Jornada de la Vida Consagrada 2018 – Jubileo en Nuestra Señora de O Corpiño

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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por la señal de la Santa Cruz las tinieblas pasan y la luz verdadera brilla ya (1Jn 2, 8), ha pasado lo antiguo y ha nacido lo nuevo.
Por la cruz ha sido vencido el pecado, por el que estábamos sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef 2, 12), lejos del Padre y Creador nuestro; se ha derrotado el odio y la enemistad entre los hombres; quedó abolida la antigua soberbia, que, como una raíz de mentira en el fondo del alma, ha sido origen de tanto mal y sufrimiento, de tanta muerte, desde Adán y Eva.
Y así un día, en esta colina, ante la tempestad que agita y amenaza la vida, la Virgen María dirá al niño asustado que todos somos: haz la señal de la cruz. Ella sabe bien que el grano caído en tierra, muerto por nosotros, ha resucitado lleno de vida nueva, que en Él, en su cuerpo y alma, habita toda la plenitud de la divinidad, de la vida y el amor eterno del Espíritu Santo. Y Ella participa mejor que nadie en la victoria de su Hijo, lograda en nombre nuestro, para compartir con todos.
Ahora nosotros, en este Santuario, acudimos a la Virgen María en nuestros dolores y dificultades, en primer lugar los del alma, los surgidos del pecado, ciertos de que Ella, la Madre de nuestro Señor, puede vencer cualquier insidia del mal, librarnos de todo peligro.
Acudimos como hijos a nuestra Madre, confiados en que sabrá abrazar nuestra miseria, auscultar lo íntimo de nuestro corazón, hacerse nuestra intercesora; y sabemos que no estamos ya solos, que podemos fiarnos de su
compañía y de su amparo todos los días.
Esta nueva familiaridad, esta cercanía es el fruto de la Cruz del Señor Jesucristo, que murió por nuestros pecados, que nos mantenían aislados y solos, insatisfechos con la vida y con nosotros mismos, enemigos unos de otros.
En la Cruz nos reveló el corazón del Padre, su voluntad que ya no llegábamos a aceptar: el amor que lo entrega todo por nosotros, con tal alegría de poder abrazar al hijo pródigo que resuena el cielo entero. Es como una palabra
dirigida por el Señor a cada uno, que devuelve el ánimo y da calor al corazón: levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación (Lc 21, 28); lo antiguo ha pasado, hay una vida nueva, una esperanza grande.
La Santísima Virgen María quiso aparecerse aquí, en este lugar de O Corpiño, para que se enraizase en esta tierra la certeza de la fe, nuestra confianza en Dios, en el amor de su Hijo crucificado por nosotros, en el gran misterio de la Iglesia, que es instrumento de gracia y perdón, de maternidad —en María— y de fraternidad.
Pero esta colina recibe su nombre de O Corpiño, el de un santo ermitaño, consagrado a Dios, a pedirle y a ofrecerse a Él para que se realice su voluntad buena en la tierra como en el cielo.
La Providencia divina lo honró enviando a la Virgen María, que haría resonar para todos el significado de aquella vida consagrada: por la señal de la Santa Cruz, el antiguo pecado, el enemigo tentador ha sido vencido, y brilla ya lo nuevo, una vida restaurada, animada y guiada por la Palabra del Hijo y por su Espíritu de caridad.
En el pequeño ermitaño alentaba un espíritu grande, hecho de fe, de amor entregado,libre ya de codicia, de violencia y desprecio de los hermanos. Brillaba la vida del nuevo Pueblo de Dios, en el que todos compartimos la misma dignidad de hijos, obedecemos a un mismo Señor, tenemos la misma ley de caridad, estamos llamados a un mismo destino: a la gloria de la santidad, que es participar en la perfección de la vida divina, en la perfección del amor.
Podemos ver hoy a aquel santo monje como representante de todas las personas de vida consagrada, cuya Jornada celebra la Iglesia universal con ocasión de la fiesta de la Presentación del Señor, contemplando precisamente a la Virgen María que presenta y consagra a su Hijo al Padre, y con Él a todos los que hemos
sido bautizados en su muerte y resurrección. Enalteciendo O Corpiño, la Virgen nos invita también a volver la mirada hacia los llamados a especial consagración, que en medio de la Iglesia son para nosotros un testimonio vivo y perenne de esta novedad de vida, de la fe y el amor evangélicos. Sus tres votos o promesas —pobreza, castidad y obediencia— son manifestación de una justicia y una santidad que ya existe, que es posible en este mundo, porque nace de la Santa Cruz, del Señor Jesús que derramó sobre los suyos el Espíritu del Amor.

Los que hemos sido bautizados podemos recordar así la grandeza de nuestra vocación cristiana. No vivimos ya según criterios de este mundo, gobernados por la codicia del dinero, la soberbia y la violencia en las relaciones con
el prójimo. Sostenidos y confiados en la gracia de Dios, caminamos fielmente en la compañía de la Iglesia, donde aprendemos a vivir todas las cosas con el criterio nuevo de la caridad, para poder hacer justicia a toda persona, vivir en la verdad cualquier circunstancia. Seguimos un mandamiento nuevo … pues las tinieblas pasan y la luz verdadera brilla ya; y brilla en primer lugar y ante todo en la Santísima Virgen María, pero también en el ermitaño y las personas de vida consagrada.
Demos gracias esta Jornada por la presencia y la entrega personal de quienes hacen esta consagración, porque es un don muy grande de Dios para todos nosotros. Nos recuerdan la belleza de nuestra vocación, de nuestra vida;
nos dan ejemplo y enseñanza, nos acompañan en el camino. Y al ver cómo florece, en cuantos modos se despliega en ellos la fecundidad del amor divino, del árbol de la Cruz, se refuerza y llena de esperanza nuestra fe en Dios.
Nuestra Señora, la Virgen María, es toda ella obediente, tiene en su Hijo su verdadero tesoro y toda su riqueza, es Virgen aun siendo Madre.
En ella no se encuentra pecado alguno, mancha ni arruga, sino que es espléndida y gloriosa ante Dios. En Santa María brilla la gracia generada en la Cruz, se realizan las promesas de vida y de gloria. Ella vence al antiguo enemigo de la naturaleza humana, y es abogada nuestra.
Bajo la Cruz recibió de su Hijo ser también Madre de todos nosotros. Así es el don del Señor, un amor inmenso, divino, y al mismo tiempo plenamente humano, en el que llegamos a ser hijos de Dios y hermanos, una fraternidad
universal, sin límites, sin discriminación por razón de lengua, sexo, nación o situación social. Todos podemos acudir a los pies de la Virgen, que es Madre para todos.
Hoy le pedimos especialmente por las personas de vida consagrada. Que sepamos estimar su presencia y nunca sean forasteras entre nosotros, que su entrega sea fecunda, que crezcan siempre en fidelidad y amor, en alegría.
Se lo pedimos a la Virgen, a la que presentamos también las necesidades de nuestra vida y de nuestros seres queridos. Que ella haga brillar la luz de la caridad en nuestros corazones, en nuestras familias y parroquias. Que
nos ampare siempre, nos enseñe a decir que sí a la voluntad del Señor, a la vocación de Dios para cada uno, también cuando sea a una especial consagración o al ministerio sacerdotal.
Sabemos que podemos confiar en nuestra Madre, la Virgen María. Y que siempre nos responderá: haced la señal de la cruz; porque en la Santa Cruz, en su Hijo que nos ama hasta el final, encontraremos todo el bien que necesitamos y deseamos.

+ Alfonso, Obispo de Lugo