La Epifanía del Señor: Cristo, luz que guía nuestra fe

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La solemnidad de la Epifanía del Señor nos invita a contemplar uno de los grandes misterios de nuestra fe: la manifestación de Jesucristo como Salvador de todos los pueblos. Dios no se revela solo a unos pocos, sino que sale al encuentro de toda la humanidad. En los Magos de Oriente, la Iglesia reconoce a los pueblos que, guiados por la luz, buscan la verdad y llegan al encuentro con Cristo.

Desde un sentido teológico, la Epifanía nos recuerda que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, luz verdadera que ilumina a todo ser humano. No es un rey poderoso según los criterios del mundo, sino un Niño humilde, nacido en Belén, que se deja encontrar por quienes lo buscan con corazón sincero. En Él se cumple la promesa de Dios de reunir a todos los pueblos en una sola familia.

La estrella que guía a los Magos es signo de la fe. Una fe que no elimina el camino ni las preguntas, pero que orienta, sostiene y conduce hasta el encuentro con el Señor. También hoy, nuestra fe es esa estrella que nos ayuda a caminar en medio de las incertidumbres y a reconocer la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana. Sin fe, el camino se oscurece; con fe, incluso la noche se llena de sentido.

Desde una perspectiva pastoral, la Epifanía nos anima a salir, a ponernos en camino como los Magos, superando la comodidad y el miedo. Nos invita a buscar a Cristo allí donde se manifiesta: en la Palabra, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en los hermanos más necesitados. La Iglesia está llamada a ser también estrella que guíe, señal visible del amor de Dios para todos.

En el planolitúrgico, esta solemnidad es una proclamación de alegría: Cristo es adorado, reconocido y ofrecido al mundo. Los dones de los Magos —oro, incienso y mirra— expresan la actitud fundamental del creyente: la adoración. Adorar a Cristo es reconocerlo como Señor de nuestra vida, ponerlo en el centro y ofrecerle lo mejor de nosotros mismos.

La Epifanía nos recuerda, además, que la fe no apaga la ilusión, sino que la renueva. Como los niños que viven este día con asombro y esperanza, también nosotros estamos llamados a recuperar la ilusión por creer, por confiar en Dios, por esperar un mundo nuevo. La fe cristiana no es rutina ni costumbre vacía, sino una experiencia viva que llena el corazón de alegría y esperanza.

Que en esta solemnidad de la Epifanía del Señor renovemos nuestra fe, sigamos la estrella que nos conduce a Cristo y, como los Magos, nos postremos ante Él con un corazón humilde y lleno de ilusión. Cristo es la luz de los pueblos, ayer, hoy y siempre.

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