La Eucaristía, remedio de inmortalidad y prenda de Resurrección

La Eucaristía, remedio de inmortalidad y prenda de Resurrección – Lugo, 9 de junio de 2012


“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51).

 El pan del que habla el Señor es el de su cuerpo, entregado por nosotros en el ara de la cruz y dado en alimento de vida eterna.

 Es un pan vivo, el de su carne llena de vida, vencedora de la muerte. Porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre, uniendo plenamente nuestra realidad humana con Dios, y colmándola así de la plenitud de gracia y de vida del Espíritu Santo.

 La humanidad de Cristo está llena de vida. Lo perciben ya los que lo acompañan por los caminos de Palestina, los que gozan de los beneficios de estar cerca de Él y, en primer lugar, por tanto, sus discípulos. Perciben una vida nueva en Jesús, que hace espléndida su humanidad, verdaderas sus palabras, capaces de iluminar las realidades más oscuras, y buenas todas sus acciones. El hombre vive en Jesús verdaderamente, con toda gracia y verdad.

 Es una vida poderosa, capaz de órdenes a la naturaleza, al viento y a las aguas, y de despertar a los muertos con su palabra; una vida que viene de Dios. Así lo dice Jesús mismo:  lo que digo y hago viene del Padre, todo lo mío es suyo y lo suyo es mío, Él y yo somos uno.

 La vida nueva, que hace resplandecer lo humano en toda su belleza, no es como podríamos imaginar, una fuerza impersonal que promueve ciegamente la propia subsistencia. La vida es el ser de Dios en el amor, definitivo y eterno. Y Jesús lo experimenta en la unidad radical con el Padre.

 La humanidad de Cristo goza de la vida verdadera y definitiva, según la voluntad del Padre, para siempre. Y, por eso, podrá llevar a cabo la redención, la victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

 Vencer a la muerte sólo es posible venciendo al pecado, es decir a la separación con Dios, a la pérdida de la unidad con Él, al menosprecio del amor a Dios y al prójimo.
No existe ninguna otra victoria sobre la muerte, una “inmortalidad” que no dependa de la relación con Dios, una resurrección para la vida que no sea gozo en el amor de Dios, participación del Espíritu del Señor.

 En la cruz y en la resurrección Cristo alcanza para nosotros la victoria sobre el pecado del mundo, la lejanía y la separación con Dios, que experimenta hasta lo más hondo de la muerte. Pero Él vence,  porque la vida, el amor, la unidad con el Padre, no dejan nunca de sostener su corazón en este camino. Y la vida de Dios resultó vencedora en su cuerpo y en su alma; se manifestó con toda su gloria, para siempre, en su humanidad, la de quien amó y sufrió, siguiendo libremente la voluntad del Padre hasta la cruz.
Él es Jesús resucitado, nuestro Señor, el único que ha realizado la obra de la redención y puede salvar a todo el que se acerca a Él.

 La institución  de la Eucaristía es la expresión de esta conciencia y de esta voluntad de Jesús y del Padre: hacer posible a todos participar, gozar de la vida inmortal propia ya de la humanidad del Hijo resucitado. Él desea que pueda ser también nuestra esta vida invencible suya y que, con Él y como Él, sepamos amar al Padre y a los hermanos.

 Por eso nos ofrece su propio cuerpo y sangre, en la que habita la vida definitiva. Para que seamos uno con Él, miembros de su cuerpo y vivificados por el mismo Espíritu que glorifica su humanidad resucitada de entre los muertos.

 No existe otro camino. La vida no es un producto que se pueda adquirir, una realidad física que se podría controlar de algún modo, sino que es unidad, don gratuito, amor. Sólo vivimos en comunión. Sólo viviremos para siempre en comunión con Áquel  que es “pan vivo bajado del cielo”, es decir donado por el Padre en su inmenso amor al mundo.
Esta vida nueva se manifiesta ya ahora en el esplendor de lo humano, en su renovación profunda, que alcanza todos los aspectos de nuestra existencia. En todos debe desaparecer la corrupción, que conduce a la muerte, y brillar el Espíritu de la verdad y del amor. La belleza de lo humano resplandecerá entonces en cada cosa, en el gesto más pequeño, como arras de la salvación plena de nuestro cuerpo en la resurrección.

 Nuestra caridad de hoy es, pues, profecía de resurrección y argumento que sostiene a la fe en el camino. Y el alimento de la caridad, que la vivifica y la hace posible, es el pan vivo de la Eucaristía.

 Demos gracias a Dios, que nos concede el don inmenso de la fe, de entrar en comunión con su Hijo único, muerto y resucitado por nosotros, y, aquí en Lugo de aprender a adorarlo cotidianamente en nuestro altar mayor.