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Cuando más duele, alguien se queda


La figura del capellán de hospital suele ser conocida, pero no siempre comprendida en toda su profundidad. Su labor va mucho más allá de la administración de los sacramentos o de la atención a personas creyentes. El capellán es, ante todo, una presencia cercana y humana en medio del sufrimiento, alguien que acompaña cuando la enfermedad, el dolor o la muerte irrumpen en la vida de las personas.

Así lo explica Miguel Vilariño, capellán y delegado de Pastoral de la Salud de la Diócesis, que define su misión con una palabra clave: estar.

“Lo más importante del capellán del hospital es estar presente. Acompaña espiritualmente y humanamente a las personas, a los enfermos, a sus familiares. Y también, a veces, aunque nos parezca un poco distinto, hasta el personal sanitario”.

El capellán recorre las plantas, entra en las habitaciones, se sienta junto a la cama del enfermo y se acerca con respeto a cada situación. A veces se trata de una conversación y otras, simplemente, de acompañar en silencio: sostener una mano, compartir una mirada, ofrecer tiempo. En un entorno marcado por la urgencia, la fragilidad y las noticias difíciles, esa presencia serena se convierte en un apoyo real.

Escuchar sin juzgar

Miguel subraya que el núcleo de este servicio está en la escucha, sin prisa y sin juicio. El hospital es un lugar donde afloran el miedo, las preguntas profundas, la incertidumbre y, en ocasiones, también la culpa. Y el capellán está ahí para sostener, orientar y ayudar a encontrar consuelo.

“Intentamos estar presentes, intentamos escuchar, intentamos sostener y ayudar a encontrar sentido y consuelo… en esas situaciones de enfermedad, de dolor, de muerte, de incertidumbre, de dificultad familiar”.

Por eso, muchas veces, el primer paso no tiene nada de “religioso” en apariencia: es humano, íntimo, personal. Es crear un espacio donde la persona pueda hablar y ser acogida tal como está.

“Muchas veces, y lo que tiene que ser, es un escuchar sin juzgar a nadie. A veces lo que se nos pide es conversar sobre miedos o culpas, a veces el sentido de la vida”.

En esa misma línea, Miguel constata algo que ve a diario: la gente necesita ser escuchada sin interrupciones, sin soluciones rápidas, sin frases hechas. Y esa demanda aparece tanto en los enfermos como en quienes los acompañan.

“Hoy más que nunca lo que más notamos es que la gente quiere que los escuches, quiere que estés con ellos sin prisas… No solo el enfermo, sino muchas veces el familiar o los amigos”.

Más allá de los sacramentos

La imagen del capellán ligada únicamente a los sacramentos se queda corta. También los administra, y son un consuelo enorme para muchas personas, pero suelen llegar después, cuando hay deseo explícito y como parte de un acompañamiento más amplio.

“En un segundo plano está administrar los sacramentos: la confesión, la unción, la comunión. La verdad es que un capellán hace sobre todo acompañar… a veces el final de la vida. Y también intentar adaptarse a nuevas situaciones familiares de duelo”.

A veces, lo que se le pide al capellán es algo tan sencillo como una intención: “Acuérdate de mí”, “reza por nosotros”, “pide por mi familia”. Pequeños gestos que, en medio de la incertidumbre, sostienen.

Una presencia que no impone

Esa manera de estar, discreta y respetuosa, es precisamente lo que justifica la presencia de la Iglesia en el ámbito sanitario. Miguel lo explica desde la raíz evangélica: Jesús se acercaba a los que sufrían, a los enfermos, a quienes cargaban con necesidades: “Históricamente podemos decir que Jesús vino para curar, para acercarse a aquel que sufre o aquel que tiene una necesidad”.

Pero no se trata solo de una referencia histórica. Hoy, insiste, la Iglesia entiende este acompañamiento como una misión de servicio, nunca de imposición: “La Iglesia hoy más que nunca entiende que acompañar ahí es una forma y una misión de servicio, y sobre todo no de imposición. Allí en el hospital no se puede imponer nada. Se ofrece, se acompaña, se escucha”.

La esperanza en medio del sufrimiento

¿Es difícil transmitir la esperanza cristiana a quien está enfermo? Miguel responde con realismo: sí, a veces lo es. Pero también aclara que el acompañamiento espiritual no empieza por “la fe”, sino por la persona: “Es difícil… porque el acompañamiento espiritual no empieza por la fe, sino por la persona, por el trato personal íntimo”.

Por eso, el capellán acompaña también a quien no cree o a quien tiene dudas. Lo hace desde el respeto, la escucha y el reconocimiento de la historia personal de cada uno: “Con cualquier no creyente o con cualquiera que tenga dudas de fe, intentamos respetar todas sus posturas. Se escucha su historia personal, llena de valores y de vínculos”.

En el hospital, además, ocurren cosas que sorprenden: muchas personas buscan la capilla como espacio de silencio, de desahogo o de oración, aunque no participen de celebraciones: “Mucha gente pasa por la capilla… a lo mejor no viene a la misa, pero sí que pasa durante el día… viene dos o cuatro veces al día. Es curioso”.

Y en esas conversaciones, a veces, lo que surge se parece mucho a una confesión en sentido amplio: abrir el corazón y poner palabras a lo que duele. “A veces esa escucha es prácticamente como una confesión… porque se abren totalmente y te hablan de todo”.

Cuando la fe sostiene

Miguel también distingue cómo la fe puede ayudar a vivir de manera diferente la enfermedad y el duelo. No evita el dolor, pero sí puede dar un horizonte distinto, una esperanza que sostiene.

“Cuando nos encontramos con gente muy comprometida y con fe, ya tienes un montón de trabajo hecho… lo que te piden es que los acompañes, que reces… que pidan los sacramentos para el enfermo, para la familia”.

En medio de la fragilidad, cuando faltan fuerzas y sobran preguntas, la misión del capellán se resume en una presencia que acompaña y no invade. Al contrario: aporta silencio, tiempo y una mano tendida. La presencia del capellán no pretende dar respuestas rápidas, sino caminar al lado, sostener, rezar cuando se pide y ayudar a atravesar el sufrimiento con sentido. Porque, como recuerda Miguel, lo esencial es “estar presente” y “escuchar sin prisas”.