No hay igualdad sin justicia – Ante la LIV campaña de Manos Unidas

No hay igualdad sin justicia – Ante la LIV campaña de Manos Unidas

El lema escogido este año por la LIV campaña de “Manos unidas”, no hay igualdad sin justicia, centra nuestra atención en las raíces profundas que son causa del hambre y de la injusticia en nuestras sociedades. En términos semejantes hablaba el concilio Vaticano II –cuyo cincuentenario celebramos–, expresando solemnemente nuestra fe ante el mundo: “los desequilibrios que sufre el mundo moderno están relacionados con aquel otro desequilibrio más fundamental que tiene sus raíces en el corazón del hombre” (GS 10).

La profundidad de estos desequilibrios se manifiesta en que no afectan sólo a estructuras económicas o políticas, sino incluso a las relaciones más fundamentales e íntimas, constitutivas de la vida de cada uno, como son las del hombre con la mujer y, por tanto, al amor esponsal, a la familia, la paternidad y la maternidad, al sentido de la filiación y de la fraternidad, etc.

En efecto, “Dios no creó al hombre solo: pues desde el principio los creó hombre y mujer (Gen 1,27). Esta asociación constituye la primer forma de comunión entre personas. Ya que el hombre es, por su naturaleza íntima, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás” (GS 12).

El hombre y la mujer, en la diferencia de su ser propio, gozan pues de la misma dignidad y del mismo derecho a que sus bienes fundamentales sean respetados. Entre ellos conviene destacar, con respecto a la mujer, la libertad ante el varón y en la determinación de la propia vida, la dignidad de su posición en la familia, el acceso libre a la propiedad de los bienes y, en primer lugar, a la educación.

Costumbres ancestrales o tradiciones culturales no pueden oponerse a la igualdad fundamental en dignidad y derechos que está enraizada en la misma creación de Dios. Y, de hecho, las injusticias en estos ámbitos determinantes del ser persona redundan en desequilibrios y daños también para los varones, las familias y el crecimiento económico y cultural de toda la sociedad. La lucha contra la pobreza encuentra en estas discriminaciones también un obstáculo formidable.

Entre los derechos propios de la mujer, que deben ser defendidos –y que, en realidad, afectan luego a todos– están aquellos referidos a bienes específicamente suyos, como puede ser, por ejemplo, la maternidad en todos sus aspectos.

Este bien inmenso sufre en muchos lugares por las dificultades a llevar a cabo la gestación y el parto en condiciones dignas; y, por desgracia, también por la lucha de grupos interesados en la introducción del aborto en las sociedades, como si destruir esta dimensión materna de la mujer, introduciendo un principio de muerte en lo más íntimo de su existencia, fuese un crecimiento en la libertad. A ello se añaden campañas inaceptables de esterilización de mujeres y poblaciones, movidas por intereses que no coinciden para nada con el bien de quienes las sufren. Se entra así en contradicción con las conciencias de las personas y con las culturas mismas, sin respeto alguno, mostrando de nuevo cómo las injusticias en este ámbito fundamental afectan a todo el ser personal y social del hombre.

Todas estas son también formas de ejercicio de un poder social que no respeta a la mujer como tal, ni la ayuda realmente, sino que la usa al servicio de la propia estrategia cultural y económica. Lo cual puede decirse igualmente de la imposición de una “ideología de género”, que no reconoce la realidad diferenciada del hombre y la mujer, su vocación al amor mutuo y el significado esencial de su comunión personal para la vida de toda la sociedad.

Vencer los desequilibrios del corazón –ya en esta primera forma de relación, la del hombre y la mujer– y negarse al pecado, saber discernir la verdad y amar la justicia, es decir, amar al prójimo como el Señor nos ha amado, es posible gracias a la fe, que acoge la luz de la Palabra de Dios, y a la gracia, que hace posible amar también en el esfuerzo y el sacrificio.

Este es el testimonio que nos ofrece públicamente la campaña de “Manos unidas”, mostrando los desafíos que la pobreza, la injusticia y la desigualdad siguen planteando en nuestro mundo.

Somos ayudados así a comprender mejor la urgencia de vivir nuestra fe –en este Año de la fe– con inteligencia y con deseos de renovar nuestras conciencias y nuestros comportamientos a su luz.

Que la Santísima Virgen María, la mujer que nos ha representado a todos con su palabra ante Dios Padre, la que ha sido madre del Hijo unigénito de Dios, hermano y salvador nuestro, la que ha permanecido virgen, sin mancha de pecado, libre y llena de gracia en su corazón, interceda por la labor de Manos unidas, por todas las mujeres que sufren la injusticia y la pobreza, y por todos nosotros, llamados a ser testigos en el mundo de la dignidad de toda persona, y del amor y la comunión verdaderas.

Lugo, 4 de febrero de 2013

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo