La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido

XXV Jornada mundial de la vida consagrada

En este XXVº año de su institución por San Juan Pablo II, celebramos en toda la Iglesia esta Jornada mundial con un lema que nos habla de la vida consagrada como parábola. Esto significa presentárnosla como una narración, como un relato que, partiendo de realidades reconocibles por nosotros, intenta hacer llegar a nuestra conciencia una verdad que ilumina de modo nuevo la realidad y nuestra situación personal.

En efecto, en medio de nuestro mundo –del que se destacan en el lema no el progreso, sino el clamor de sus heridas–, la vida consagrada es como una historia viva que nos habla de la superación del mal, del horizonte de una existencia buena realizable ya ahora, de una plenitud de fraternidad que abarca a todos –hermanos todos–, en la que hay curación para las divisiones y los sufrimientos generados por la soberbia y el egoísmo del corazón, por el pecado que en el fondo es siempre desprecio del ser humano, de su dignidad y su capacidad de amar, reduciéndolo a instrumento para la propia injusticia.

La vida consagrada es parábola –narra, sugiere, estimula– con la realización de su propia existencia, mostrando cómo la fe en Dios Padre y en el Señor Jesucristo hace posible ya en esta tierra la realización de una “fraternidad” sencilla y humilde, pero verdadera, más allá de lo que sería esperable por quien conoce lo limitado de las buenas intenciones y de las fuerzas humanas, por quien es bien consciente de la vulnerabilidad de alma y cuerpo, de no tener respuesta ante la gran herida de la muerte.

Con su presencia, las personas consagradas invitan a recuperar la esperanza, a abrirse a la fe: es posible una vida diferente, es posible alegrarse definitivamente por la propia dignidad de hijo –y por tanto de hermano– inmensamente amado por Dios, y por la propia misión en el mundo; es posible reconocer radicalmente la dignidad del prójimo, ya no reducible a alguien instrumentalizado o descartado, según convenga a las lógicas utilitaristas que parecen gobernar este mundo herido, sino siempre hermano.

Para toda persona en este mundo, para el que soporta injusticias y para el pecador, ante la herida del dolor y de la muerte, la vida consagrada es buena noticia, anuncio de una existencia nueva y verdadera, destinada a no perderse; es como una palabra que hace entrever el consuelo y trae nueva luz a mente y corazón. Viviendo la pobreza, la castidad y la obediencia, en la comunión concreta de sus casas y comunidades, habla del amor que renueva el mundo y crea una fraternidad real incluso entre nosotros que somos pecadores; de un amor que está presente y se ofrece a todos porque viene de Dios, ha tomado carne para siempre en nuestra tierra en el Señor Jesús, y habita en los corazones de los suyos como promesa de plenitud y de vida.

La vida consagrada nos asegura que existe el Buen Samaritano, que cuida las heridas del mundo y de cada uno, y nos habla de Él, es para nosotros como una palabra suya viva y eficaz. Con su consagración –con la acción de gracias de su corazón, con su canto de alabanza, con su petición confiada, en respuesta al amor de Cristo– y con la unidad fraterna, vivida y ofrecida a los hermanos en las obras de amor sugeridas por su carisma fundacional, cada persona consagrada y cada comunidad es una parábola, que nos ayuda a entender que el Salvador está entre nosotros: “para evangelizar a los pobres, … poner en libertad a los oprimidos, proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Y que nos hace comprender que el más pobre, el más pequeño, el descartado a los ojos de los hombres –y cada uno de nosotros– tiene esperanza real, es amado y querido, y está llamado a vivir con su prójimo en una común dignidad de hermanos.

Todos necesitamos entender esta parábola, escuchar cada día la invitación a reconocer la caridad con la que Cristo nos ha unido a El como hermanos, introduciéndonos a vivir una fraternidad consoladora y verdadera, que ya ahora es “germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano” (LG 9).

Demos gracias a Dios por el don de la vida consagrada, particularmente por las comunidades presentes en nuestra Diócesis de Lugo. Acompañémoslas y dejémonos acompañar por ellas en el camino de la vida, en la realización de nuestra misión, unidos como miembros de la única Iglesia de Dios. Y pidamos al Padre para ellas el don del Espíritu, que aliente e ilumine sus corazones, para que tengan la alegría de ser fieles a su Señor y a su misión, según sus propios carismas, para bien del mundo, al que Cristo nos ha enviado a todos, proveyéndonos para sus heridas con el aceite de la fe y el vino de la caridad.

Lugo, 28 de enero de 2021

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo