañoso de Quiroga le recordó a una provincia próxima a su lugar de origen y contribuyó a que se sintiera acogido: «Aquí empezó todo. Muchas de las cosas que conozco hoy las aprendí gracias a Quiroga». Por eso, asegura que, siempre que tenga oportunidad, este será uno de sus destinos preferidos.

Su historia vocacional está marcada por el encuentro entre religiones. Es hijo de madre católica y padre musulmán y, durante una parte de su infancia, acompañó a su padre a la mezquita. Más adelante comenzó a acudir a la Iglesia católica, recibió el bautismo y, tres años después, ingresó en el seminario.

Especialmente significativa fue para él la respuesta de su padre, que aceptó con naturalidad su decisión y participó con alegría tanto en su ordenación diaconal como en la sacerdotal. «Fue algo que me marcó profundamente», reconoce.

«Para nosotros ya son de la casa»

La acogida de las comunidades explica que esta experiencia se haya mantenido con el paso de los años. Olga, feligresa de A Ermida, participa habitualmente en la vida parroquial, prepara manteles y se ocupa de lavar la ropa de la iglesia. Recuerda con cariño la llegada de los primeros sacerdotes: «Desde el primer día fueron maravillosos. Son sencillos, cariñosos y todo el mundo los quiere».

Ana también colabora en cuanto necesita la parroquia: abre y cierra el templo, recoge las velas o realiza algún encargo cuando el párroco debe desplazarse a otra comunidad. Antes incluso de conocer personalmente a Bonifácio, Jesús Río ya les había hablado muchas veces de él.

«Por su humildad, por su alegría y por su disposición para trabajar, para nosotros ya son de la familia», explica. Esa integración no se limita a las celebraciones. Los sacerdotes ayudan a los vecinos en las tareas cotidianas y participan en la vida del pueblo. Durante estos días, por ejemplo, el padre Jackson se ha sumado a la vendimia en A Ermida.

Bonifácio conserva además una relación especial con la Virgen de los Remedios y procura que sus visitas coincidan con la novena y la romería. Aunque sus responsabilidades en Mozambique ya no le permiten regresar todos los años, el contacto continúa.

La ayuda que un día llegó desde Mozambique para atender las parroquias rurales ha terminado generando libros, formación, conocimiento mutuo y amistades duraderas. En Quiroga ya no esperan la llegada de sacerdotes extranjeros. Esperan el regreso de quienes consideran parte de su propia comunidad.