HAITÍ: DESAFÍO Á SOLIDARIEDADE – Delegación de Misiones (Lugo)

[Por RAMÓN JACOBO, DELEGADO DE MISIONES]

El día 12 de enero pasado Haití se vio afectado por un terremoto que hizo que las miradas de todo el mundo se volvieran hacia el país más empobrecido del continente americano e hizo despertar las conciencias ante la situación de los hermanos haitianos arrastrada y ocultada por siglos.

Un movimiento de esclavos negros tiene la osadía en 1804 de proclamar su independencia enfrentándose a los ejércitos de Napoleón y este atrevimiento, todavía hoy, lo están pagando los haitianos para escarmiento propio y evitar que cunda el mal ejemplo. Dos días después del seísmo, Pat Robertson, telepredicador norteamericano, afirmaba que “ miles de haitianos han muerto, porque los esclavos de Haití hicieron un pacto con el diablo para obtener su libertad”. ¿ En nombre de qué Dios se puede hacer tal afirmación? . Desde luego no en el nombre del Dios de Jesús de Nazaret.

Pero tampoco se puede justificar con razón alguna que en pleno siglo XXI en Haití, al igual que en otros muchos países, el 80% de la población no consiga un trabajo con el que ganar 70 gourdes (menos de dos dólares diarios) y se ve obligada a resistir el hambre y la miseria hasta donde puede, vendiendo frutas, legumbres, medicamentos sin ningún control, pequeñas herramientas, piezas para vehículos destartalados….

Sin embargo, los años ochenta del siglo pasado, los haitianos producían en trono al 90% de los alimentos que se consumían en el país, hasta que los organismos internacionales les obligan a eliminar los aranceles para poder invadir libremente sus mercados con los excedentes de los países enriquecidos, especialmente arroz norteamericano y otros productos básicos como aceite o azúcar, con lo que se arruinó a los campesinos forzándolos a emigrar en masa a la capital y al exterior y malvender su saber, su esfuerzo y el futuro del propio país. Hoy muchas familias haitianas solo sobreviven gracias a las remesas que llegan desde Dominicana, EE.UU., Francia o Canadá. Tres millones, cerca de un tercio de la población más capacitada, más fuerte y emprendedora, están en el exterior y muchos niños y niñas son explotados y prostituidos a cambio de un plato de comida que les ofrecen familias pudientes.

En esta realidad socioeconómica y en una tierra devastada y erosionada, en la que abunda la corrupción y la falta de liderazgo, donde el terremoto del 12 de enero dejó tras de sí unos 350.000 muertos, infinidad de heridos, mutilados, huérfanos y desplazados que se apiñan en las calles y en campamentos de plástico, sin alimentos, sin agua, sin higiene, sin atención médica, sin nada.

Fue esta la dura realidad que, enfocada durante un tiempo por los grandes medios de comunicación ansiosos por aumentar sus audiencias, sacudió conciencias y puso en marcha a personas, organizaciones humanitarias y organismos internacionales.

El encuentro con el pueblo haitiano hizo que mucha gente, incluyendo dirigentes políticos, se enamorara de la población civil por su capacidad de acogida, su generosidad, su tesón y resistencia, por su fe y esperanza, por sus ganas de sobreponerse, una vez más, a situación tan catastrófica, sin liderzazo ni organización institucional mínima ( han fallecido más del 30% de los funcionarios, maestro, sanitarios etc.).

La realidad de desastre es de tal magnitud que no puede solucionarse solo con ayuda económica dejando intactas otras cuestiones de fondo. Poco antes del terremoto de Haití, otro de similares características tuvo lugar en Japón con el resultado de un muerto y tres heridos ¿por qué esa diferencia? ¿ qué hacer?.

Todos: personas, organizaciones, organismos internacionales e instituciones se han visto superados por la magnitud de los acontecimientos y sobre todo por su prolongación en el tiempo y todos igualmente han querido actuar pero cada quien lo está haciendo según su propio estilo y al modo a como está acostumbrado a hacerlo, pues todos actuamos de acuerdo a lo que somos y aprendimos.

Los días 17 y 18 tuvo lugar en la ciudad de Lugo una Conferencia Internacional para tratar la situación de Haití. Gobiernos y organismo internacionales han prometido grandes ayudas que por ahora no fueron capaces de poner en marcha. Esperemos que, como en tantas ocasiones, no queden en reuniones y más reuniones en las que se deciden condiciones que no pueden cumplirse o solo pueden hacerlo grandes conglomerados que buscan su propio beneficio o imagen.

Hasta aquí cada organización actúa por sí y ante sí. Nadie se dirige a la gente afectada, nadie le informa ni le pide parecer. Todos actúan a la manera de un ejército y su actuación genera temor, desconfianza, sometimiento, potenciando la sensación de incapacidad propia, paralizando las propias energías y recursos. Hay fallo manifiestos y generalizados por falta de capacitación, unas veces y por falta de previsión de cómo actuar en tales situaciones, otras.

La gente se lanza, entonces, de forma incluso agresiva en alguna ocasión a por lo que le “ arrojan “, porque nadie sabe si lo que llega alcanzará para unos cuantos o para todos ni durante cuanto tiempo va a contar con la ayuda. Esto igual en cuanto a alimentos o servicios básicos. La gente se siente tratada como víctima, como dependiente.

Cuando el sistema financiero corre peligro, todos los gobiernos ponen en marcha enormes recursos y actúan con la máxima rapidez y eficacia, aunque ello suponga pagar un alto precio económico, social y hasta político, pero si es un país empobrecido por intereses históricos el que corre peligro, parece que cuesta ponerse en marcha y se miden toda clase de “ riesgos” y estrategias hasta dificultar y ralentizar las ayudas hasta tronarlas ineficaces, inútiles y has contraproducentes a veces.

Entre otras lecciones, la situación de Haití, debería ayudarnos a aprender a ser solidarios de verdad. Después de un primer momento de urgencia, deberíamos hacer un diagnóstico de la situación desde y con los propios afectados que no han de ser vistos como objetos, sino como beneficiarios a los que ayudar a tomar conciencia de sus necesidades, pero también de sus posibilidades, de sus capacidades, de sus energías y recursos propios.

En un segundo momento, deberíamos fomentar la respuesta organizada y solidaria entre los propios afectados, potenciándola con la ayuda de instancias nacionales e internacionales de manera que el pueblo se sienta llamado a implicarse en acciones que generen esperanza, que impliquen a todos y a cada no para ser protagonistas de su futuro y agentes de cambio hacia una economía de solidaridad y hacia un reconstrucción de las instituciones y de un Estado democrático y participativo.

Si queremos ser mínimamente eficaces habremos de recuperar lo que ha quedado: recursos humanos y bienes, para luego complementarlo todo con la ayuda sin convertirla en el único recurso.

Las donaciones han de ser complemento, nunca substitutivo o sucedáneo. Decía Saint Exupery en “la ciudadela”: “si quieres hacer hermanos, ayúdales a construir una torre, pero si los quieres hacer enemigos, tírales un poco de grano.

Hay que evitar que la pobreza se convierta en camino de degradación impulsando a las personas a reaccionar en la vida diaria con actitudes de autodefenderse, de manera que todos los medios sean considerados válidos para salir de una situación de riesgo personal, familiar y social.

A la corrupción institucional se une ahora la ética del “sálvese quien pueda” incluso sin ser consciente – y esto es lo más grave- del peligro que tal actitud conlleva, de río revuelto siempre pescan los oportunistas de turno, haciendo una sociedad más dividida y con mayor distancia entre empobrecidos y enriquecidos.

Pasada la etapa de emergencias, en la que era necesario ayudar a la gente a salir de debajo de los escombros, a hacer frente a las necesidades perentorias, ahora toca superar la fragilidad y provisionalidad para qué: 1º surja un pueblo organizado, sujeto de su destino, que asume y afronta, con el apoyo necesario de todos, la propia realidad.

2º vuelva a funcionar el mercado interior que haga posible el intercambio y que estimule la producción pero no la explotación y los monopolios. Un mercado al servicio de las necesidades de la población y no al servicio de intereses especulativos y mercantilistas.

3º ayudar a reconstruir el Estado con sus órganos e instituciones.

¿ Tendremos la constancia y el coraje necesario para hacer frente a tal desafío?

No podemos ocultar la labor de los misioneros y de las comunidades cristianas que desde el primer momento pusieron en marcha todos sus recursos y energías urgidos por el mandato de Jesús ante las muchedumbres hambrientas “dadles vosotros de comer, después de reunirlos en grupos” ( Mt. 14,15-16). Después de atender a los heridos y animar a los supervivientes, pusieron en marcha centros de enseñanza y de salud en carpas, bajo simples lona o planchas de zinc, sabiendo que son los niños y jóvenes los primeros afectados y la esperanza de futuro. Son estos hombres y mujeres que ya estaban en Haití los que allí permanecen al lado de quienes sufren, compartiendo con ellos ser, saber y tener. Es a ellos a quines está apoyando Obras Misionales Pontificias, especialmente a través de Infancia Misionera y la Delegación Diocesana de Misiones junto con Cáritas como cauces de distribución de las ayudas de distintas comunidades parroquiales, particulares y algún organismo público. ¡ Gracias a todos ¡

No podemos permitir que Haití deje de ser noticia. Los testimonios directos de agradecimiento recibidos en esta Delegación de Misiones por diversos cauces, coinciden en resaltar el apoyo de la oración, del recuerdo, del saber que muchos desde la distancia les acompañan.

Alimentemos el espíritu de fraternidad universal en cada uno de nosotros, en nuestras familias y comunidades, para alimentar la esperanza de otro Haití, de otras maneras de ayudar, de otro estilo de vida, de otras estructuras y organizaciones nacidas y alimentadas por el espíritu de solidaridad antes que por el beneficio propio o por cualquier afán de protagonismo.

Delegación Diocesana de Misiones