Fray José. In memoriam

           Era una jornada muy calurosa. Creo recordar que al inicio de la tarde, finalizado ya el curso escolar. Año 1980. Estaba visitando a un amigo enfermo, en Lalín, cuando, de repente y con sorpresa, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar llenas de fuerza y alegría. De inmediato la gente salió de sus casas, con cubos, dispuestos a apagar el incendio y acudir solidariamente en ayuda de quien la reclamaba. Pero no había fuego, la noticia era más agradable: un franciscano nacido en Lalín acababa de ser nombrado por el Papa Juan Pablo II Obispo de Lugo,  nuestra diócesis. Se trataba de Fray José Gómez González. En esos días, finalizado el COU yo había tomado ya la decisión de ingresar en el Seminario: soñaba con ser sacerdote. Todavía desconocía la influencia que ese hombre, el nuevo Obispo,  iba a tener en mi vida.

             Y por eso hoy quiero dar gracias a Dios por Fray José, “Fraijo” como familiarmente le hemos llamado. Quizás ha sido la persona que, junto con mi padre, ha ejercido más autoridad en mi vida.  Y doy gracias porque lo ha hecho bien, muy bien, como lo hacen los buenos, los sabios, sin hacerse notar, con respeto y con afecto, con firmeza, sabiduría y libertad. El alumno fue malo. El maestro extraordinario. Le agradezco especialmente su mediación como sucesor de los Apóstoles,  por la cual he recibido el sacerdocio, por  la oración y la imposición de sus manos de Obispo, que ayer mismo he podido besar con respeto. Le agradezco también sus maneras de Buen Pastor a lo largo de estos 27  años, su mesura y su paciencia. Me he sentido siempre acompañado, sin disonancias ni estridencias, al modo del susurro cadencioso  y armónico que, sin dañar, sin avasallar, se hace presente y custodia las soledades, los miedos, las dudas y los silencios. He notado la presencia de un padre en todo momento. Así me lo aseguró al fallecer el mío, Manuel,  así lo he vivido y ahora públicamente lo quiero compartir y agradecer.

Además del agradecimiento personal, podría destacar muchos aspectos de su vida que siempre he admirado. De entre ellos señalo sobre todo su sencillez franciscana; con razón su lema episcopal es un elocuente “Pax et Bonum” -Paz y Bien- que lo resume todo. Era poseedor de una gran formación, especialmente en teología y en derecho, con un amplio currículum que lo avala y con un intenso recorrido de actividad pastoral, y siempre se manifestaba cercano, asequible, amable, de sonrisa amplia y buen conversador. Recientemente decía, “no soy más digno que el más chiquitín que nazca, y desde luego soy bastante menos que esos ancianos que me encuentro a menudo por las parroquias extraordinariamente sabios, sabiduría que les proporciona su vida cristiana”. Igualmente admiro su conocimiento y compromiso con todas las realidades de la diócesis. Se encontró con una diócesis en la que la mayoría eran caminos y pistas malas para ir a las iglesias, y sé que visitó en varias ocasiones cada parroquia, y son creo 1138, y, por supuesto, a cada sacerdote, comunidad religiosa y posiblemente a cada feligrés: “todo lo que traté de hacer fue acercarme a ellos, que no los conocía y ese conocimiento era lo que más me interesaba, tanto de los fieles, como de los sacerdotes y de los religiosos”. Y en tercer lugar el estilo de su palabra, “de la abundancia del corazón, habla la boca”, (“ex abundantia cordis os loquitur”), era un gran predicador; sus homilías me han parecido siempre de las mejores que he escuchado, con claridad, contenido, con un tono elegante y enérgico; recuerdo especialmente las del día de San Juan de Ávila y, cómo no, la de mi ordenación, ésta casi de memoria.

 El discípulo no es más que su maestro. Lo último que le faltaba, como al Buen Pastor, era entregar la vida. Esto era lo que nos escribía para preparar la fiesta del Corpus,  este pasado mes de junio: “una oportunidad muy especial para encontrarnos personalmente con el Señor;  por sabernos amados por Cristo hasta entregar la vida por nosotros; por sabernos acogidos y perdonados en su gran amor; por dársenos como alimento vivificante para el camino de la vida y por comunicarnos la vida divina para que vivamos agraciados, agradecidos e implicados en el amor fraterno”.

Le vamos a recordar como él mismo quería, como un obispo que supo sufrir y servir, y permanecerá para siempre en nuestra memoria y en nuestro corazón siendo un buen ejemplo para todos, en el momento de su enfermedad y siempre. Su ministerio episcopal ha sido una gracia para todos nosotros que yo hoy quiero reconocer. Estoy seguro que en su encuentro personal con el Señor, se pronunciarán para Fray José palabras de bendición, de premio y de acogida: “¡Entra en el gozo de tu Señor!”.

 

Andrés Ramos Castro

Sacerdote