Lugo ha iniciado este domingo la Semana Santa con la celebración del Domingo de Ramos, una jornada que volvió a reunir a numerosos fieles en torno a una de las celebraciones más significativas del calendario litúrgico.
La mañana comenzó con la bendición de ramos, en la que los asistentes, portando ramas de olivo y laurel, rememoraron la entrada de Jesús en Jerusalén.
Tras la bendición, tuvo lugar la tradicional procesión por las calles de la ciudad, que avanzó acompañada por la participación de los fieles, en un gesto público de fe que marca el inicio de los días centrales de la Semana Santa lucense.
La celebración continuó en la Catedral con la eucaristía presidida por el obispo, Mons. Alfonso Carrasco, en la que se proclamó la Pasión del Señor, introduciendo así a la comunidad en el misterio que se conmemora a lo largo de estos días.
Durante su homilía, el obispo invitó a profundizar en el sentido de la celebración, recordando que la alegría del Domingo de Ramos no se opone al relato de la Pasión, sino que lo ilumina desde la fe. “Era verdad: bendito el que viene en nombre del Señor”, señaló, subrayando que la entrada de Jesús en Jerusalén revela un modo de reinar distinto al de los poderes de este mundo.
En este sentido, explicó que Cristo no responde a los esquemas de poder humano: “No entra de forma fastuosa ni apoyado en la fuerza, sino que viene a salvar, mucho más allá de cualquier poder de este mundo”. Frente a ello, recordó que en Él se cumple la esperanza del corazón humano: “Por fin viene alguien en nombre del Señor, alguien que escucha al abatido y responde al clamor de todos”.
El prelado insistió en que la misión de Cristo alcanza a cada persona: “El Señor vino para todos: para los pecadores, para curarlos; para los enfermos, para darles esperanza; para quienes están en la oscuridad, para darles luz y abrirles el camino de la vida”.
Asimismo, advirtió sobre el riesgo de interpretar la realidad desde criterios superficiales: “Debemos evitar el espejismo de pensar que, si el Señor nos salva, no debería haber dificultades o pecado. Somos nosotros quienes necesitamos reconocer nuestra responsabilidad y volver a Dios”.
En esta línea, animó a los fieles a reconocer la presencia de Dios en la vida cotidiana, recordando que “el Señor no nos ha olvidado” y que su palabra sigue iluminando el camino de quienes buscan orientación y sentido. Invitó también a vivir con sinceridad la propia fe, reconociendo la fragilidad humana y la realidad del pecado, pero desde la confianza en la misericordia de Dios: “Podemos pedir perdón porque estamos ante quien nos ama y nos salva”, afirmó.
En la parte final de su intervención, el obispo exhortó a vivir la Semana Santa como un tiempo de conversión y aprendizaje, centrado en “las enseñanzas de la Pasión y la esperanza de la Resurrección”. Subrayó que la verdadera grandeza de Cristo se manifiesta en su humildad y en su capacidad de amar sin medida.
De este modo, toda la Diócesis de Lugo da comienzo a una semana en la que la liturgia y las celebraciones permitirán acompañar a Cristo en su Pasión, muerte y Resurrección, corazón de la fe cristiana.
María José Campo

























































































