Sacudirse el duelo

Querido Fray José:

   Si soy sincera y quiero serlo, no me acuerdo por más que intente hacer memoria del día, del lugar, del momento en que nos conocimos … supongo y supongo bien que hace más de veinte años y que yo, que nosotros los marchosos, rondábamos unos los quince, otros los dieciocho, otros los veinte y algo…

   Sí recuerdo, sí pongo fecha y lugar a muchos momentos que compartimos todos juntos entonces y a lo largo de estas dos décadas.

   Los más significativos a altas horas de la noche en las adoraciones nocturnas o en celebraciones varias en las que nos permitías expresar nuestra fe con pasión de adolescentes y caras pintadas de blanco.

   ¡Cuántas noches de nuestra juventud con la música de la calle Clérigos y las voces de nuestros compañeros de Instituto de fondo, nos encontramos nosotros con Jesús en la catedral!

   Allí comenzó “Frayjo”, con tu presencia a veces, tu consentimiento siempre, nuestra experiencia de fe.

 Accediste por mediación de Mario a sacar el altar del templo y a celebrar con nosotros la eucaristía bajo la sombra de los carballos en Loio, Portomarín,¿te acuerdas? Nosotros sí y no sólo hoy que nos invade la nostalgia y la tristeza por tu falta. En todos estos años de idas y venidas por Lugo, Vigo, Bruselas, A Coruña, Madrid, Asturias o Bolivia nuestra fe se ha visto confrontada con pérdidas, rivalidades, debilidades de diferente índole que han hecho dudar o tambalear nuestras creencias. En esos momentos hemos podido tirar de palabras y recomendaciones escuchadas en tus homilías, también de gestos y símbolos vistos en tu comportamiento más allá de atuendo y anillo.

   Mentiríamos si dijéramos que nuestra relación ha sido como un cuadro, como un bodegón en el que el pintor coloca cada pieza en el lugar que mejor queda. No. Nuestra fraternal relación no ha sido así. Ha sido un proceso imprevisto, lleno de altibajos y hasta de desacompasados desencuentros en momentos en los que hacías sonar tu bastón de mando, el báculo de pastor.

 Pero por encima de todo ello queda el renacer de la esperanza que compartimos más de una Navidad, el vacío en el estómago de los ayunos que en Cuaresma nos llevaban a compartir oración en la Delegación de Juventud, el resonar de los cantos de tantas confirmaciones, las campañas de Manos Unidas, el incondicional apoyo que diste a uno de los nuestros para que aún siendo menor de edad le dejaran irse tres meses a estar entre los más pobres de entre los pobres…Hemos recibido el perdón a través de ti, has bautizado a alguno de nuestros hijos, has compartido con nosotros los avatares de tu enfermedad… has sido cercano, cariñoso, uno más y, además… obispo.

 Dice Isabel Allende que a este mundo se viene a perderlo todo, que no cuesta desprenderse de lo material, que lo difícil es soltar los afectos. ¡Qué razón tiene!

 Te has ido y duele. Seguro que estás con Ángel observándolo todo y leyéndonos desde el cielo. Queremos que sepas porque nunca te lo dijimos en vida que cada uno de nosotros somos lo que somos porque un día nos encontramos contigo, con vosotros. De alguna forma y con toda la responsabilidad que conlleva, nos sentimos vuestro humilde “legado” en la tierra. Queremos que sepas que, aún en la distancia, estamos todos juntos.

 

Firmado: Los que un día fuimos “Jóvenes”

Marchosos y Colegas de Jesús