En los primeros días de 2026, el mensaje de la Iglesia sobre la paz ha resonado con especial fuerza a través de la Jornada Mundial de la Paz (1 de enero) y del discurso del Santo Padre León XIV al Cuerpo Diplomático (9 de enero). Ambos textos ofrecen una lectura lúcida del momento internacional actual y pueden entenderse como una actualización del legado de Francisco de Vitoria, uno de los grandes referentes del derecho internacional y del pensamiento cristiano sobre la convivencia entre los pueblos.
Un inicio de año con un mensaje coherente
Tanto en la Jornada de la Paz como en su encuentro con los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede, el Papa subraya que la paz no es un simple equilibrio de fuerzas ni el resultado automático de la historia. Es una tarea exigente que requiere verdad, justicia, responsabilidad y conversión del corazón. Cuando se pierde el realismo y se impone la lógica del miedo o del interés propio, la confrontación acaba presentándose como inevitable.
San Agustín y el riesgo de una política sin horizonte
Inspirándose en san Agustín, León XIV recuerda que la “ciudad terrenal” y la “ciudad de Dios” conviven en la historia. No se trata de oponer religión y política, sino de advertir que una vida pública cerrada a toda referencia ética y trascendente termina dominada por el orgullo, la autosuficiencia y la imposición. Cuando desaparece la “tranquilidad del orden”, la paz se vuelve frágil y provisional.
Francisco de Vitoria: el derecho por encima de la fuerza
Esta reflexión conecta de forma natural con el pensamiento de Francisco de Vitoria, que concibió la comunidad internacional como una societas gentium, una sociedad de pueblos unida por el derecho natural y el bien común. Desde esta perspectiva, la diplomacia no puede reducirse a la defensa de intereses particulares, y el multilateralismo no es una opción secundaria, sino una condición necesaria para el diálogo, la mediación y la prevención de conflictos.
Guerra, derecho humanitario y protección de los inocentes
El Papa insiste en que el derecho internacional humanitario debe respetarse siempre, sin excepciones ni excusas estratégicas. La protección de los civiles y de los bienes esenciales constituye una frontera moral irrenunciable. Este planteamiento entronca con la tradición de la guerra justa en Vitoria, para quien incluso en situaciones extremas existen límites que nunca pueden traspasarse, porque la dignidad del inocente está por encima de cualquier objetivo militar.
Lenguaje, derechos humanos y libertades fundamentales
León XIV alerta también sobre la crisis del lenguaje y sus consecuencias políticas y sociales. Cuando las palabras se vacían de significado o se usan como arma ideológica, el diálogo se rompe y la fuerza ocupa su lugar. De ahí su preocupación por el debilitamiento de derechos fundamentales como la libertad de expresión, la libertad de conciencia (incluida la objeción de conciencia) y la libertad religiosa, tanto en contextos de persecución abierta como en sociedades donde se imponen formas más sutiles de exclusión.
La dignidad humana en el centro
En continuidad con el mensaje de la Jornada de la Paz, el Papa sitúa en el centro la dignidad de toda persona: víctimas civiles de la guerra, migrantes y refugiados, presos, enfermos, ancianos, jóvenes vulnerables y vida naciente. La defensa de la familia y de la vida humana en todas sus etapas se presenta así como una condición esencial para una paz auténtica, que no sacrifique a los más débiles en nombre de supuestos nuevos derechos o de intereses económicos y políticos.
Paz posible, pero exigente
León XIV reconoce la gravedad del escenario internacional, pero afirma con claridad que la paz es posible. No nace de la imposición ni de la disuasión, sino de la humildad de la verdad, la valentía del perdón y el compromiso sostenido con el derecho y la justicia. En este horizonte, los esfuerzos diplomáticos y los acuerdos de diálogo, aunque frágiles, son auténticas “semillas de paz” que deben ser cuidadas y fortalecidas.
La Jornada Mundial de la Paz y el discurso al Cuerpo Diplomático muestran una propuesta coherente: actualizar, en el contexto actual, el legado de Francisco de Vitoria y de la mejor tradición humanista cristiana. Una llamada a construir la paz no sobre la fuerza, sino sobre el derecho, la dignidad humana y el bien común de toda la familia humana.
María José Campo