Día de la Iglesia Diocesana 2020

Queridos diocesanos: la experiencia que hemos hecho en los tiempos más duros de esta pandemia de la COVID-19 nos ha permitido descubrir con claridad que no estábamos solos, incluso en nuestro aislamiento forzoso, que nos ayudábamos unos a otros a ser y a vivir en las dificultades de la nueva situación.

Alegrarse de esta ayuda sencilla, hecha de presencia, de conocimiento mutuo y apoyo cotidiano, de una palabra y una oración, de gestos de ayuda y de compañía, ha sido ocasión de descubrir lo más hondo: que nuestro ser, nuestra existencia, tiene fundamento sólido, se sostiene sobre el suelo firme de una unidad profunda, edificada por el Señor. “Somos lo que tú nos ayudas a ser”; lo decimos ante todo al Señor Jesús y, gracias a Él, a la comunión de los hermanos, en la que vivimos como cristianos.

Pudimos ver en este tiempo de pandemia que no está en nuestro poder darnos el ser y la vida, que una fuerza ciega de la naturaleza nos dejaba sin defensa en un momento. Y pudimos aprender mejor, sin embargo, que existimos gracias a Dios, que Él nos ayuda a ser, nos hace posible realizar el bien em la vida, ayudarnos como hermanos de una gran familia, que estemos ante la muerte con esperanza de victoria.

Ser persona es ser así, relación viva con Dios y con los hermanos. Somos una gran familia, con raíces en lo más hondo, habitada por la unidad y el amor más radical, y que llega de la tierra al cielo. No somos menos: esa es nuestra familia, siempre confiada en la voluntad del Padre, con Jesús como Señor de la casa. Aquí somos ayudados a ser y nos ayudamos unos a otros a ser. Lo hemos hecho en el confinamiento, y hemos de hacerlo todos los días, por el bien de nuestra vida, por el de nuestros seres queridos, por nuestra dignidad y destino personal y como sociedad.

Desde el inicio los cristianos hemos vivido así: tenían un solo corazón y una sola alma, dice san Lucas, perseveraban unánimes em la oración y en la doctrina de los apóstoles, ponían sus bienes en común, se ayudaban en las necesidades.

Alegrémonos de nuestra fe, de Dios nuestro Padre y de la victoria del Resucitado. Miremos con ojos de fe y agradecimiento a la particular Iglesia diocesana en que estamos, en la que somos ayudados y nos ayudamos a ser y a vivir.

La aportación de cada uno es un tesoro precioso, que enriquece a todos, que nunca se puede dar por descontado, que construye el ser juntos una gran familia: con una palabra o un gesto, con la generosidad de quien pone a disposición su tiempo o las propias cualidades, con apoyo y compañía en la discreción de lo cotidiano.

Así, en la cercanía, en la fe y la caridad, en el compartir y el ayudarse en las dificultades del alma y del cuerpo, somos Iglesia. En nuestra casa, en nuestra tierra, en Lugo, somos Iglesia diocesana. Dios nos guarde en ella, nos permita ser perseverantes, nos enseñe a amarla, a ayudarla y a ayudarnos a ser y a vivir. Y que en el seno de esta gran familia de la Iglesia lucense, Jesús sacramentado nos dé la gracia de la verdadera comunión, de permanecer siempre juntos, cada día y todos los días: SomosIglesia24Siete.

Mons. Alfonso Carrasco

Obispo de Lugo