Programación pastoral 2012-13 – Líneas de acción.

Programación pastoral 2012-13 – Líneas de acción.

PRESENTACIÓN

1. Al comenzar el nuevo curso pastoral en este Año de la Fe y de la nueva evangelización para la transmisión de la fe, convocado por S. S. Benedicto XVI, toda la Iglesia podría adquirir una “exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla para confesarla” (Porta Fidei, n. 4). Es el amor de Cristo l que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra.

2. Así pues, resaltaremos la importancia del Año de la Fe, que nos iene que llevar a reanimar nuestra relación personal y comunitaria con Nuestro Señor Jesucristo. Nos tiene que llevar a una eflexión sobre nuestra tarea evangelizadora en las circunstancias actuales de nuestra Diócesis, para hacer posible una mejor transmisión de la fe y un fortalecimiento nuestras comunidades ristianas. Frente a un ambiente de secularismo y desnaturalización de nuestra fe cristiana.

3. Hoy también es importante redescubrir la alegría de creer y volver encontrar entusiasmo de comunicar la fe. Como nos dice el apóstol san Pablo: “con el corazón se cree y con los labios se profesa” (Rom 10, 10).

4. Este Año de la Fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en Él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Que imitemos a María, la Virgen oyente, que acoge con fe la Palabra de Dios y la proclama entre sus hijos como Madre.

5. Que nuestra labor pastoral siga animada por la esperanza mirando hacia el futuro del nuevo curso pastoral. En los próximos cursos queremos seguir reflexionando y afrontando los nuevos retos pastorales. Seguiremos ayudando a las familias a vivir el plan de Dios sobre ellas y el cumplimiento de su misión en el mundo. Resaltando la familia como espacio originario de la transmisión de la fe cristiana. Impulsaremos una acción evangelizadora que ayude a acoger y a reavivar una fe cristiana facilitando el encuentro personal y comunitario
con Nuestro Señor Jesucristo. Trataremos de consolidar y potenciar los centros comarcales en las distintas zonas pastorales para ir repensando en cada arciprestazgo
como realizar una evangelización concreta con sus características dentro de las diversas unidades pastorales. Para ir creando comunidades cristianas verdaderas más allá de la pequeña parroquia que puedan celebrar la Eucaristía, los demás sacramentos su formación en la fe.

Líneas de Acción

1. La convocatoria de un “Año de la fe”.

 En comunión con la Iglesia universal, la vida y la mision de nuestra Diócesis de Lugo estará caracterizada este curso por la convocatoria
de nuestro Papa Benedicto XVI de un Año de la fe, en el 50º aniversario del inicio del Concilio Vaticano II y en el 20º de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, instrumento privilegiado para una mejor recepción de las enseñanzas conciliares. El Año de la fe desea avivar en nosotros la conciencia de nuestra adhesión personal al Señor y del don de su Amor, manifestado hasta la cruz; y, por tanto, también la alegría profunda por ser fieles cristianos, la esperanza para afrontar todas las circunstancias de la vida.
 Renovaremos al mismo tiempo la memoria agradecida por nuestra historia, por lo recibido de nuestras parroquias y comunidades, en que se nos ha transmitido la fe, de nuestros santos, de los maestros de vida que nos han guiado, de nuestras casas y familias en las que hemos aprendido a ser personas, amadas por sí mismas, a la luz y con la gracia del Evangelio.
Celebrar el 50º aniversario del Concilio Vaticano II nos lleva a pensar en el camino hecho desde entonces, en nuestras comunidades, en nuestros altares y templos, en las formas de vida
sacerdotal y de acción pastoral. Y nos ayuda a comprender el ignificado inmenso de la fidelidad, del testimonio de la fe que perdura a lo largo de los años, de la permanencia con nosotros
de nuestro Señor Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre, de la permanencia de su Iglesia en medio del mundo, unida siempre al sucesor de Pedro y a los obispos, sucesores de los
apóstoles.

 La celebración del Año de la fe no nos aleja, pues, de nuestras raíces, de nuestra historia; al contrario, busca despertar nuestro corazón para que reconozcamos y creamos de nuevo en el amor de Dios, revelado en la persona de Jesucristo. Para que recordemos cómo, gracias a Él, brilla el amor de Dios también en el rostro de nuestra madre la santísima Virgen María, así como en tantos verdaderos discípulos suyos y hermanos nuestros, en las parroquias en que hemos nacido y vivido. Y todo ello para que esta fe y esta caridad puedan determinar nuestra vida y hacer de nosotros sal y luz en medio del mundo.
 ¿Quién puede dudar que nosotros y nuestra sociedad necesitan del Evangelio, de certezas buenas y verdaderas, de esperanza que no se hunda ante las dificultades más grandes, de amor que permita la honradez en el trabajo, la capacidad de entrega y de sacrificio ante las necesidades del prójimo? No podemos esperar, ni sería bueno siquiera desear, que otros den
forma a nuestras vidas y construyan nuestras familias y nuestras casas; ceder tal prerrogativa a quien fuere, aunque detente quizá el poder sobre el dinero o en la vida pública, sería abandonar la propia responsabilidad ante la existencia, poniendo en juego libertad, dignidad y hasta el propio destino.
 De ahí la urgencia de la vigilancia y la energía de nuestro propio corazón, que se despierta a la esperanza y al amor con la fe, gracias al encuentro con Aquel que nos amó primero, que puede iluminar la vida y vencer la muerte, y cuya cercanía nos es testimoniada en la historia de muchas maneras en la unidad fraterna de sus discípulos. 

 La convocatoria para vivir un Año de la fe es, pues, providencial. Es una llamada de nuestro Señor a asumir el verdadero protagonismo en nuestras vidas, y a volver para ello la mirada al Evangelio, que resuena en la Iglesia, a la gracia de Dios y la comunión de los hermanos. Así pues, este año, línea de acción fundamental será el promover nuestra conciencia de ser creyentes, el sentido de nuestras parroquias, como comunidades vivas en las que somos cristianos, y el conocimiento de los contenidos de nuestra fe, que necesitamos
recordar todos, pequeños y grandes, ya que vivimos en un mundo ue los desconoce casi por completo. A estas tres finalidades servirán las diferentes iniciativas y encuentros propuestos por las vicarías y delegaciones diocesanas a lo largo de este año, buscando siempre, al final, ayudarnos a vivir y a reconocernos como cristianos entre nosotros y ante nuestro prójimo.

2. Importancia primordial de una comunidad eclesial viva.

 En este contexto se sitúa una iniciativa, que ha ido preparándose a lo largo del pasado curso, destinada a repensar las formas de nuestra vida parroquial, sobre todo en ámbitos rurales; a fin de que puedan seguir siendo comunidades eclesiales vivas, ahora y en el próximo futuro, adecuadas a las posibilidades reales de la oblación y de la atención pastoral.

 Dando pasos en esta dirección, responderemos a una exigencia imprescindible para la revitalización de la fe en nuestra Diócesis; pues no podemos ser plenamente cristianos más que unidos en la fe y en la comunión con el Señor resucitado, realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía. Hacer posible que todos vivamos concretamente la realidad de
la comunión eclesial, celebrando unidos la fe y los sacramentos, movidos por una misma caridad, es presupuesto y tarea primordial en la celebración de un Año de la fe.

 

3. La pastoral familiar como prioridad.

 El cuidado de nuestras familias, como lugar fundamental de expresión y puesta en práctica de la propia fe, y como ámbito primero de su transmisión a las nuevas generaciones, será también este año una prioridad pastoral para nuestra Diócesis. Las iniciativas propuestas por nuestra Delegación diocesana se
integran bien en el horizonte de este Año de la fe y pueden ser una ayuda real a nuestras parroquias. Algunas forman ya parte de la tarea cotidiana y piden sólo nueva atención y frescura — como, por ejemplo, las visitas a las familias o los cursillos prematrimoniales—, y otras son sencillas y pueden, sin embargo, resultar muy fecundas —como las “jornadas de la familia” en algunas parroquias.

 Cabe destacar, en particular, la puesta en marcha este curso en nuestra Diócesis de un Centro de Orientación Familiar (COF), de interés evidente, dada la amplitud de la problemática familiar en nuestras comunidades. Su éxito dependerá también de la acogida y el apoyo que le presten las parroquias y los sacerdotes, responsables primeros en cada lugar de la tarea pastoral.

4. La Jornada mundial de la Juventud

 En el año 2013 se celebrará una vez más la Jornada Mundial de la Juventud, el próximo mes de julio en Rio de Janeiro. Es de nuevo una ocasión excelente para invitar a nuestros jóvenes
a encontrarse con una experiencia grande y rica de Iglesia joven, que los anime a iniciar o continuar con mayor certeza un camino de fe. Estas Jornadas han resultado para muchos un momento determinante en sus vidas, también incluso desde el punto de vista vocacional. La propuesta de este año tiene sin duda la dificultad de la lejanía y, por tanto, del coste. Pero afrontémosla igualmente de corazón, con generosidad, ayudados por la Delegación de Pastoral Juvenil, pensando en el bien de nuestros jóvenes, en su vida y en la de nuestras parroquias y pueblos.
Consideremos que un pequeño grupo puede ser igualmente semilla de vida joven y cristiana, que necesitamos particularmente en nuestras tierras. Y confiemos en la Providencia
divina, que nos propone el gesto por medio de nuestro Papa Benedicto XVI. La propuesta y el trabajo de la JMJ puede perfectamente ser una forma de revitalizar nuestras comunidades en ste Año de la fe.

5. La presencia de la Virgen María

 Este año encomendaremos de modo especial el conjunto de nuestra vida eclesial y de nuestra tarea pastoral a Santa María, lla Virgen de los Ojos Grandes. Ella es nuestra madre en la fe, y en ella nos reconocemos unidos como una familia, que cree y confía en su Hijo. La acogeremos especialmente este año de la fe en nuestras casas y comunidades, viendo en ella el miembro más excelso de nuestra Iglesia, la representante verdadera de nuestra parroquia y de nuestra Diócesis. En ella, a cuyo amparo se han acogido nuestros padres generación tras generación, se hace visible y resuena lo mas íntimo y verdadero de nuestra tradición y también de nuestra esperanza.
 Que Ella nos consiga de su Hijo una fe alegre y esperanzada, capaz de un amor constante, en el que florezcan nuestras vidas y nuestras familias, nuestras parroquias y comunidades, de modo que puedan ser un testimonio de vida nueva presente con sencillez y sin temor en medio de nuestra sociedad.