EL FASCINANTE MISTERIO DE UNA MUJER

Durante la semana que acaba de transcurrir entre los domingos 4 y 11 de diciembre hemos celebrado en España dos fiestas en femenino singular: La Constitución y la Inmaculada. Sobre la primera y su necesidad de reforma y actualización se ha escrito ya demasiado. No así, sin embargo, sobre la segunda, mucho más antigua e importante, más universal y venerada en miles de rincones de la madre tierra y sobre todo, amada y celebrada como ninguna mujer de la historia. En la teología más reciente, desde finales del siglo pasado, hubo y hay una nutrida literatura en clave de mujer, alguna misóginamente elaborada, que redescubre y demuestra no solo todo lo que las mujeres han dado a la Iglesia en el curso de los siglos, sino también todo lo que la Iglesia ha dado a las mujeres, ofreciéndoles posibilidades que la sociedad laica de su tiempo ni siquiera concebía ni imaginaba. La afirmación anterior, por si a alguien se le ocurre pensar que quien lo dice es un hombre, no es mía, es el pensamiento de Giulia Galeotti, periodista, doctora y escritora italiana especialista en temas cristianos.

Uno de los tópicos del pensamiento dominante contrapone fácilmente a las mujeres entendidas como grupo social que lucha por su propia emancipación y, por otra, a la Iglesia católica vista como el gran obstáculo para el logro de una plena liberación femenina. No es que todo sea falso. Es cierto que la Iglesia puede tener todavía algún problema con las mujeres y sin embargo, es indudable que el mensaje de Jesús fue y es de lo más liberador, no solo en relación con la sociedad de su tiempo, sino también respecto al contexto actual, como mujeres y hombres del tercer milenio. Solamente quien nunca haya conocido y meditado los Evangelios sería capaz de afirmar lo contrario. El cristianismo surge poniendo la mirada en el protagonismo de una mujer a través de un mensaje divino sobre la Encarnación del Hijo de Dios a una jovencísima muchacha de Nazaret. Y treinta años después, apareciéndose a María Magdalena para que viese y testimoniase para el mundo que aquella historia no acababa en la Cruz sino en la Resurrección del Hijo de Dios.

Los Evangelios describen a María de Nazaret, la Inmaculada, como una sencilla mujer singular que rebosa espiritualidad, fe y silencio. La madre que canta a la libertad, a un Dios que acude a la tierra haciéndose pobre con los pobres para enriquecerles con su divinidad, que hace maravillas con los pequeños, que desbarata los planes de los poderosos y que enaltece a los humildes. Esta historia singular que considera a María como expresión suprema de lo femenino se ha desbordado de una manera especialísima en la piedad tradicional del pueblo cristiano español. Fue el pueblo cristiano movido por el Espíritu Santo el que impulsó el dogma de la Inmaculada e incluso ante la oposición de teólogos y algunos grandes santos. Por eso, cada año, en la plaza de España de Roma, al píe del monumento dedicado a la Inmaculada, los Papas renuevan, por la tarde, el homenaje a la dulce Madre de la Gracia. Una fiesta que ilumina, como un faro esplendoroso, este tiempo de preparación para la Navidad y que brilla como signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios en camino.