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Francisco de Vitoria, padre del Derecho Internacional moderno


Las controversias internacionales recientes han vuelto a situar en el centro del debate una cuestión clave: qué es el Derecho Internacional y por qué sigue siendo un límite al poder y una garantía para los más vulnerables. Esta actualidad permite recordar, además, que muchos de los principios que sostienen una convivencia mundial más justa —dignidad humana, límites morales del poder, responsabilidad ante el débil— han sido defendidos durante siglos por el pensamiento cristiano, contribuyendo a humanizar el derecho y la política. Con esa perspectiva, miramos a los orígenes del Derecho Internacional moderno y a una figura decisiva: Francisco de Vitoria.

Un fraile dominico del siglo XVI sentó las bases éticas y jurídicas de las relaciones entre los pueblos, en un contexto marcado por la conquista y la expansión imperial.

Francisco de Vitoria (c. 1483–1546) es una de las figuras intelectuales más influyentes del Renacimiento español y europeo. Teólogo, fraile dominico y catedrático en la Universidad de Salamanca, su pensamiento trascendió el ámbito estrictamente religioso para convertirse en uno de los pilares del Derecho Internacional moderno y de la reflexión sobre los derechos humanos. Su legado sigue siendo hoy una referencia obligada para comprender cómo nacen los principios jurídicos que rigen las relaciones entre Estados y pueblos.

Este año se cumple el V Centenario de la Escuela de Salamanca de la que él fue fundador. La Escuela de Salamanca, surgida en el entorno de la Facultad de Teología y proyectada después a la filosofía, el derecho y la economía, afrontó cuestiones prácticas con criterios morales: la legitimidad de la guerra, los contratos, el comercio y el trato debido a los pueblos de América. En ese cruce entre universidad e Iglesia, razón y fe, se forjó una aportación que sigue teniendo eco en debates contemporáneos sobre dignidad humana, justicia y convivencia entre los pueblos.

Un pensador en tiempos de conquista

Vitoria vivió en un momento decisivo de la historia: la expansión europea hacia América tras el descubrimiento de 1492. La conquista del Nuevo Mundo planteó interrogantes inéditos para la conciencia cristiana y para el orden jurídico de la época. ¿Con qué derecho se ocupaban territorios ajenos? ¿Eran legítimas las guerras contra los pueblos indígenas? ¿Tenían estos pueblos derechos propios?

Frente a una mentalidad dominante que tendía a justificar la conquista por la fuerza, Francisco de Vitoria adoptó una postura crítica y profundamente innovadora. Desde su cátedra de Prima de Teología en Salamanca, abordó estas cuestiones no solo desde la fe, sino también desde la razón y el derecho natural.

La dignidad de todos los pueblos

Uno de los aportes más revolucionarios de Vitoria fue el reconocimiento de la plena dignidad humana y jurídica de los pueblos indígenas de América. En sus famosas Relecciones, especialmente De Indis (1539), afirmó que los indígenas eran verdaderos dueños de sus tierras y bienes, con capacidad de autogobierno, y que no podían ser privados de ellos ni por motivos religiosos ni por supuesta inferioridad cultural.

Para Vitoria, ni el Papa ni el emperador tenían autoridad universal sobre todos los pueblos del mundo. Esta afirmación suponía una ruptura radical con concepciones medievales de poder y abría el camino a la idea de una comunidad internacional formada por pueblos soberanos e iguales en dignidad.

El nacimiento del Derecho Internacional

Aunque el término “Derecho Internacional” no se acuñaría hasta siglos después, muchos de sus principios fundamentales están ya presentes en la obra de Vitoria. El dominico desarrolló el concepto de ius gentium (derecho de gentes) como un conjunto de normas comunes a todos los pueblos, basadas en la razón natural y orientadas al bien común de la humanidad.

Este derecho de gentes regulaba cuestiones como la guerra justa, el comercio, la comunicación entre pueblos y el respeto a los extranjeros. Vitoria defendió que la guerra solo podía considerarse legítima como último recurso y bajo condiciones estrictas, anticipando principios que hoy forman parte del derecho humanitario internacional.

Un pensamiento profundamente eclesial

El pensamiento de Francisco de Vitoria no puede entenderse al margen de su identidad como fraile dominico y teólogo de la Iglesia. Su reflexión nace de la fidelidad al Evangelio y de una comprensión exigente de la misión eclesial en el mundo. Para Vitoria, la fe cristiana no podía ser utilizada como pretexto para la dominación ni la violencia, sino como fundamento de la dignidad de toda persona y de todo pueblo.

Desde esta convicción, defendió que la evangelización debía ser libre y respetuosa, nunca impuesta por la fuerza. La Iglesia —sostenía implícitamente— pierde credibilidad cuando se asocia al poder coercitivo y se aleja de su misión esencial: anunciar el Evangelio y servir a la justicia. Esta visión anticipa principios que hoy forman parte del magisterio social de la Iglesia, como la libertad religiosa, la centralidad de la conciencia y el respeto a las culturas.

Influencia y legado

La Escuela de Salamanca, de la que Vitoria es figura central, influyó decisivamente en juristas y pensadores posteriores como Domingo de Soto, Melchor Cano o Francisco Suárez. Su pensamiento también dejó huella en autores europeos como Hugo Grocio, considerado tradicionalmente el fundador del Derecho Internacional clásico.

Más allá de su impacto académico, el valor de Francisco de Vitoria reside en haber puesto la dignidad humana y la justicia en el centro del orden jurídico internacional, en un tiempo en que estos principios eran con frecuencia ignorados. Su reflexión constituye uno de los primeros intentos sistemáticos de someter el poder político y militar a normas éticas universales.

Una figura de plena actualidad

En un mundo marcado por conflictos armados, migraciones forzosas y tensiones entre Estados, el pensamiento de Francisco de Vitoria conserva una notable vigencia. Su defensa de los derechos de los más débiles y su visión de una comunidad internacional basada en el derecho y no en la fuerza lo sitúan como un referente moral e intelectual de primer orden.

Cinco siglos después, el fraile dominico de Salamanca sigue interpelando a juristas, políticos y ciudadanos, recordando que la justicia entre los pueblos no es solo una cuestión de poder, sino de conciencia.