Líneas de acción. Curso pastoral 2017-2018

 

  1. Una “escuela” que cultive el don de la fe

En un reciente mensaje[1] a los participantes en el Simposio internacional de Catequistas en Buenos Aires, el Papa Francisco decía: “Es necesario hacerse cargo de todo el potencial de piedad y de amor que encierra la religiosidad popular para que se transmitan no sólo los contenidos de la fe, sino también para que se cree una verdadera escuela en la que se cultive el don de la fe que se ha recibido, a fin de que los actos y las palabras reflejen la gracia de ser discípulos de Jesús”.

Esta insistencia del Papa Francisco en la importancia de la religiosidad popular, presente ya en su Exhortación Evangelii gaudium[2], adquiere una actualidad particular este año en nuestra Diócesis, por el don extraordinario recibido de la “Indulgencia plenaria cotidiana y perpetua” para nuestra Catedral, con motivo de la exposición permanente del Santísimo Sacramento en ella, y la concesión de un Año Mariano, enriquecido también con una “Indulgencia plenaria”, a nuestro Santuario de O Corpiño, que comenzó el pasado 24 de junio y se clausurará con la coronación pontificia de la imagen de la Virgen el 24 de junio de 2018.

La sorprendente coincidencia de estos dones de la Iglesia universal a nuestra Diócesis implica, por supuesto, una responsabilidad y, más allá de una reflexión sobre el significado de la indulgencia[3], plantea una pregunta primera: ¿qué significan estos signos para la vida de nuestra Iglesia?

Me ha parecido encontrar una respuesta en el texto citado del Papa Francisco. Ambos privilegios se refieren a grandes expresiones de religiosidad popular, determinantes, de manera diferente, de la fisionomía de nuestra Diócesis, y que han sido puestas en valor por la Iglesia universal. A primera vista, se trata de expresiones de la más legítima piedad popular: la exposición y adoración del Santísimo Sacramento, la devoción por la Virgen en sus santuarios, el ganar una indulgencia como remedio de las penas temporales consecuencia del pecado, visualizadas muy tradicionalmente por nuestros fieles en las ánimas del purgatorio.

Ahora bien, nuestro Papa insiste en recordarnos que las manifestaciones de religiosidad popular han de ser entendidas como formas de encarnación y de vivencia de la fe propias de un pueblo y de su camino de evangelización. No las considera simplemente un fenómeno accidental con respecto a lo esencial de la vida cristiana, sino como expresión histórica de la identidad del Pueblo de Dios en un lugar, en una cultura[4].

Por consiguiente, también estos privilegios recibidos en nuestra Diócesis nos están pidiendo que sepamos valorar así estos dos grandes lugares en que ha tomado forma y se ha expresado la vivencia de la fe en nuestra tierra. Y, al mismo tiempo, nos enseñan a mirar de modo semejante las otras muchas manifestaciones de la piedad de nuestro pueblo, de nuestra historia como Iglesia particular –y, en primer lugar, el gran signo que son nuestras parroquias, con su identidad y sus tradiciones, sus capillas, etc.

Con ello, el Papa Francisco nos abre toda una perspectiva, decisiva para no caer en la ilusión de un cierto racionalismo cuando pensamos en la transmisión y el cuidado de la fe: no se dan en abstracto, por la sola fuerza de las ideas, aunque sean morales y tengan incluso –si se diera el caso– el apoyo de la sociedad, de la mentalidad dominante. Es necesaria la presencia cercana del fiel cristiano, del Pueblo de Dios como realidad perceptible, experimentable en nuestras comunidades, con sus tradiciones, iniciativas y celebraciones, para que exista una “verdadera escuela en la que se cultive” la fe, de modo que la vida de cada uno –sus obras y palabras– “refleje la gracia de ser discípulo de Jesús”.

Todo ello implica una indicación pastoral primera, que hemos propuesto ya en años pasados: la necesidad de comprender la fe en el Evangelio como un camino de vida, en el que se ilumina el rostro de Dios, pero también el de la persona humana, su pueblo y su cultura. Se trata de una afirmación esencial, que no puede darse por descontado en nuestro mundo, en el que, por el contrario, se insiste de muchas maneras en reducir el ser cristiano a un recubrimiento “ideológico” –religioso– de la experiencia humana común, que otros interpretarían en diferentes términos culturales; pero no se toma en consideración la posibilidad de que la acogida creyente del Señor pueda cambiar la relación con Dios e introducir una novedad real en la existencia. Y, sin embargo, afirmar esta relevancia de la fe para la vida es imprescindible; pues cuando el Evangelio no pretende iluminar, hacer posible la verdad plena de la vida, pierde su interés para la persona, sus formas de expresión en la cultura de un pueblo dejan de ser comprendidas y la fe simplemente no se transmite.

Pero la propuesta del Papa Francisco nos aporta ahora un segundo contenido: la referencia a “una verdadera escuela”, necesaria para el cultivo del don de la fe, y que él identifica claramente con aquellas manifestaciones y tradiciones en que el Pueblo de Dios expresa su acogida del Evangelio en modos adaptados a la propia cultura.

Este es un punto central que nunca subrayaremos en demasía: la transmisión, el cultivo de una fe viva necesita una “escuela”: lugares y compañía que hagan posible una “educación en la fe”. Sin la posibilidad de un proceso educativo, ninguna propuesta humana es realista y, por supuesto, tampoco la propuesta cristiana. El anuncio del Evangelio ha de abrir un camino de “educación”, para ser creíble, poder permanecer y dar fruto en la persona.

Estos “ámbitos” educativos son imprescindibles. Los indicados por los privilegios que la Santa Sede ha concedido a nuestra Diócesis son un ejemplo, ciertamente muy importante, porque se refieren a la forma de nuestra identidad y tradición, a nuestra realidad concreta; y será responsabilidad nuestra, especialmente de los pastores, cuidarlos y proponerlos en todo su significado evangelizador y educativo para nuestro pueblo. Pero éste no es un principio que sea válido sólo para nuestra Catedral, el Santuario de O Corpiño u otro santuario; sino que en todos nuestros gestos y actividades pastorales, incluso las más cotidianas, hemos de procurar que sean realmente propositivas, educativas.

Por otra parte, educación significa también siempre continuidad, compañía concreta, y tal ha de significar igualmente el anuncio del Evangelio. No podemos esquivar esta implicación personal, propia de la fe y alma de toda tarea pastoral, como explicita solemnemente la ordenación sacerdotal misma. Todos los gestos pastorales piden de nosotros ser vividos como ocasión de encuentro y de acompañamiento personal en un camino de fe, con la finalidad indicada en la frase del Papa: que los actos y las palabras reflejen la gracia de ser discípulos de Jesús, de ser cristianos.

Aunque esta dimensión educativa ha estado presente siempre en la vida de la Iglesia, hemos corrido el riesgo de darla por descontado o incluso de descuidarla algunas veces. Hoy somos invitados a comprenderla y realizarla más conscientemente. Es una verdadera urgencia –muchos hablan de “emergencia educativa”–, también por el desafío de una interpretación que presenta la fe como un sistema de costumbres y rituales –cuando no de intereses egoístas–, en una reducción de su significado que, subrepticiamente, puede introducirse incluso en nuestra actividad pastoral.

 

  1. Prioridad de la catequesis

En este horizonte, será prioridad primera en este curso la catequesis, que es sin duda un instrumento fundamental para la educación en la fe y parte principal de nuestra actividad pastoral.

En la catequesis resuenan las dificultades con que se encuentra la Iglesia en nuestra época, que pueden resumirse en la separación entre la fe y la vida, y, por consiguiente, en una percepción creciente de la irrelevancia de la fe a la hora de dar forma libre y humana a la propia existencia. De hecho, observamos con frecuencia que la catequesis es entendida desde un ámbito de interés muy restringido, relacionado con las costumbres o las fiestas y ritos propios del niño, lo que limita grandemente la continuidad, su fecundidad para la vida.

Afrontar de nuevo la tarea catequética nos pide, pues, en primer lugar, recuperar nuestra conciencia de la bondad y la importancia de educar en la fe. El afecto verdadero, la caridad, debe llevarnos a todos –sacerdotes, catequistas, familias, comunidad– a decir: “queremos educar en la fe a nuestros niños”.

Sin afirmar conscientemente la pretensión de verdad y de bien de nuestra fe para la vida de las personas, no seremos capaces de transmitirla y de educar en ella, y la catequesis tenderá siempre a ser irrelevante.

Nuestra conciencia creyente, la inteligencia del significado de la fe para nuestra vida, y la caridad, el afecto verdadero por el bien del prójimo –niños, jóvenes y también adultos–, son una primera condición indispensable para retomar de corazón la tarea de la catequesis en nuestras parroquias y comunidades cristianas.

Por ello, resulta esencial el seguimiento y la formación de las personas que compartirán esta misión. No las dejemos solas, no demos por supuesto que basta con proveerlas de recursos didácticos. Se trata de hacer un camino juntos, en el que las personas son decisivas, pues son quienes han de afrontar este desafío educativo, al que han de sentirse enviadas por el Señor y en su Iglesia. Todos los colaboradores y, en primer lugar, los catequistas, son un don de Dios para el bien de su Pueblo; y de ello debe guardar siempre conciencia el sacerdote, agradeciendo su presencia, acompañándolos y cuidándolos en su servicio en la comunidad parroquial.

En vistas de esta necesidad primera, la Delegación de Catequesis planteará este curso de nuevo las “escuelas de catequistas” en las diferentes zonas de la Diócesis. Necesitará la colaboración cordial y el apoyo de todos, para que recomiencen con nuevo impulso.

Por el mismo motivo, también la formación permanente de los sacerdotes tendrá este año como tema la educación en la fe y, concretamente, la reflexión sobre tres ámbitos específicamente relacionados con ella –catequesis, escuela y familia–; para lo que disponemos de un documento reciente de la Conferencia episcopal española, que puede servir como punto de partida. Contaremos para ello igualmente con la colaboración de la Delegación de Catequesis.

Una segunda condición fundamental de la catequesis es enunciada por el lema adoptado este año por nuestras Delegaciones en Galicia: “parroquia, familia que inicia en la fe”. Nos recuerdan así la misma idea que proponía nuestro Papa Francisco: se necesitan “verdaderas escuelas” en que se cultive el don de la fe, y estas escuelas no son instituciones escolares, sino aquellos lugares en que se expresa “el potencial de piedad y de amor” del que habla la fe –y la catequesis– y que es la propia vida de la Iglesia.

La comunidad parroquial concreta ha de ser de muchas maneras el lugar de esta educación para quienes participan en la catequesis. No sólo porque sin aprender a rezar, sin participar en la Santa Misa, sin la comunidad y el ejercicio de la caridad, no se educa en la fe. Sino también porque la parroquia, esta concreta familia en la fe, es imprescindible para que el niño pueda referir a algo presente, concreto, lo  que le enseñan en la catequesis; es decir, para que pueda percibir la fe como algo real, que es vivido hoy en medio del mundo, para que tenga un lugar donde crecer como cristiano.

No puede separarse la enseñanza de las verdades de la fe de la pertenencia actual, aquí y ahora, a la Iglesia. De otro modo sería difícil evitar que el conocimiento de Jesús se identifique con recibir informaciones sobre alguien del pasado, que nos ha dado buenos ejemplos, y que la parroquia y los cristianos sean percibidos simplemente como representantes de costumbres y rituales bastantes alejados ya de la vida moderna.

Sin pertenencia y participación en la comunidad parroquial, sin relación viva con ella –sin la Santa Misa dominical–, la catequesis no será bien comprendida, no tendrá todas sus dimensiones y, sobre todo, no enraizará realmente en quienes la reciben.

Por supuesto, esto no podrá hacerse sin la participación también de las familias. Será necesario cuidarlas explícitamente, al menos para que comprendan, aprueben y apoyen los planteamientos catequéticos de la parroquia; sabemos que, sin ello, la educación de la fe estará muy dificultada.

Y convendrá igualmente recordar a los padres la importancia de ese otro gran ámbito educativo que es la escuela. A la petición de la catequesis se correspondería naturalmente la inscripción a la clase de religión, para crecer en la comprensión también intelectual de la propia fe, en relación con nuestra historia y con el mundo contemporáneo.

En todo caso, ya que las familias se acercan a nuestras catequesis parroquiales, no dudemos en explicar, invitar a participar e intentar llevar a la práctica este planteamiento fundamental: la parroquia, familia que inicia en la fe.

 

  1. Continuar la “reorganización pastoral”

Todo ello pone de manifiesto de nuevo la necesidad de continuar nuestro camino de “reorganización pastoral”. En efecto, la voluntad de adecuar nuestras “estructuras” para que sirvan mejor a la tarea de la evangelización nos ha sido descrita ahora como la necesidad de un ámbito de vida, de piedad y de amor, que pueda transmitir la fe y ser también como una “escuela verdadera” en que se cultive la vida cristiana.

Así pues, la existencia de un lugar –humano y eclesial– en que se comunique la fe y se haga posible una compañía concreta, experimentada como camino de verdad y de plenitud de vida, es una urgencia primera.

La propuesta cristiana sólo es real cuando surge de la pertenencia a una comunidad visible, palpable, a la que puede invitar para verificar la relevancia de la fe. Desprovisto de esta “escuela”, nuestro anuncio –desde sus formas primeras, kerygmáticas, a la catequesis, la predicación o la propuesta de una moralidad auténtica en los debates sociales y culturales– carece de apoyatura real; y, aunque pareciesen convincentes las ideas, no podrían ser “cultivadas” adecuadamente, no se llegaría a la madurez del cristiano adulto, capaz de proponer la fe a otros con sus palabras y con su vida.

Este es el objetivo primario de nuestra “reorganización pastoral”. Todos nuestros fieles han de tener cerca una comunidad eclesial, más o menos grande o rica, pero que sea siempre una referencia de vida, en que puedan experimentar el ser cristiano en sus dimensiones fundamentales.

No podemos contentarnos con garantizar sólo algunos servicios puntuales, ni podemos reducir la oferta pastoral ordinaria a la participación en una Santa Misa celebrada a intervalos cada vez más largos. La experiencia nos enseña que así la fe de los fieles no se “cultiva”, sino que, en la mayoría de los casos, se debilita, se diluye y no se transmite. Sin un camino de pertenencia y de comunión, de cuidado de la propia fe, no hay posibilidad real de comunicarla como algo determinante para la propia vida, y se va perdiendo con el paso de las generaciones y la oferta de otros modelos culturales. La misma participación en la Santa Misa los “domingos y fiestas de guardar” no debe ser vista como un simple requisito –del que sería fácil dispensar– o una costumbre antigua, sino como la expresión de la urgencia primera de cuidar el vínculo con el Señor Jesús, de vivir realmente en la comunión de su Iglesia.

La tarea de la evangelización, del anuncio del Evangelio, pasa por la constitución de estos lugares de referencia, vivos, cercanos, en que estén presentes los rasgos esenciales de la fe –la palabra y los sacramentos, la unidad y la caridad. Aunque el rostro concreto de estas “comunidades” varíe según las circunstancias,  las personas o las tradiciones del lugar, todas ellas serán para los fieles expresión del Pueblo de Dios, cuya principal manifestación “tiene lugar en la participación plena y activa … en las mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto a un único altar…” (SC 41b).

Ello no disminuirá el valor de las parroquias más pequeñas, que seguiremos cuidando como parte de nuestra propia identidad. Pero no podemos equivocar la prioridad fundamental de nuestra pastoral, que el Papa anuncia como “evangelización” y “misión” –en contraposición a la mera “autopreservación”–, como la propuesta de “escuelas verdaderas” en que ser “discípulos de Jesús”.

Será así como podremos conservar una fe viva allí donde las comunidades no tienen ya recursos suficientes para sostener adecuadamente a los fieles en su camino. Y, al mismo tiempo, seremos interpelados a vivir más unidos, a ejercer la caridad en las necesidades concretas de cada uno; lo que, por otra parte, se hace cada vez más urgente, vista la evolución demográfica de nuestras parroquias, y la soledad que crece en las nuevas situaciones “familiares”, económicas y sociales.

Fomentemos la generación y el cuidado de estos “centros de referencia”, de estas “escuelas” en que pueda transmitirse la alegría de acoger el Amor del Señor, y ser acompañados a vivir como discípulos suyos. Descubriremos así, más verdaderamente, la urgencia de la participación de todos los fieles, para hacer posible la presencia del pueblo de Dios en un lugar. Todos serán necesarios, todos estaremos llamados a unirnos: quien cuida del edificio, de la liturgia, de la catequesis o de Caritas; pero igualmente las familias, los ancianos y los jóvenes, los que viven y pueden constituir “comunidad”.

Y los sacerdotes mismos podrán ejercer mejor su labor, en el anuncio del Evangelio, en la liturgia y la  catequesis, como pastores que cuidan de su gente y la guardan en la unidad, que la conocen y tienen tiempo para ella, que están a su lado con caridad verdadera.

 

  1. El don de la indulgencia

En este horizonte, será conveniente igualmente este curso poner en valor y aprovechar los privilegios de nuestra Catedral y de O Corpiño.

Más allá de las muchas dimensiones y riquezas de ambos lugares, los asocia en este momento la concesión de la indulgencia plenaria. Es un don que, como tal, nos habla directamente de la conciencia del cristiano, del misterio del perdón y la reconciliación, de la gracia del Señor que libera del mal y hace posible una vida nueva, como discípulo suyo.

Vuelve a ponerse ante nuestros ojos así la importancia del sacramento de la reconciliación, en que se actualiza el gran don de perdón recibido en el bautismo. Es un sacramento que puede valorar especialmente quien se sabe cristiano en medio del mundo, llamado a vivir en una relación nueva con Dios y con el hermano, en camino hacia la perfección en el amor. Resultará insignificante, en cambio, si pensamos, con la mentalidad dominante, que nada diferencia la existencia de un cristiano y la de un no cristiano –excepto quizá algunas obligaciones fastidiosas–, que la fe no cambia “obras y palabras”; y creemos igualmente que, en el fondo, no necesitamos la ayuda de nadie, que tenemos suficiente inteligencia y fuerza para gestionar solos la propia vida.

El don de la indulgencia nos recuerda lo contrario: el encuentro con el Señor Jesús reconcilia y cambia el corazón, sana, nos introduce en la comunión de los hermanos, donde los unos sostienen la vida de los otros, también con el tesoro de las propias oraciones, sacrificios y méritos. Y todos necesitamos este encuentro, esta comunión; un lugar donde compartir y mantener viva la fe, ayudándonos para que obras y palabras reflejen y no traicionen la verdad reconocida por el corazón.

En este año, la Iglesia universal de alguna manera nos está invitando a que miremos en especial a la Catedral o al Santuario de O Corpiño –en medio de nuestra Iglesia diocesana– como lugares donde encontrar y cultivar esta comunión, como “escuelas” donde es posible la transmisión y la educación de la fe. Acojamos esta invitación como la propuesta de hacer un camino unidos, para redescubrir más conscientemente, como personas adultas, el gusto de ser y de vivir como cristianos, miembros de la Iglesia.

A las iniciativas pastorales que puedan tomarse desde la Catedral o el Santuario de O Corpiño, procuraremos añadir algún gesto más diocesano a lo largo del curso. Pero todos estamos invitados a valorar pastoralmente tanto este recurso concreto, estas riquezas de nuestra tradición como Iglesia en Lugo, como el significado profundo de la insistencia en el don de la indulgencia, en el perdón y la liberación del mal: la renovación de la vida que se encuentra en la experiencia de la comunión eclesial.

 

  1. Santa María, Madre y Maestra

Pidamos a Santa María que ayude a nuestra Iglesia diocesana a saber ser “madre y maestra”, hogar de una vida llena de sabiduría y de amor no fingido a Dios y al prójimo, como Ella lo fue para su Hijo, llevándolo en su seno y cuidándolo maternalmente.

También cada uno de nosotros, con la propia vocación y el propio ministerio en la Iglesia, estamos llamados a llevar este tesoro como en vasijas de barro. Alegrémonos siempre, como Ella, de esta obra grande de Dios, capaz de hacer de nosotros instrumentos suyos, y acojamos de corazón la misión de anunciar la buena nueva del Evangelio, la presencia entre nosotros de Aquel que con su sabiduría, misericordia y amor puede renovar nuestra vida y salvarnos para siempre.

Sólo así, confiando en el amparo y la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia y Maestra incomparable en la experiencia de la fe y el servicio a Jesús su Hijo, podremos aceptar el desafío de ser, en nuestras parroquias y en nuestras propias personas, lugares abiertos y acogedores en que se pueda encontrar al Señor y gozar de su compañía, creciendo personalmente en gracia y en verdad.

 

┼ Alfonso, obispo de Lugo

 

 

[1] del 5 de julio de 2017

2 Cf. nn. 122-126

3 Cf. Alfonso Carrasco Rouco, El don de la indulgencia plenaria en la Catedral Basílica de Lugo, 2017

4 Además de lo citado, cf. Evangelii gaudium, 115-118