Nuestro pueblo tiene raíces profundas y buenas. Sábado de la IV semana de Cuaresma (28 de marzo de 2020)

Queridos hermanos:

Estamos acercándonos a la Semana Santa y en el Evangelio escuchamos cómo fue creciendo y polarizándose el debate sobre la persona de Jesús. Los argumentos de los que la rechazan son muchos. Hoy, por ejemplo, vemos cómo muchos que le oían no podían evitar reconocer la verdad profunda de sus palabras: Unos decían «es un profeta», otros «es el Mesías»; los guardias del templo dijeron «nadie ha hablado como este hombre». La razón es que ante su palabra se encontraban ante una realidad que no podían negar.

Así nos sucede a nosotros también hoy. Muchas veces estamos ante una realidad que no podemos negar, porque hay cosas que impactan, que llegan al corazón: una persona enferma, el rostro de un ser querido que te interpela desde lo hondo… Es como si surgiese una palabra que no puedes negar, y dices «es verdad, le tengo que atender».

Ante una persona que sufre hay siempre una llamada muy elocuente. Pero cuando ves la disciplina, el esfuerzo por el bien común, lo reconoces también y dices «esto está bien, es verdad». Cuando ves el riesgo que asumen los trabajadores de los hospitales, de las residencias donde se cuida a los ancianos, dices «es bueno». Estas son realidades que no puedes negar porque hablan con elocuencia.

Pero luego nosotros no podemos evitar pensar y responder. Y lo hacemos desde nosotros mismos, desde nuestros esquemas mentales. Así como aquellos del Evangelio a los que no les cuadraba Jesús. «Esto no puede ser», decían. Y en lugar de suponer que lo mejor era detenerse, reflexionar y no juzgar tan rápido, liquidaban la cuestión rápidamente como luego mataron a Jesús.

También nosotros hoy tenemos que pensar, porque a la hora de afrontar los problemas vamos a responder nosotros, con nuestros esquemas mentales, con nuestros miedos o intereses. Podemos responder desde una verdad profunda del corazón, desde una experiencia de humanidad grande que hemos hecho, porque nos viene de nuestros padres, de nuestra casa, de nuestra fe y de las certezas y convicciones en la que hemos sido educados, de las evidencias que ya hemos vivido con nuestra gente. Y responder diciendo: «yo puedo hacer esto» o «veo este problema, este límite, pero voy a ver cómo lo afronto». Así tu criterio brota desde esta experiencia buena, humana, hecha en un pueblo marcado por la fe cristiana. Es muy grande ver así un pueblo del que te puedes fiar porque tiene un corazón del que brota un juicio bueno, que ha aprendido certezas buenas.

Pero también puede suceder lo contrario: llega la interpelación y por un instante es evidente que todos la percibimos. Pero luego te preguntas «¿cómo respondo?» Y pueden entrar otros esquemas mentales y decir: «bueno, sí, pero habrá que distinguir…» y dejarnos regir por el egoísmo o por una cortedad de miras, y ante un misterio tan grande como la vida o la muerte y, aunque no sean adecuados, pretendes imponer tus esquemas a la fuerza. Y así aparecen cosas que no te gustan.

Esto sucede también ahora, que nos encontramos ante un gran desafío. Gracias a Dios nuestro pueblo tiene raíces profundas y buenas. A veces la gente se admira de cómo está respondiendo una multitud de personas; pero ¿de qué nos admiramos, si ya estaban ahí?. Quizás deberíamos admirarnos de nuestra ceguera, porque estaban ahí. ¿No veíamos a este pueblo, a esta gente crecida en la escuela del Evangelio?

Tampoco nos extrañemos de que ante un desafío tan grande nuestras respuestas sean insuficientes. Pero eso sí: no cedamos nunca a esquemas o juicios que no son ni más humanos ni más verdaderos que los nuestros; que ya no respetan aquella interpelación primera que nos llegó al corazón. Recordemos que la respuesta no puede ser buena si te va a hacer olvidar la verdad más evidente, aquella que te ha hablado e interpelado; si te va a hacer olvidar la entrega, el amor de muchos, el servicio por el bien común…

Al final sabemos que el criterio de juicio más radical y más verdadero es «Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo». Si nuestro juicio nos lleva por el camino contrario, es que estamos equivocados.