Alocución de Monseñor Alfonso Carrasco

        Sanctificati in veritate, el lema que escogí, son las últimas palabras de una frase del Señor, en la que Él describe el fruto de su acción: “por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17,19).

        Jesús viene primero: como el Padre me ha amado, así os he amado yo (Jn 15,9), nos dice; como el Padre me ha enviado al mundo, así os he enviado yo (Jn 17,18). Jesús no es del mundo (Jn 17,14), viene del Padre y vive siempre en unidad plena con Él. Y sus discípulos ya no son del mundo (Jn 17,14), no se explican desde energías y fuerzas terrenales; sino que Él los ha escogido (Jn 15,16), de modo singular a los Doce, y los ha llamado a compartir su vida y su misión (Mc 3,14).

        Santificados presupone la presencia y el amor del Señor, que hemos reconocido y en el que hemos creído (1Jn 4,16). No lo hemos imaginado, sino que ha venido a nuestro encuentro, en nuestra historia, iluminando nuestro corazón, determinando el curso de los acontecimientos y el destino de nuestra vida.

        De ello es signo sacramental la ordenación episcopal, que hace presente el ser de la Iglesia como historia, en la que el don del Espíritu se comunica de generación en generación. Aquí, en Lugo, podemos recordar el nombre ya de cien obispos, contemplar una antiquísima realidad de sucesión en el ministerio apostólico instituido por Cristo. Ser acogido hoy en el Colegio episcopal es participar de esta historia de comunión y de misión en el mundo, que nuestro Señor hace posible perennemente.

        Todos podemos mirar a nuestra historia para reconocer en ella la presencia y el amor de Jesucristo. En ello está nuestra alegría, una alegría plena que nadie nos podrá quitar, como Él mismo lo ha dicho (Jn 15,11; 16,22; 17,13). Por eso, con gozo grande quiero saludar a todos los que hoy están aquí, relacionados conmigo como testigos de la providencia buena del Señor en el camino de la vida. En primer lugar, a mi familia y, ante todo, a mi madre, mi hermano y  mis hermanas; no sabría decir de cuántas maneras el Señor me ha colmado de bienes por su medio. Sin ellos –y sin mi padre, que descanse en paz, junto con el Padre de quien Jesús decía que siempre trabaja: Jn 4,17– yo no existiría, ni ciertamente sería quien soy.

       Luego, a toda la gente de mi parroquia de Villalba que  me acompaña hoy, junto con sus párrocos, como me acompañó y ayudó a crecer en la fe desde la infancia y hasta hoy. ¡Qué realidad impresionante la de nuestras parroquias, siempre presentes en medio de nuestras casas, haciendo posible que los fundamentos de nuestra existencia permanezcan en relación con Dios!

     Con ellos quisiera saludar a los miembros de otras parroquias en las que he ejercido mi ministerio, en la Mariña lucense, junto con sus sacerdotes. Todos ellos, amigos verdaderos, dan aquí testimonio de la vida de la Iglesia en Mondoñedo-Ferrol; que el Señor le conceda seguir siendo una fuente de bendición para sus fieles, como lo fue para  mí.

           Vorrei a questo punto salutare molto specialmente gli amici venuti dall’estero, un estero che è stato per me vera casa, grazie alla loro presenza e compagnia. Merci à tous d’être venus de si loin. Vielen herzlichen Dank von so weit hierher gekommen zu sein. Molti di loro sono di Comunione e Liberazione, movimento a cui devo molto della certezza e coscienza della fede che io possa avere. Debiti così non si possono pagare, ne sono fatti per essere pagati; generano invece una gratitudine perenne.

        El amor del Señor nos alcanza en la historia, nos hace amigos y nos los dona verdaderos. Amistad puede ser un nombre de la unidad eclesial, de la comunión vivida, según dice el mismo Jesús: os llamo amigos, (Jn 15,15), y por los amigos el amor más grande da la vida (Jn 15,13). Yo le agradezco al Señor todos los amigos que he encontrado en los años madrileños, aquí magníficamente representados, sacerdotes y laicos. Puedo decir sólo que la amistad no termina, camina en el tiempo y el espacio, goza con los contactos y los encuentros, y, si verdadera, queda guardada para siempre como un tesoro en las manos del Señor.

        Un saludo muy especial a todos los amigos presentes de la ACdP, de la parroquia de San Jorge, de Madrid, y a mis compañeros en la Facultad de Teología “San Dámaso”, profesores y alumnos. No me parecen calculables tampoco las gracias recibidas en la experiencia del estudio y de la enseñanza. Es un gran privilegio dedicar las propias fuerzas a adentrarse, por humildemente que sea, en la belleza única y profundísima de la forma en que Dios se ha revelado y entregado a los hombres. Y poder hacerlo en compañía, en una “comunidad de profesores y estudiantes”, en la que, por la gracia de Dios y la juventud de muchos, se mantenía vivo el deseo y, por tanto, la obediencia a la verdad.

        He de agradecer muy especialmente la presencia de los señores obispos, arzobispos y cardenales de otras diócesis de España, e incluso de Alemania, así como la del señor Nuncio de su Santidad. Son un testimonio vivo de la Iglesia, que es universal y particular, y que no conoce fronteras. Percibir hoy con claridad el misterio de la comunión universal de la Iglesia nos ayuda a apreciar un poco mejor la anchura y la longitud, la altura y profundidad del amor de Cristo (Ef 3,18-19), que supera todo posible pensamiento o construcción humana.

        De esta comunión universal tenemos ante los ojos el principio y fundamento visible en el sucesor de Pedro, nuestro Papa Benedicto XVI. Permanecer unido a él, siendo fiel a su ministerio, no será sólo expresión personal de gratitud, sino salvaguardia de la permanencia en la plena comunión con el Señor.

        Vengo a la Iglesia de Dios que está presente en Lugo, y guarda en su corazón, como el tesoro más precioso, la fe firme en la presencia real de Jesús sacramentado y la adoración perenne de su amor. He de agradecer la acogida cordialísima que ya he podido apreciar, movida por una clara conciencia creyente de lo que significa el obispo para la constitución de la Iglesia, y manifestada especialmente en los grandes esfuerzos de muchos para hacer posible esta celebración. Gracias a todos, sacerdotes y laicos.

        Quiero agradecer también, en particular, la colaboración y la presencia hoy aquí de las autoridades civiles, del Conselleiro de Presidencia de la Xunta de Galicia, el sr. Alcalde de Lugo y miembros de la corporación municipal, del Presidente de la Diputación provincial, el sr. Subdelegado del Gobierno, así como otros alcaldes –el de Villalba– y diputados, nacionales y provinciales.  Pueden estar seguros de nuestra colaboración leal en el servicio al mayor bien de los hombres y mujeres de nuestras tierras.

        En este día de fiesta, en que la Iglesia hace memoria de la tradición apostólica viva, sintámonos todos llamados a guardar viva la memoria del amor del Señor, de modo que determine nuestra conciencia de nosotros mismos, nuestro decir “yo” en medio del mundo con certeza y esperanza nuevas.

        No nos concibamos nunca solos, olvidando que Jesús está con nosotros. No pensemos las cosas como si Él no existiese, como si estuviésemos en el mundo sin esperanza y sin Dios (Ef 2,12), sin Evangelio y sin Iglesia.

        No suframos o muramos como si Él no estuviese con nosotros y nos consolase con sus sacramentos. Si un hijo nuestro entra en la vida, pidámosle a Él también la eterna en el bautismo. Cuando necesitemos misericordia, acudamos a Él, recibamos el sacramento del perdón, recuperemos la comunión fraterna. No nos privemos de la fuerza de su amor y de su compañía constante en la Eucaristía, que puede sostener nuestro corazón en cualquier circunstancia. Que la unción de su Espíritu nos guíe en la vida, dé vigor y haga definitivo nuestro amor y nuestra entrega, en el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada. A quien permanece unido a Él, la vid verdadera, el Señor ha prometido que vería multiplicarse la verdad y el bien, y un destino de vida eterna; que sería santificado en la verdad.

        Quero recordar e agradecer, para rematar, a cantos me aseguraron as súas oracións e, neles, a cantos teñen a misión de entregarse á oración en ben de toda a Igrexa. Tamén quixera lembrar, de xeito especial, ós enfermos. Non sabemos canto lles debemos nas nosas vidas.

         A súa caridade, sacrificada e forte, faime lembrar á santísima Virxe María, a Nosa Señora dos Ollos Grandes, Nai da Igrexa. A ela sempre podemos, e mais aínda, debemos acudir, igual que un fillo, na súa casa, fai con súa nai. Ela é un exemplo sen tacha da caridade que describe Paulo: paciente, servizal, agarda sempre, aguanta todo, non remata nunca (1Co 13, 7-8). Ela non deixa de atender canto precisan os seus fillos, non pecha os ollos ás nosas necesidades.

         O seu amor misericordioso ten un reflexo, sen dubida, en tantas persoas que serven ao seu proximo, enfermo, pobre ou velliño, cunha caridade sen fin, que só pode vir do Espírito de Deus.

         E tamén, penso eu, ten o se  reflexo en tantos sacerdotes, que viven nas súas parroquias unha caridade semellante, nun servizo paciente, que espera e aguanta sempre, e mesmo parece que non acaba nunca. Son, como María,  servos fieis do Señor.

        La Virgen es, sin duda, madre de los sacerdotes. A ella quiero recurrir yo también en este momento, con el deseo de esta misma caridad, con palabras en las que se ha expresado durante muchos siglos el corazón de los cristianos: Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.