El poder de cada persona. Cada gesto cuenta. CORPUS CHRISTI – DÍA DE LA CARIDAD 2020

Queridos hermanos,

Vivimos tiempos singulares, en los que hemos tomado iniciativas excepcionales como sociedad, para detener el contagio de un virus potencialmente mortal. Las ciudades y los pueblos, todo se ha detenido, en una inmensa acción común.

Hoy, en el Día de la Caridad, queremos observar cómo esta actuación de toda la sociedad ha sido en realidad obra de la libertad y de la responsabilidad de cada uno.

Las personas hemos hecho posible esta acción común. Y aunque decir “persona” es siempre hablar de relaciones, de familia, de compañeros de trabajos, de intercambio de bienes corporales y espirituales, de responsabilidad por los otros, no podemos olvidar que todo ello reposa siempre en el corazón, en la mente, en las disposiciones libres de cada uno.

Nada sucede sin la persona. Y, sin embargo, es fácil no valorarla, cuando su contribución para un objetivo común resulta irrelevante, o incluso cuando su presencia es más carga que ayuda. Así, por ejemplo, hemos visto cómo ha sido posible en algunos lugares dejar a los mayores en las residencias sin atenderlos realmente en la enfermedad, aunque estaban en peligro de muerte. Esto sucedía al no poder responder a las exigencias que planteaba la muchedumbre enferma por el virus. Aunque, si lo pensamos, esto puede suceder sin necesidad real, sólo porque no conviene a los propios proyectos personales, como por ejemplo muchas veces en que se realiza un aborto. Como dice nuestro Papa Francisco, existen planteamientos en nuestra sociedad para los que la persona como tal no importa, puede ser descartada.

Este tiempo de pandemia ha sido ocasión para que todos pudiéramos percibir el problema: nada sucede sin la persona; pero fácilmente se la descarta en realidad. Y cuando esto no lleva a tales consecuencias últimas, la falta de respeto para con la persona puede manifestarse de otras maneras, negándole sus bienes fundamentales. Esto va desde la mentira o la manipulación de la información, para determinar su comportamiento en propio provecho o para hacerle daño y atemorizarla, a quitarle sus bienes más necesarios: la paz de su familia, la confianza de los hijos, el ejercicio de unas libertades u otras; o, por supuesto, el acceso a los recursos materiales, a los necesarios para asegurar un lugar de habitación, la alimentación, etc.

Por eso, nada hay más importante, nada cambia la vida y la sociedad de modo más eficaz que aquello que establece definitivamente el valor de la persona, que enseña a respetarlo, a defenderlo en los diferentes ámbitos.

Esta afirmación de la dignidad del prójimo, que se compromete realmente por su bien, es la caridad. Ha sido enraizada en este mundo para siempre por Jesucristo, nuestro Señor, que la llevó a su plenitud, hasta el extremo de darlo todo, cuerpo y alma, la vida misma por los hermanos. Viene de Dios, y es Dios mismo, nuestro Creador; por eso pensamos que da razón de nuestra existencia: quien comienza a existir ha sido amado eternamente. Ilumina la vida, como sabemos por experiencia desde que abrimos los ojos al amor de nuestra madre. Es la única guía suficiente para dar forma buena a la existencia y conducir a la sociedad por caminos de justicia y de paz.

La caridad que el Señor ha traído al mundo no pasará nunca. Es el corazón de nuestra fe, que celebramos el día de Corpus Christi, poniendo en ello nuestra gloria, y no en nuestras fuerzas, riquezas y poderes.

Pero, evidentemente, la caridad sólo existe en el corazón de la persona, es inseparable de la libertad y de la conciencia de cada uno, de nuestra propia relación con Dios. Pues no hemos sido los primeros en amar: hemos recibido la vida y hemos recibido el amor de Dios, que entregó a su Hijo por nosotros.

El lema de este día de la caridad nos lo recuerda: éste es el verdadero poder de cada persona, que defenderá para siempre la dignidad de la propia existencia, que afirmará sin engaño ni manipulación el bien del prójimo, que sabrá compartir y sabrá dar, con la única medida del propio corazón, a quien camina a mi lado y lo necesita. Así vencerá todo desafío y también a la muerte.

Es totalmente verdad, por tanto, que lo que cuenta es el poder de cada persona, cuando éste es el de la caridad, el del Espíritu invencible del Señor. Y es cierto igualmente que cada gesto cuenta: toda expresión de la caridad es de más valor que el oro y la plata.

Por eso es más importante la verdad y la libertad del gesto que aquello que podemos aportar, según nuestras posibilidades. Porque es más importante el corazón que la cuenta bancaria; porque la persona no puede ser medida por la cantidad de bienes materiales de los que disponga.

Amemos al prójimo no con palabras, sino con obras. Lo hemos visto en tantos ejemplos magníficos de entrega durante la pandemia. No nos preguntábamos cuánto ganaba esta persona o la otra, sino que admirábamos su entrega de corazón.

Afirmemos, pues, que cada persona importa. Que no podemos abandonar a ninguna, ni dejar atrás a ninguna. Pongamos de nuestra parte lo que podamos, en tiempo, en creatividad, en energías; y también en medios materiales, en apoyo en la necesidad.

El confinamiento puede traer como consecuencia un crecimiento grande de necesidades materiales. Que traiga ya antes, con la gracia de Dios, un cambio de nuestras mentalidades, un crecimiento de nuestra fe, para la que nadie es insignificante, un crecimiento de nuestra caridad, entendida como el poder mismo de la persona, al que no podemos renunciar para renovar nuestra vida y nuestra sociedad.

Y que la alegría profunda prometida por el Señor, que nadie nos podrá quitar, crezca un año más contemplando y cantando la alabanza del Amor de los amores, que sostiene para siempre y llena de esperanza nuestra vida.

¡Feliz día de Corpus Christi!

+Alfonso, obispo de Lugo

14 de junio de 2020