La Iglesia celebra el próximo 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Este año lo hace bajo el lema «¿Para quién eres?», en sintonía con el Congreso de Vocaciones celebrado en febrero de 2025.
Con este motivo se celebrará la eucaristía ese día en la catedral a las 17 h, a la que están especialmente invitadas las personas consagradas, así como toda la comunidad cristiana.
Esta celebración será una ocasión privilegiada para orar por las vocaciones, dar gracias por la entrega generosa de quienes han respondido a la llamada del Señor en la vida consagrada y renovar el compromiso de toda la Iglesia diocesana con la cultura vocacional.
Una llamada que se hace misión
El lema de este año remite a la pregunta esencial de toda vocación cristiana y, de manera especial, de la vida consagrada: ¿para quién soy?. Una pregunta que, como se recordó en el Congreso de Vocaciones, tiene como respuesta el amor y el servicio, y que invita a redescubrir que cada persona es “una vocación para la misión”.
En su mensaje, los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desarrollan este itinerario vocacional a partir de tres interrogantes —«¿a quién llamas?», «¿a quién buscas?» y «¿a quién sirves?»— que conducen al reconocimiento de que «el corazón de la persona consagrada se vuelve menesteroso y agradecido a su Señor».
«Sin la relación del hombre con Dios, todo lo demás se paraliza»
En sus reflexiones sobre la vida consagrada, el obispo de Lugo, Mons. Alfonso Carrasco, subraya su importancia primordial en la vida de la Iglesia, recordando que «imagínate tú si será importante cuando nuestro Señor la ha mantenido viva durante miles, ya van dos mil años, en medio de la Iglesia» y que a través de ella «ha llamado a multitud de hombres y mujeres, a grandísimos santos».
El obispo pone el acento en el valor fundamental de la oración, incluso cuando no siempre se percibe su necesidad: «quizá percibamos menos la oración, aunque eso sucede mientras no te encuentras tú en la urgencia de rezar». Sin embargo, explica, hay momentos en la vida en los que «muchas apariencias por un instante dejan de tener valor y te vuelves hacia el Señor más verdaderamente», y es entonces cuando se comprende mejor la misión de quienes rezan en la Iglesia.
En este sentido, recuerda que las personas consagradas «rezan por todos» y participan en una misión prioritaria, porque «sin la relación del hombre con Dios, todo lo demás se paraliza», ayudando a que el ser humano «abra su corazón a Dios».
«La vida consagrada es participación en la libertad de Cristo»
El obispo señala también que la vida consagrada «no es un eco» ni solo un testimonio externo, sino «una participación» real y profunda: «no es sólo un gesto de buena voluntad, es un gesto libre nuestro, pero al mismo tiempo es una gracia». Una gracia que consiste en «participar en esa libertad inmensa del Señor» que «se entregó para siempre» al Padre por amor.
De este modo, la vida consagrada hace visible en la Iglesia «el gesto más personal de Cristo en su libertad, en su ofrenda y en su entrega», un gesto que «sigue siendo manifiesto, realizado y anunciado en medio de la Iglesia y al mundo entero». Por eso, afirma, su misión específica es «dar voz a este gesto íntimo, a este corazón del Señor».
«Estamos llamados a la alegría»
Finalmente, el obispo recuerda que la vida consagrada está llamada ante todo a ser testimonio de amor y de alegría: «lo primero que tiene que hacer la vida consagrada es ser testimonio de este amor» y «testimonio, en primer lugar, de la alegría». Una alegría que nace de la fe, porque «estar ciertos del Señor, de su entrega, de su libertad y de su amor, ¿cómo no va a ser una alegría?».
Cuando falta este trasfondo —advierte— «es como si nuestro testimonio perdiera», porque la fe «empieza a no ser tan visible». Por ello, concluye, la alegría no es algo accesorio, sino el corazón del testimonio de la vida consagrada: «la alegría está en el fondo del testimonio de la vida consagrada» y «ese es también vuestro destino: estamos llamados a la alegría».
Presencia viva en la Iglesia lucense
La Diócesis de Lugo cuenta con una rica y variada presencia deinstitutos religiosos, institutos seculares y sociedades de vida apostólica, masculinos y femeninos, que desarrollan su misión en ámbitos como la oración contemplativa, la educación, la acción caritativa, la pastoral, la atención a los más vulnerables y el acompañamiento espiritual. Esta diversidad es un signo elocuente de la vitalidad de la vida consagrada en nuestra Iglesia particular.
María José Campo




