Carta pastoral con motivo de la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas

Un año más la campaña de Manos Unidas nos ayuda a volver la mirada a nuestro prójimo, a ese tú, cercano, en quien se pone de manifiesto en primer lugar el maltrato de los recursos naturales puestos a nuestra disposición, que llega incluso a hacerse visible en los daños que sufre la naturaleza, el planeta mismo.

Nos recuerda así Manos Unidas que esta situación no es inevitable, sino que depende en buena medida de nuestra libertad, de nuestra conciencia de la vida, de nuestra actitud moral. El cambio de nuestro corazón y, por consiguiente, de nuestro comportamiento es decisivo. El grito de los pobres y de la naturaleza interpela a cada uno de nosotros de nuevo.

Sabemos que no todo está en nuestra mano. No vivimos ya en el paraíso terrenal y nunca lo podremos alcanzar en la tierra. El bienestar del que podemos gozar en un momento dado no debe llamarnos a engaño; es siempre el resultado del esfuerzo, el trabajo, la austeridad y el sacrificio en relación con la creación. Por eso mismo, conlleva intrínsecamente una exigencia de justicia tanto en el reparto de la riqueza producida, como en las condiciones de trabajo que la hacen posible, en el país que sea. Y entre estas condiciones han de contarse también las ambientales: no puede destruirse el ámbito de vida de un pueblo, para explotar a menor coste los recursos naturales.

No somos señores del mundo, que hemos recibido como un don de Dios; y, si nos portamos como tales, producimos su daño. Lo hemos recibido como lugar que hace posible nuestra vida terrena, como casa común que hemos de cuidar y transmitir de generación en generación.

Sabemos también que el cuidado de la naturaleza fue encomendado al hombre desde el inicio. Nuestra libertad y nuestra responsabilidad han sido queridas por Dios como parte intrínseca de la creación; no podemos imaginar la realidad, pensar el mundo o el planeta sin ellas. No es la presencia de la libertad humana el problema, sino el pecado que la limita y desordena su acción. No es negativa la presencia humana en el mundo, sino nuestra separación de Dios, que nos hace maltratar la realidad, no sólo el planeta, sino incluso directamente a nuestro hermano. No es posible, por tanto, separar ecología humana y natural.

Necesitamos una ecología integral, enraizada en mentes y corazones, conscientes de su relación profunda con la creación y con los hermanos, con el Dios Padre y Creador.

La campaña de Manos Unidas nos interpela con especial fuerza: urge un cambio, rechazar la codicia, la avaricia, la soberbia, la indiferencia ante el sufrimiento de los demás, y volver a la verdad y al bien, a la obediencia a los mandatos divinos de cuidar la creación con nuestro trabajo y de amar al prójimo.

Sólo este cambio profundo en cada uno, sólo la responsabilidad consciente de muchos, permitirá que se modifiquen comportamientos sociales y económicos que erigen la propia riqueza y poder en fin supremo, que olvidan estos criterios fundamentales de verdadera humanidad, de vida en la Tierra. El Señor Jesús nos los ha desvelado de muchas maneras en los Evangelios, y su enseñanza ha determinado nuestra educación como personas muchas veces ya en nuestras casas y parroquias.

Pues bien, la urgencia de vivir según estos criterios morales es proclamada hoy con gran voz por la creación misma, por nuestro planeta, y por todos los que sufren en él el maltrato de sus recursos, sin capacidad de defenderse debido a su pobreza. Manos Unidas nos lo recuerda a cada uno y a nuestra sociedad.

Que esta campaña sirva para que salgamos al encuentro de las necesidades de nuestros hermanos hoy –con nuestros propios bienes– y para que nos sintamos llamados a una verdadera conversión evangélica, a un cambio que posibilite que nuestras actitudes y nuestra vida sean radicalmente cuidado los unos de los otros, y juntos de nuestra casa común, de nuestro planeta.

+Alfonso,

Obispo de Lugo