Homilia del Obispo en la día de la Virgen de la Esperanza

Misa en el día de la Virgen de la Esperanza  

Hacemos memoria en este día de la Virgen de la Esperanza, al inicio de la gran Semana en que reviviremos la historia de nuestro rescate por el Dios misericordioso y todopoderoso, que permitió la muerte en cruz de su Hijo por nosotros, para abrir el camino de la resurrección.

La crucifixión era la peor pena que se podía imponer a un hombre; no buscaba sólo ejecutar una sentencia de muerte, sino además causar impacto profundo en las personas y en la sociedad.

Era un método destinado a destruir a la persona, a hacerle perder toda dignidad muriendo en medio de los dolores, en la impotencia completa, como figura sin forma ni belleza, ante la que se aparta la vista con horror, abandonado por Dios y expulsado de su pueblo como algo simplemente ignominioso. Se quería que rompiesen las relaciones que tejían su existencia, destruir su fama y su significado para sus cercanos, sus seguidores y para toda la ciudad. Por eso se buscaba que la crucifixión fuese vista por muchos y que el crucificado tuviese delante a sus seres queridos, impotentes, derrotados también.

Pero la cruz fue para Jesús el instrumento de su victoria decisiva, por el que consiguió la salvación de su humanidad, la destrucción de la  muerte, la unidad radical con los suyos y un significado universal para todos los pueblos.

La Virgen María, la Virgen de la Esperanza, es la manifestación suprema de la victoria de Jesús, de su Hijo, al pie de la cruz, en el descendimiento y definitivamente en la resurrección.

1.  Al pie de la cruz

Al pie de la cruz, la Virgen permanece junto a su Hijo, sin que la unidad con Él pueda ser rota por el drama de su muerte en la ignominia. María, su Madre, no puede ayudarlo,  liberarlo de los clavos, impedir su sufrimiento y su pasión; pero ni lo deja ni desespera jamás. Al contrario, comparte su dolor, cumpliendo la antigua profecía: una espada te atravesará el corazón. Afirma su amor por su Hijo, no reniega de Él ni de su destino, sino que lo acompaña. Ella acepta los dolores, como el Hijo los ha aceptado; sufre de su abandono, que no puede remediar, mientras deja a su Hijo querido beber solo el cáliz de la Pasión. Y sin Él, ella queda también en la mayor soledad, verdadera Virgen de la Soledad. En ella se refleja el corazón de su Hijo: con Él se entrega al Padre y con Él sufre, con Él experimenta la soledad y la oscuridad. Pero está con Él.

La cruz fue el instrumento de la victoria de Jesús, de su mayor obra de amor al Padre y a los hermanos, y fue el instrumento de la victoria de María. Ella tampoco es vencida por el dolor y la oscuridad de la cruz; ni huye ni es derrotada, sino que sigue a su Hijo en el camino del sacrificio insondable que nos salva. María al pie de la cruz es ya la victoria de Jesús, inalcanzable a las solas fuerzas humanas.

2.  El descendimiento

La Virgen de la Piedad escenifica de modo único la profundidad de lo acontecido, del dolor y del amor de María, como bien ha reconocido la sensibilidad del pueblo cristiano.

María recoge en sus brazos el cuerpo deshecho de su Hijo muerto. Quizá recordaría la escena con Simeón en el Templo y su profecía sobre la espada. También entonces llevaba al niño Jesús en brazos y, queriéndolo más que a nada en el mundo, lo había presentado y ofrecido a Dios. Venía del Padre y al Padre volvía. Era la única certeza que podía guardar María, presentando de nuevo a Dios a su Hijo, que ahora tenía en los brazos bajado de la cruz, ofreciéndolo y suplicando al Padre con todas las fuerzas de su corazón, en un clamor silencioso, que no podían expresar ya las palabras y que sigue resonando en todas las imágenes de la Piedad. Jesús había orado con todas sus fuerzas en el Huerto de  los Olivos, hasta sudar sangre, pidiendo al Padre la salvaci ón de la muerte.  También María lo acompañó con su oración mientras estuvo en la cruz, y en el descendimiento clama desde lo más hondo del alma.

El Hijo se confió en las manos del Padre, y la Virgen lo confía de nuevo en las manos del Padre, en un gesto que anticipa oscuramente la gran victoria sobre la muerte, aquella respuesta del Padre que nadie podía realmente adivinar de antemano. Pero María vence de nuevo y la Piedad es imagen de victoria, que Jesús consigue para su Madre, que sigue obediente el camino de su Hijo.

La resurrección

El día de la resurrección es el día de la alegría definitiva para María, del ver y del comprender, del admirar la inmensidad de la obra salvífica realizada por su Hijo, el esplendor de la gloria y de la vida eterna adquirida para la humanidad, el Amor ilimitado e inabarcable del Padre y del Hijo.

Aquel día podía volver a la memoria de María la escena con su prima Isabel, que le había dicho: feliz tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Y se cumplía todo. Viendo el esplendor y la gloria del Hijo de Dios e hijo suyo, la alegría del Magnificat le parecería crecer como sin fin, como una fuente de agua viva que salta hasta la eternidad: su alma proclama la grandeza del Señor, su espíritu se alegra en Dios su salvador, porque ha hecho de ella, pequeña doncella de Nazaret, la madre de s u Hijo. La alegría en el Hijo nacido de su seno no tendrá ya fin, no se detendrá jamás. María cantará para siempre las alabanzas de Dios, que le ha dado a su Hijo Jesucristo la victoria, y todo poder en el cielo y en la tierra.

Tras el día de Pascua, María vivirá, como antes, entregada a su Hijo, que ahora serán también los que pertenecen a Jesús, aquellos por los que Él ha querido morir en la cruz, los suyos. De nuevo como su Hijo, María entrega todo su corazón por el bien de los hombres, que, desde la cruz, son ya “hijos suyos”; sirve y cuida el bien de la Iglesia, del gran “cuerpo místico” de Cristo. De hecho, vivirá en medio de los discípulos en la oración y en el amor, en la dedicación y la entrega de cada día, en un asombroso silencio carente de protagonismo especial, pero como madre verdadera de la nueva familia de su Hijo, madre de la Iglesia, guardiana de la paz y de la comunión.

También así triunfa la cruz de Cristo en la Virgen María, la primera. Ella será para siempre la Virgen de la Esperanza, de los Dolores y de la Soledad, la Madre de la Piedad y Madre nuestra; son sus títulos de gloria, a los que nunca renunciará.

4. La intercesión

Pidamos por intercesión de María que la victoria de la cruz sea también el cimiento de nuestra vida y de nuestras casas. Que el alma y el corazón de los que la veneran como Madre no sean nunca derrotados por ninguna circunstancia, por ninguna fuerza de este mundo. Que la plenitud de su humanidad llegue a reflejarse también en la nuestra, en nuestras familias y en la  de todos aquellos que la reconocen y honran como madre.

Que el esplendor de la Virgen de la Esperanza, quizá escondido mientras estaba al pie de la cruz, sea también la belleza de tanto amor escondido en nuestras casas, acompañando a los seres queridos, cuidando a los enfermos, consolando a los tristes, ayudando a los necesitados y a los caídos. La caridad que no se alegra del mal, sino que goza con la verdad y el bien, que espera siempre, que no cesa nunca, es la misma que sostuvo a la Virgen María en la pasión de su Hijo. Es la señal de la victoria de nuestro Señor también en nuestras vidas, que convierte a nuestro ser débil, limitado y siempre vulnerable, en testigo invencible de la fe y del amor. Es la señal de una esperanza inquebrantable, destinada a sostener el caminar de todo un pueblo.

Que la paz y la alegría reine hoy en nuestras familias y en nuestras almas. Sabemos que del Padre venimos y, por gracia del Señor, al Padre vamos. Permaneciendo bajo el amparo de la Virgen María, nada hemos de temer, ni siquiera la misma muerte, porque nunca estará lejos de nosotros el brazo poderoso del Señor. Ella goza ya de la alegría eterna del Hijo y desea que también nosotros sepamos y gustemos de esta alegría suya, de esta victoria defi nitiva de Aquel que amó hasta el extremo, y que esta alegría se guarde como una estrella en lo hondo del corazón e ilumine siempre la senda de nuestras vidas.

Que santa María, la Virgen de la Esperanza, sea para todos la estrella de la mañana, que anuncie siempre el amanecer, la victoria de la vida y del amor más allá de las oscuridades, soledades y sufrimientos.

Que Ella brille siempre ante los ojos de su pueblo como causa de la alegría y principio de esperanza, como madre de misericordia y como reina de la paz.

   

+  Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo