Homilía en la Solemnidad de la Anunciación

Queridos hermanos:
En todas las épocas las hombres se han preguntado por qué las cosas del mundo son como son, por qué a veces es tan difícil la vida, por qué hay tantas calamidades. Pero también se han admirado por tantos bienes preciosos al corazón de cada persona. Y siempre se han preguntado por Dios.
Hoy también nos planteamos preguntas y el Señor nos envía una señal que el Evangelio de este día nos explica con mucha claridad.
Quién es Dios y qué quiere lo descubrimos en esta solemnidad de la Anunciación, en cómo Él se ha hecho hombre y ha venido a nuestro encuentro. Este es el Dios verdadero. Por eso, la Carta a los Hebreos decía: “Tú no quisiste sacrificios, ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias”. Aquellas cosas eran todas señales del futuro que iba a venir con Jesús y hoy no pueden entenderse así literalmente, como si, por ejemplo, la plaga, la calamidad o la enfermedad fuese aquello que Dios quiere. Lo que Dios quiere lo dice después, cuando añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad”. Esto es lo que quería, lo que quiere Dios.
Cuando el ángel se manifiesta a la Virgen María vemos cómo es Dios, cómo se acerca y cómo viene a nosotros. Aunque quizá no sepamos entender sus señales, como tampoco supo aquel rey de la primera Lectura, cuando Dios se la ofreció y él respondió «No lo pido, no quiero tentar al Señor».
Por eso, no pretendamos tampoco nosotros interpretar las señales de Dios de cualquier manera. Atendamos a la señal que Él nos da, haciendo nacer al Niño Jesús de la Virgen María. ¡Así es Dios! Viene para salvarnos. ¿Cómo? Hablando con María, interpelando su voluntad, interpelando su libertad. Como Jesús dirá: “yo he venido para hacer tu voluntad”, así también responderá María.
Pero Dios no vino sin preguntarle, no vino sin la libertad de la Virgen, no vino sin que ella, sin que la humanidad de la persona respondiera, con su propia voluntad y dijese: Sí, aquí estoy totalmente, ven y que se haga lo que tú dices, según tu voluntad.
Esto es lo que estamos llamados a vivir en esta época. Las circunstancias de la vida son muy variadas, los desequilibrios profundos, que introdujo el pecado en el mundo, se notan de muchas maneras, en muchas desgracias, en muchos dolores, también en los desequilibrios naturales. Pero lo que Dios quiere es nuestro corazón, que vivamos según su voluntad, con un amor verdadero y una libertad que se entrega, en nuestras circunstancias actuales y en las que sean: el día del matrimonio, cuando dices “sí” , y le entregas la vida a tu esposo o a tu esposa, pero también cuando estás enfermo y le dices al Señor “sí”, y lo vives con libertad.
Nosotros tenemos que dar testimonio de esta libertad inmensa: en ninguna cosa dejamos de estar cerca y en relación con Dios. Siempre podemos decirle como la Virgen: «yo a ti te digo que sí; a ti, a quien conozco, que has querido nacer y morir por nosotros, te digo sí, que se haga según tu voluntad».
Por eso, también en estas circunstancias, lo primero debe ser mirar hacia María: cómo Ella recibe al Niño en su seno, cómo Dios viene a nuestro encuentro y viene en nuestra ayuda, a la búsqueda de nuestro corazón, de nuestra alma, de nuestra persona para salvarnos. Aquí vemos bien lo que Dios quiere, ésta es la señal más grande que Él nos da. Es lo que celebramos todos los días en la Santa Misa, para no olvidar nunca quién es nuestro Dios, para escuchar su Palabra verdadera y acogerlo de corazón.
Vivamos con la certeza de que Él viene y está en todas las circunstancias.
+Alfonso