La Horta Solidaria y el gallinero “Me cuesta un huevo” convierten el trabajo compartido, la tierra y el voluntariado en apoyo concreto para las familias atendidas por Cáritas Parroquial.
Las parroquias deSantiago de Saamasas y Santo Antonio de Padua, en Lugo, desarrollan desde 2018 dos iniciativas que unen solidaridad, trabajo comunitario y vida parroquial: la Horta Solidaria y el gallinero “Me cuesta un huevo”.
A través de la huerta, un grupo de personas voluntarias participa cada campaña en la preparación de la tierra, el cultivo y la recogida, principalmente de patatas. La cosecha se destina después a las personas y familias que acuden a Cáritas Parroquial.
Pero el proyecto no consiste únicamente en producir alimentos. También busca crear vínculos, favorecer la participación y convertir el tiempo compartido en una forma concreta de caridad.
Recibir ayuda y formar parte de la ayuda
Alberto participa por segundo año en la campaña de recogida. Habla de lo importante que resulta este apoyo para personas con pocos recursos, pero también de la oportunidad de implicarse él mismo como voluntario.

“Nos ha servido a todos sentir ese apoyo, esa colaboración por parte de la Iglesia”, explica, al tiempo que destaca la experiencia de participar en la limpieza de la finca y en la recogida de las patatas.
Su testimonio refleja una de las claves de la iniciativa: quien recibe apoyo puede convertirse también en parte activa de la comunidad y colaborar con los demás.
Ramón lleva ya varios años vinculado a la parroquia de Santo Antonio y reconoce que disfruta especialmente del trabajo en el campo y del cuidado de las aves. Para él, 2estar colaborando, haciendo algo” es precisamente una de las partes más valiosas del proyecto.
Cuando un poco de tiempo se multiplica
Mónica participó este año en la recogida de patatas y define la experiencia como “increíblemente gratificante”.
“Esta experiencia me ha demostrado que cuando nos unimos, el mínimo esfuerzo de cada uno se multiplica”, asegura. Saber que unas horas de trabajo pueden contribuir a que otras personas tengan alimentos en su mesa da, según explica, “un sentido único a todo lo que hacemos”.

La Horta Solidaria se convierte así no solo en un recurso para responder a necesidades concretas, sino también en un espacio de encuentro entre personas que comparten tiempo, trabajo y responsabilidad.
“Me cuesta un huevo”
Junto a la huerta, las parroquias mantienen un pequeño gallinero solidario con un nombre que ya forma parte de la identidad del proyecto: “Me cuesta un huevo”.
Los huevos producidos se ofrecen a cambio de donativos y las aportaciones se destinan a sostener las actividades solidarias de las parroquias. De esta manera, un gesto tan cotidiano como llevarse una docena de huevos se convierte también en una forma sencilla de colaborar.
De unas patatas a una comida compartida
Alrededor de la huerta y del gallinero se generan además relaciones que van mucho más allá de la ayuda material.
Amine agradece las patatas recibidas, pero enseguida expresa su deseo de devolver lo recibido: “Me gustaría mucho estar con ustedes, ayudar”. Y termina haciendo una propuesta todavía más sencilla: preparar con esas patatas una comida marroquí para compartir.
Ese gesto resume bien el espíritu de la iniciativa: recibir, participar, agradecer y volver a compartir.
“Sembramos comunidad”
Detrás de cada saco de patatas y de cada docena de huevos hay alimentos, pero también horas de voluntariado, relaciones, esfuerzo compartido y comunidad.
La Horta Solidaria y “Me cuesta un huevo” muestran una manera cotidiana de entender la caridad: aprovechar los recursos disponibles, ponerlos al servicio de quienes los necesitan y permitir que cada persona pueda aportar también algo de sí misma.

María José Campo





