Convertirse es amar a la verdad y al bien más que a las propias costumbres. Homilía del lunes de la V semana de Cuaresma (30/03/ 2020)

El Evangelio de hoy nos habla de la intención verdadera del Señor, de la intención verdadera de Dios: salvarnos y no condenarnos. Él desea la conversión del pecador; Él, que hace «gran fiesta en el Cielo por un solo pecador que se arrepiente», por un solo pecador que escapa del mal, que se convierte, que cambia el corazón y la mente.
Según la Ley podrían haber condenado a la mujer. De hecho, lo que pretendían aquellos era esto: condenarla. La Ley mandaba apedrear a las adúlteras pero ¿cuál era el sentido verdadero de esta norma? ¿Qué era en verdad lo que Dios quería? ¿A qué estaba destinada la Ley? ¿Cuál era la voluntad del Señor para con aquella mujer? Jesús lo dijo con toda claridad; Él expresa la voluntad de Dios. Su «tampoco yo te condeno» era la manifestación de que Él no había venido para condenar, ni tampoco la Ley se había hecho para condenar. De igual forma, la conciencia nuestra no nos muestra el camino del bien para condenarnos, sino para conducirnos a la salvación.
Nosotros ahora, en medio de esta gran epidemia, percibimos la necesidad de respetar y seguir normas de conducta; aunque sean limitaciones entendemos que son buenas porque sirven a nuestro bien. Así es también la Ley de Dios. A veces la consideramos incómoda; pero la vemos así simplemente porque contradice nuestro deseo del momento, nuestra voluntad, nuestro egoísmo; aunque en verdad no está para condenarnos, sino para salvarnos.
Por eso los cristianos hablamos de conversión, de cambio del corazón, de apertura de la mente. Conversión quiere decir esto: abrir la mente, darse cuenta de que las cosas no son así, abrirse al horizonte más grande y más verdadero aunque implique cambiar cosas que dábamos por hechas, que llevábamos dentro. Conversión quiere decir amar a la verdad y al bien más que a las propias costumbres y esquemas mentales; abrir el corazón, en definitiva. Y esto nos es posible porque el Señor nos acerca a la Verdad y podemos abrirnos a ella.
En estos días de Cuaresma, en medio de esta pandemia, estamos invitados no solo a esforzarnos por evitar el contagio y ayudar a quien sufre por el virus, sino también a revisar, a entender mejor y a comprender hacia que camino estamos orientando la vida y cómo la estamos viviendo. Y todo con el deseo de abrir el corazón hacia una verdad más grande.
Ahora que las circunstancias nos obligan a dejar costumbres y cambiar modos de hacer, recordemos cuál es el mejor camino y la mejor forma de hacerlo. ¿Quizás no tendré que cambiar yo cosas? ¿No tendré que abrir mi corazón y mi mente a lo que el Señor me dice para evitar el mal? Quizás sí.
El Señor nos dice: coge el camino de la vida, abre el corazón, opta por el bien y camina hacia la salvación. Al menos esto podremos hacerlo en este tiempo de coronavirus.
Hemos de cambiar muchas cosas: pensemos que tenemos una oportunidad. Nuestro corazón tiene ahora una oportunidad de cambio, una oportunidad para abrirse a una vida más verdadera, más profunda.
Si tenemos dificultades, si la convivencia es difícil, pensémoslo: a lo mejor, en el corazón nuestro es un buen tiempo para liberarnos del mal, para renovarnos, para abrirnos a la vida y al camino que el Señor nos quiere indicar.
+ Alfonso, obispo