Nunca adoraremos a los dioses de este mundo. Homilía del obispo (miércoles de la V semana de Cuaresma, 1/04/2020)

Escuchábamos en la primera lectura unas palabras que nos hacen pensar y que pueden ayudarnos en estos momentos. Aquellos tres jóvenes, Sidrac, Misac y Abdénago, no obedecieron al rey Nabucodonosor que ordenaba y mandaba con poderes sobre vida y muerte. Estos fueron amenazados por aquel rey diciéndoles que o adoraban a la estatua de oro que él había hecho o los mataría. Los jóvenes le respondieron «Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido». Arriesgaron la vida; los echaron al horno para que murieran. Y sus palabras quedaron escritas en para nosotros.

Al Señor le pedimos que nos cuide y que cuide a los que queremos, cosa que Él hace siempre. Y también le rogamos que nos salve de circunstancias desesperadas, que también hace. Pero nosotros hemos de morir porque así es la vida y, seguramente, en las manos de Dios, es un bien. Sidrac, Misac y Abdénago dijeron « que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro». Pusieron la vida en juego por un amor más grande. Ellos fueron como profetas, lo dijeron.

Aquellos tres jóvenes estaban animados por el mismo Espíritu que habitó con toda plenitud en el corazón de Jesús, nuestro Señor. Sus palabras podrían haber sido también dichas por Jesús en el Huerto de los Olivos; no sabemos bien cuántas cosas diría aquella noche pero conocemos una: «que se haga tu voluntad». Y Él, en contra de todas las violencias, mantuvo su palabra y puso en juego su vida. Y lo hizo sabiendo bien lo que hacía; sabiendo que la entregaba al Padre por amor a Él. Jesús sabía que lo hacía para el perdón de los pecados de todos, para darnos la libertad y la vida. Lo hizo sabiendo que era la voluntad del Padre, que así nos salvaba, que así rompía para nosotros las puertas de la muerte y nos abría el camino de la vida.

Esto es lo que dice el Evangelio de hoy: es Él el que verdaderamente habla de Dios. Si hacemos caso a sus palabras seremos libres ahora y para siempre. Seremos libres ahora porque podremos decir, contra todas las objeciones, que los poderes del mundo no podrán con nosotros, que no nos impedirán trabajar usando los bienes que Dios nos da para amar al prójimo, para cuidar al hermano, para construir una historia.

Nosotros nunca adoraremos a los dioses de este mundo; nunca diremos, porque no sería verdad: «toda nuestra esperanza está en los poderes de esta tierra». Por eso no tenemos miedo. Por eso podemos luchar llevando la batalla hasta el final, sin rendirnos aunque veamos que nos vamos a morir. Nuestra esperanza está en el Señor. Sus palabras nos muestran la verdad, nos enseñan el camino para poder vivir ahora con esperanza, plenitud y amor. La verdad de poder sufrir confiando nuestra vida al Señor. La verdad de sabernos queridos, mi prójimo y yo. La verdad de que que yo soy amado estando en la cama de un hospital, al igual que es amado el que está a mi lado en el mismo lugar. Estas verdades que van unidas nos las enseña nuestro Señor que en la Pascua supo morir por la verdad, por el amor, por el bien, para la salvación de los hombres, para que nunca olvidemos ni neguemos a Dios adorando a los poderes de este mundo.

+ Alfonso