El obispo de Lugo y presidente de la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura, Mons. Alfonso Carrasco, reflexiona sobre la formación, la esperanza y los retos educativos actuales con motivo de las LXIV Jornadas Nacionales de Delegados Diocesanos de Educación.
— Estas Jornadas llevan por lema “Diseñar nuevos mapas de esperanza: una mirada desde la formación”. ¿Qué significa hablar hoy de “mapas de esperanza” en educación?
— El título procede del documento con el que el papa Francisco ha querido conmemorar los 60 años de Gravissimum Educationis, el texto del Concilio Vaticano II sobre la educación. En él se subraya que la educación es una fuente de esperanza para las personas y para el futuro de las sociedades, pero también una tarea que requiere creatividad y proyección.
El Papa utiliza una imagen muy sugerente: habla de constelaciones educativas, como si se tratara de un mapa del cielo. La presencia educativa de la Iglesia es muy variada: desde colegios y universidades hasta iniciativas más informales en el tiempo libre, asociaciones o movimientos. Son presencias diversas, con carismas distintos, pero que forman una red, tanto a nivel local como internacional. Diseñar mapas de esperanza es aprender a vernos acompañados en ese camino.
— En este contexto, ¿la formación es hoy más urgente que nunca?
— Sí, porque vivimos una auténtica emergencia educativa, como ya señaló Benedicto XVI. Las formas tradicionales de educación han cambiado profundamente y ya no ofrecen la misma seguridad que en otros momentos. Las familias atraviesan transformaciones complejas, la transmisión de valores culturales y religiosos se ha hecho más difícil, y el sistema educativo en su conjunto sufre una gran presión.
A esto se suma la enorme influencia de factores incontrolables, como las redes sociales o determinados medios de comunicación, que inciden de manera muy fuerte en la formación de niños y jóvenes. Muchas veces no sabemos dónde se están formando sus ideas, con qué criterios o con qué intención. Por eso es urgente repensar cómo educamos, porque educar es una de las expresiones más claras del cuidado, del cariño y del respeto a la persona.
— A menudo identificamos educación solo con niños y jóvenes, pero el mundo educativo es mucho más amplio…
— Exactamente. En la comunidad educativa están también quienes educan: padres y profesores, pero también el conjunto de la sociedad y el Estado, que deben garantizar un buen funcionamiento del sistema. Además, hoy hablamos cada vez más de formación permanente, porque la educación acompaña a la persona a lo largo de toda su vida.
La Iglesia está muy cerca de padres y profesores. En sus iniciativas educativas hay un gran cuidado del claustro docente y de la relación con las familias. Se busca generar una verdadera sinergia, basada en el conocimiento mutuo, la cooperación y la comunicación. Hoy la formación del profesorado es especialmente urgente, también por los cambios legislativos y por la irrupción del mundo digital, que ha transformado profundamente la educación en los últimos años.
— ¿Qué papel juegan estas Jornadas en el trabajo de la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura?
— Son unas jornadas muy consolidadas en la vida de la Iglesia en España. Reúnen a los delegados diocesanos de enseñanza y permiten poner en común las urgencias reales de la vida educativa en las diócesis. La Comisión no es un órgano que imponga directrices, sino un servicio de apoyo, coordinación, asesoramiento y recursos que los obispos nos hemos dado para ayudarnos mutuamente.
Aquí se comparten preocupaciones concretas, especialmente relacionadas con el profesorado de Religión, la relación con los centros educativos y otros ámbitos clave. Es un trabajo conjunto, muy pegado al territorio, que busca responder día a día a los desafíos reales de la educación.
— Sesenta años después, ¿por qué sigue siendo actual Gravissimum Educationis?
— Porque es un documento del Concilio Vaticano II, un momento de reflexión y de magisterio solemne de la Iglesia universal sobre su identidad y su misión en el mundo. Para la Iglesia, 60 años no es tanto tiempo: la recepción profunda de un concilio se hace por generaciones, no de un día para otro.
Gravissimum Educationis expresa una opción clara por el diálogo, por la dignidad de la persona, la libertad de conciencia y la formación integral. Surge tras décadas muy duras, marcadas por guerras, persecuciones y enfrentamientos, y propone dejar atrás la confrontación para abrir caminos de encuentro, comprensión y colaboración. Esa actitud sigue siendo hoy plenamente actual, también en el ámbito educativo.
— ¿Qué mensaje destacaría hoy especialmente de ese documento?
— La centralidad de la persona. La educación debe tener como horizonte el bien real de quien aprende, su libertad, su capacidad de juicio y su responsabilidad. No se trata de imponer ideas ni de “vender un producto”, sino de ayudar a pensar, de introducir a la persona en la vida con la confianza de que será una riqueza para la sociedad.
La verdadera educación nace de una pasión auténtica por la persona, de un amor que respeta la libertad y que confía en el futuro. Solo así la educación puede convertirse realmente en un camino de esperanza.
María José Campo