Homilias Semana Santa 2008 (Castellano)

Mons. Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo

Jueves Santo de 2008

             Queridos hermanos, celebramos hoy el Jueves Santo. En este día, nuestro Señor Jesucristo mostró todo su amor a los hombres realizando lo que quería su Padre eterno y le indicaba el Espíritu Santo. Lo hizo de un modo singular y único, sin precedentes en la historia, como los Evangelios acaban de narrarnos salvaguardando con respeto exquisito todo lo esencial de sus sorprendentes gestos y palabras. Dando a los suyos su propio cuerpo y sangre en el pan y el vino de la Última Cena, les entregaba todo lo que Él tenía en este mundo: su vida, su humanidad entera y el sacrificio que estaba dispuesto a hacer por los hombres.

               El Señor va a realizar la obra de la salvación por el camino del amor y de la amistad, de modo que la voluntad y el amor de Dios se manifiesten en forma comprensible para el corazón humano, para los discípulos, que escuchan las palabras de Jesús probablemente con asombro, pero confían en Él, lo quieren y le obedecen.  

             Jesús sabía perfectamente que los suyos lo necesitaban, que Él era y tenía la vida1, que era el único que conocía la verdad de Dios y del hombre, sin la que no se vive en libertad; el único que podía entrar en el Reino de los cielos, llegar hasta el Padre, la fuente de la vida y del amor. No quería dejar de estar con los suyos, que, sin Él, como dijo un día, no podían hacer nada. Quiso, por lo tanto, que sus discípulos pudiesen estar siempre con Él, que estuviesen en una unidad real y profundísima con Él, y pudiesen tener como propio lo que era suyo, de Jesús. Y llegó hasta el extremo de darles su cuerpo y su sangre, de pedirles que aceptasen hacer suyo su amor definitivo al Padre y al prójimo, y su sacrificio pleno, que iba cumplir entregando la vida en la cruz. No quiso que sus amigos quedasen como compañeros externos, sin parte en su destino singular y único, sino que también ellos pudieran presentarse ante el Padre de todo amor teniendo en las manos el único sacrificio verdaderamente aceptable, el único que conduce a la resurrección.

             Quiso Jesús que, incluso, el sacrificio de su propia vida perteneciese también a sus discípulos, fuese el de su Iglesia, que lo celebrará ya por todos los siglos, segura de ser siempre acogida y escuchada por el Padre. Por eso hoy es el día en que celebramos el misterio de comunión de la Eucaristía y el inicio del ministerio  apostólico en medio de la Iglesia. Celebramos el gran sacramento de la presencia real del Señor, el Amor de los amores, y la gracia otorgada a la Iglesia de poder celebrar este sacrificio para presentarlo al Padre por manos de sacerdotes.

             Y subrayamos en particular una de sus dimensiones más hondas: la caridad, la unidad fraterna que Jesucristo hizo presente en medio del mundo para siempre de modo perfecto. Unidad que nosotros podemos recibir de Él y en la que participamos cada vez que acogemos su Cuerpo y su Sangre en la santa Comunión.

             Del misterio eucarístico brota una vida nueva, caracterizada por la fe y por la caridad, por el amor fraterno. Cuando vivimos con caridad, en el matrimonio y la familia, en nuestra vida profesional y social, cuando entregamos algo de lo nuestro y somos capaces de sacrificarnos, como signo y expresión de la entrega y del amor de todo el corazón, entonces, nos hacemos eco, pequeño, a nuestra medida, del inmenso don que hemos recibido y recibimos del Señor. Damos uno tras haber recibido mil8. Pero demos gracias a Dios por cada semilla de caridad, de valor infinito; y alegrémonos de dar, demos con alegría, pues estaremos imitando al Padre eterno, en un mismo Espíritu con el Hijo. Entonces experimentaremos, en el corazón, el gozo de la vida verdadera, que sólo alcanza quien conoce el amor de Dios. Para que abunde en nosotros el conocimiento y el amor, la vida y el gozo; para conducirnos al banquete del Reino de los cielos, fundó nuestro señor Jesucristo en la mesa de la Última Cena el sacramento de la Eucaristía aquel jueves memorable, que desde entonces la Iglesia celebra en el mundo entero como Jueves Santo.

             Nosotros tenemos la gracia y la alegría de poder celebrar este día juntos, hoy, aquí. Demos gracias a Dios por ello y pidámosle al Señor que nos conceda participar con fe en su sacramento y reconocer con asombro y adoración el don de su presencia y de su amor, para que podamos hacer el camino de la vida siempre sostenidos por la santa Eucaristía y enriquecidos con frutos de verdadera caridad y comunión.

Viernes Santo de 2008

             Queridos hermanos, celebramos hoy el Viernes Santo. Hoy es el día en que entrevemos el misterio del destino y de la historia del hombre. Misterio vivido en toda verdad por nuestro Señor Jesucristo. Sólo lo comprende quien mira con los ojos de la fe, con los ojos y la libertad abiertos a la comprensión, dispuestos a no dejarse cegar por prejuicios, comodidades o intereses egoístas, deseosos de verdad y de bien.

              En presencia de Jesús, ante Él, en esta hora decisiva, se desveló el fondo de los corazones, como había profetizado un día Simeón: el de los dirigentes y sacerdotes judíos, que, dominados por el temor y la urgencia de afirmarse a sí mismos y su propia posición, condenan a quien no ha dicho ni hecho mal alguno, sino que ha testimoniado sólo la verdad sobre Dios y el hombre; así como también el de Pilatos, carente de sentido de la verdad y, por tanto, de la justicia, que se guía sólo por las conveniencias de mantener y gestionar el poder político, por encima del destino de las personas. Y se desveló igualmente la debilidad radical del corazón de muchos del pueblo, dependientes del poder y de las riquezas de los que mandan, de las opiniones difundidas por los “maestros del pensamiento” del momento. Todos condenan a Jesús, ajenos a la verdad y a la justicia.

             Cuando el hombre se aleja de Dios, del Padre, la conciencia pierde la referencia que la hace libre, queda sin defensa ante la propia fragilidad y manipulable por las fuerzas que dominan las sociedades. El hombre se hace injusto, condena al inocente.

              Hasta los discípulos mismos del Señor, que lo conocen, lo aprecian y confiaban en que tuviera éxito, callan, desaparecen o lo niegan, desorientados o sumergidos en un conflicto que los supera. ¿Recordarán las palabras de Jesús, sus parábolas, sus advertencias, sus enseñanzas sobre el Padre y sobre el destino del Hijo del hombre? 

            Sólo quien no cede en su afecto por Jesús, quien no niega la verdad experimentada y vivida con Él, lo seguirá hasta el final: su madre, algunas mujeres, algún discípulo. Aunque humanamente, impotentes, participando del destino doloroso, dramático, del Señor, con el corazón quebrantado y humillado, esperando solo en Dios. Pero de pie, al lado de la cruz.

             Contemplando el Misterio más Grande, el misterio del Amor Infinito de Dios, revelado en el corazón humano y sufriente de Cristo. Si nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos, como dijo Jesús, hoy podemos percibir la anchura, altura y profundidad misteriosa de su amor, que se entregó por nosotros cuando no éramos aún amigos, sino enemigos. Se puso radicalmente a nuestro lado, aunque eso significase hacer propio nuestro destino de hombres pecadores, cerrados a Dios, orgullosos de sí mismos, incapaces de permanecer en el amor, y confiados en el propio poder.

             Jesús aceptó libremente pasar por desprecios, dolores, falta de amor, lejanía de Dios, oscuridades y mentiras; pero lo hizo para dar voz a nuestro corazón, insensible y apagado, que apenas es ya capaz de pedir lo que realmente necesita, verdad y bien, vida y amor; un corazón que ya no sabe en realidad si puede siquiera buscar, si tiene sentido pedir, si hay Alguien que pueda escuchar y a quien valga la pena dirigirse, si cabe esperar ayuda real en un mundo que parece regirse sólo por la ley del más fuerte. Un corazón que ha aprendido a no pedir, a no buscar, a saber no confiar.

             Y así un corazón y una vida destinada a no cumplirse, carente de esperanza. El Señor, en cambio, en su amor por los hombres, es un milagro de misericordia en medio de nuestra historia, destinado a cambiarla. Él es el Hijo y sabe a quien pedir, en quien confiar y a quien amar. Habla y pide al Padre, da voz a nuestro corazón y a nuestras necesidades más profundas, presentándose por nosotros ante Él, haciéndonos presentes a cada uno y pidiéndole la vida definitiva y el amor pleno porque el Padre es el único que puede salvarnos del mal y de la muerte, Él que es la Fuente de la vida y de la misericordia.

             El amor inmenso de Jesús lo lleva hasta el fondo de nuestro dolor y de nuestras oscuridades, del abandono radical del pecado y de la muerte, para, desde ahí, clamar con amor y certeza indefectible al Padre, pidiéndole ser liberado de la muerte, pidiéndole la vida, el perdón y el amor eterno para los hombres.

             Y el Padre bueno no puede menos que atenderlo: lo escucha en silencio, recogiendo hasta el último sonido y el último instante de su palabra y de su sufrimiento con misericordia infinita, para responderle con toda la largueza de la paternidad divina. En este día de Viernes Santo, por un instante, contemplemos al Crucificado, sin preocuparnos de más, con los ojos de la fe, pidiéndole que no nos deje fuera, ajenos a esta inmensa obra de amor, de compasión, de victoria sobre el abandono del pecado y de la muerte.

             Que la Virgen María, que estaba al pie de la cruz como madre dolorosa, interceda por nosotros para que reconozcamos y creamos en el amor misericordioso de Dios, revelado plena y definitivamente en su Hijo Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Redentor.

Domingo de Pascua 2008

             Queridos hermanos: celebramos hoy el Domingo de Pascua, el día de la Resurrección. No hay fiesta más grande que ésta, culmen de todas las fiestas, principio de la alegría en la historia, que resuena en la paz y el gozo propios de cada domingo del año.

             Jesucristo ha resucitado. Se ha movido la piedra, está vacía su tumba y ha cambiado el destino irremediable de la debilidad humana. Celebramos la victoria definitiva, al mismo tiempo, de Dios y del hombre, la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la verdad y el bien sobre la mentira y la injusticia.

             El fondo de este misterio es el Amor, es Dios que es Amor, es el amor y la justicia en el corazón humano de Jesús. El hombre había sido creado a imagen de Dios, y no llega a ser él mismo por camino diferente que el del amor.

             Más aún, ahora sabemos que la creación entera es obra del amor divino, lleno de inteligencia y de sentido. El pecado y la muerte la desfiguran y llevan al hombre a la confusión, a juzgarla caótica, dominada por la violencia. Pero la resurrección de Cristo devuelve todas las cosas a su verdad: vienen de Dios, son buenas y destinadas al bien. Sabemos que todo contribuirá al bien de aquellos que aman a Dios. Ya no aceptaremos lo que proclama el pecado, la ignorancia, la muerte o el odio, seguros de su aparente victoria, pretendiendo, con arrogancia, explicarnos cómo vivir.

             Estamos ciertos de que todo pertenece a Dios Padre y es dado al hombre para una existencia en el amor. Este ha sido el camino recorrido y abierto para siempre por Jesús, por el Hijo de Dios hecho hombre. Consciente de venir del Padre y volver a Él, de que todo pertenece al Padre bueno, que le había puesto todo en sus manos6, Jesús afronta con total libertad la vida y la muerte. Haciendo participar a sus hermanos de su unidad y su relación con el Padre, les dice: todo lo mío es vuestro y lo vuestro mío. En este amor asumió nuestra muerte y presentó nuestra necesidad de perdón y de vida al Padre, y fue escuchado; el Padre le respondió según la medida propia de la plenitud divina.

             Si en la cruz, como hombre, Jesús le había confiado todo, el Padre le dio también todo a Jesús: la vida eterna, confiándole la responsabilidad definitiva sobre sus hermanos y sobre el mundo. Jesús resucitado es el Señor, la fuente de esperanza para todo hombre; porque resucitó el mismo que murió por nosotros, en un amor misericordioso sin límite, y porque, por tanto, resucitó y vive para siempre Aquel que es médico, pastor, salvador verdadero para todo el que acude a Él. Y porque resucitando nos alcanzó el verdadero destino del hombre y de la historia: la comunión plena con Dios y, por tanto, la participación en su gloria y en su vida definitiva.

             Mirando al Resucitado tenemos ya esperanza en toda circunstancia y para siempre, en la vida y en la muerte. Nadie ni nada puede arrancarnos de su mano. No aceptaremos ya pensar en el hombre con una dignidad menor, ni en la vida con un final diferente del encuentro con Cristo. Nosotros no esperamos la muerte, sino la venida gloriosa de nuestro Señor, la plenitud de un amor y de una comunión que han comenzado ya en medio del mundo y que vivimos en todas sus expresiones, llenas de belleza, como signo y promesa de una realidad aún mayor. Jesús será también quien tenga la responsabilidad final sobre el mundo entero, el Señor y Juez del universo.

             La verdadera medida con que se medirá la historia es la suya, la única plenamente humana, conforme a la voluntad de Dios, la misma medida que Él mismo nos ha dado a conocer viviendo en amor y verdad, como el Evangelio nos muestra siempre de nuevo. Alcanzar la vida será entrar en su abrazo misericordioso. El Padre ha puesto todo en sus manos, y en Él tenemos un acceso cercano y humanamente comprensible a todos los bienes que Dios quiere darnos.

             En el mundo existe siempre la tentación de rechazar a Jesús, de negar que lo necesitemos, de afirmar otros poderes en la vida. Pero nosotros no nos opongamos al Resucitado, a Jesucristo. No reconozcamos ni adoremos a otro señor, a otros presuntos guías de la historia, a otros maestros de los hombres. Sólo ante Jesús se descubre el hombre plenamente a sí mismo, entiende su vida y su destino, es afirmado en toda su dignidad sorprendente.

             Toda la historia está ya impregnada de su luz y en su luz hemos de vivirla, como se refleja en cada domingo y en todas nuestras fiestas: hay un Padre bueno y un designio bueno sobre la historia, en el que los hombres pueden participar amando a Dios y al prójimo como nuestro Señor nos amó y nos enseñó, como nos hace posible cada día con la gracia de su Espíritu. Esta es la regla de la vida, que la hace invencible y libre.

             Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria en nuestro Señor Jesucristo.