Reorganización de las zonas pastorales

En el año 1996 el Consejo Presbiteral decide crear una comisión de estudio para la planificación pastoral de la Diócesis. El objetivo general de tal estudio era determinar y planificar las zonas pastorales, así como estudiar la presencia de la Iglesia diocesana y reordenarla para una mejor actuación pastoral. Bajo la responsabilidad de la Vicaría de Pastoral se dieron desde entonces algunos pasos en esta dirección.

Las razones que motivaron estas decisiones y estos esfuerzos diocesanos siguen siendo verdaderas hoy día y, si cabe más urgentes, dada la evolución de la sociedad y de la vida de la Iglesia en estos años. El mismo Papa Benedicto XVI, con la convocatoria de un “Año de la Fe” en ocasión del 50º Aniversario del Concilio Vaticano II y del 20º Aniversario de la Promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, nos invita explícitamente a un nueva reflexión sobre nuestro testimonio creyente y nuestra tarea evangelizadora, para hacer posible una mejor transmisión de la fe y un fortalecimiento de nuestras comunidades cristianas.

Se propone, por ello, este documento de trabajo, para poder continuar, con la ayuda imprescindible de todos, el camino de renovación pastoral. No están, por supuesto, todas las cuestiones importantes, que surgirán sin duda en la misma medida en que se planteen estos retos desde una experiencia presbiteral y eclesial real. Pero se indican algunos ejes fundamentales, ya conocidos por todos, con los que orientar este trabajo, que, Dios mediante, puede ser importante para el camino futuro de nuestra Diócesis.

 

1. Enviados a anunciar el Evangelio

En el concilio Vaticano II se expresó la conciencia de la Iglesia de estar llamada a hablar con el hombre de su tiempo, así como su voluntad de renovar las formas de expresar el anuncio del Evangelio, para entrar mejor en diálogo con el mundo moderno. En este horizonte se sitúa la insistente llamada de Juan Pablo II a una nueva evangelización, confirmada por Benedicto XVI de modo solemne, que se refiere sin duda en primer lugar a nuestro sociedad occidental y es válida, en concreto, para nosotros, para Galicia y España.

Evangelizar es la gracia y la vocación de la Iglesia, pone de manifiesto su identidad más íntima y expresa una dinámica profunda de amor, que no teme dificultades o contradicciones. Podemos percibirlo en nuestra Diócesis de Lugo con claridad creciente: nuestros hermanos y todo nuestro pueblo necesitan del Evangelio, para dar una forma buena a la vida, con convicciones profundas, con esperanza radical, con actuaciones nacidas de la caridad verdadera.

Las crisis personales, familiares y sociales se enraízan en la libertad de los hombres; y también en la libertad, en la capacidad de acoger el Evangelio y seguir al Señor, se enraízan las soluciones de futuro.

Siempre hemos sabido que la Iglesia, y en ella los ministros ordenados, está al servicio del destino de los hombres, de su salvación. Servimos al destino de nuestros hermanos y de nuestro pueblo.

Esta certeza sobre el significado de nuestra misión para el mundo es lo primero que debemos redescubrir. Pues es también lo que, en realidad, es puesto más fuertemente en discusión en el proceso de secularización que vivimos en nuestra sociedad. Con frecuencia nos encontramos con la convicción de que el hombre moderno se basta a sí mismo para alcanzar el propio destino, de que bastan nuestras fuerzas, nuestras organizaciones económicas y políticas; pero entonces no es necesaria la Iglesia ni tiene sentido el diálogo con ella, porque no es necesario Jesucristo ni tampoco Dios.

Sabemos que esto no es así y que el hombre queda infeliz, sin fe ni esperanza verdadera, que disminuye su capacidad de buscar la verdad y de amar, cuando confía sólo en las fuerzas de que dispone, que ni lo satisfacen ni pueden librarlo del pecado y de la muerte.

No podemos aceptar también nosotros esta decepción profunda, esta tristeza negativa, ni en nuestro prójimo ni en nosotros mismos. La Iglesia, y sus ministros ordenados, hemos de guardar viva la certeza de la Buena Noticia y hacerla presente en el mundo.

El motivo verdadero de nuestra preocupación por reordenar la vida pastoral, nuestras estructuras de comunión y de misión es nuestro bien, el de nuestros hermanos y el de nuestro pueblo: ¡ay de mí si no evangelizase! Y éste es el primer factor de nuestra siempre necesaria renovación: saber del significado de nuestra misión, de la presencia de la Iglesia en nuestra tierra.

De la nueva evangelización, de la fe en el Hijo de Dios hecho hombre, en sus palabras y en su obra de salvación, depende el futuro de nuestra gente. Podemos constatarlo ya a nuestro alrededor, y muchas veces en nuestras propias casas y familias.

 

Cuestiones para dialogar, trabajar y concretizar

  1. ¿Cuáles son las dificultades más grandes para anunciar el evangelio?

  2. ¿Cuáles serían los signos alentadores para el anuncio del evangelio?

 

2. Vivir en comunión eucarística

Las tendencias dominantes en nuestra sociedad no sólo conducen a la secularización, a construir la vida sin Dios, sino también al individualismo. De aquí la urgencia de la comunión eclesial.

Nosotros hemos de comprender y afirmar con claridad la urgencia de la fe en el Señor y, al mismo tiempo, la urgencia de la comunión, de ser y vivir como comunidad cristiana. Esta es una segunda tarea, un segundo testimonio esencial, que hemos de hacer presente cada uno: no somos una suma de individuos solitarios, somos comunión en Cristo, nos educamos a vivir según su espiritualidad de comunión, a vivir en la Iglesia como casa de la comunión.

Nuestras comunidades se construyen sobre los pilares de la Palabra de Dios y de los sacramentos, a cuyo servicio está el ministerio ordenado de los sucesores de los apóstoles y los presbíteros. La celebración eucarística es fuente y culmen de la vida de la Iglesia; particularmente el domingo, en que reconocemos con fe la resurrección del Señor como fundamento decisivo y meta deseada de nuestra existencia.

 

Cuestiones para dialogar, trabajar y concretizar

  1. ¿Crees que la celebración eucarística ayuda realmente a superar los individualismos y a vivir nuestra Comunión con Dios y los demás?

  2. ¿Qué signos resaltarías que confirman tales respuestas personales y comunitarias?

 

3. La Comunión eclesial es acompañamiento real

La comunidad cristiana se constituye así en el seguimiento de Cristo, como una compañía que nos ayuda a vivir todas las circunstancias de la existencia a la luz del Evangelio y a caminar hacia nuestro verdadero destino.

Ninguno podemos quedarnos solos a la hora de afrontar las grandes realidades de la existencia y sus desafíos: desde la enfermedad o el dolor por el propio pecado, hasta los retos de comprensiones alternativas a la hora de vivir el matrimonio, el trabajo, el compromiso a favor de los hermanos.

Ser Iglesia es acompañamiento real a cada uno, ayuda y cercanía en las necesidades y urgencias de la vida; en las necesidades que puede atender Caritas y en aquellas no menos urgentes que constituyen la trama de la existencia y de las responsabilidades de cada uno. De esta manera se confirma y crece la fe, verificando su verdad y su eficacia ante todos los aspectos de la realidad.

Este acompañamiento vital es la expresión de la comunión que es la Iglesia, en todos sus miembros; y se fundamenta, por tanto, en la acogida del amor del Señor, en la escucha de su Palabra y la celebración de sus sacramentos.

 

Cuestiones para dialogar, trabajar y concretizar

  1. Principales dificultades con las que nos encontramos para acompañar de forma real a nuestras comunidades cristianas.

  2. Sugerencias sobre cómo poder hacer este acompañamiento real.

 

4. Necesaria participación de los fieles laicos y consagrados

En esta comunión en la verdad y el amor, esencial para la vida de la Iglesia y para la nueva evangelización, todos somos necesarios. Sin el testimonio de los fieles, especialmente de los laicos, dando forma nueva a las realidades de la vida, encarnando la fe en el matrimonio, el trabajo, el compromiso social, la vida política, etc., el anuncio del Evangelio no tiene la debida capacidad de convicción, por disminuir la visibilidad de su presencia en el mundo.

Todos los servicios, carismas y ministerios que hacen posible esta vida eclesial en comunión son de gran importancia. El ministerio ordenado tiene una función propia, específica e insustituible. Pero también contribuyen a la construcción de la comunidad todos aquellos que están llamados y se ponen al servicio de los demás, en los ámbitos de la transmisión de la fe, de la celebración litúrgica, de la vida y el acompañamiento de los hermanos en la caridad.

Sobresale en particular el testimonio de la vida consagrada, que el Señor llama y envía como un don al servicio de su Pueblo, en todas las dimensiones de su misión, según la variedad de los carismas del Espíritu.

 

Cuestiones para dialogar, trabajar y concretizar en cada Unidad Pastoral

  1. ¿Valoramos la importancia de que la vida cristiana se manifieste en los ámbitos familiar, laboral y social?

  2. Si resulta escasa la participación de los laicos en la vida parroquial, ¿a qué crees que es debido? ¿qué tendríamos que hacer?

 

5. La Eucaristía dominical en las parroquias rurales

Todas las comunidades eclesiales, todas nuestras parroquias están llamadas a realizar este ser Iglesia, en las diferentes circunstancias. Todas tienen, por tanto, dos tareas irrenunciables: construir la comunidad eclesial sobre el fundamento de la acogida de la Palabra de Dios, que se hizo carne y se nos dona plenamente en el sacramento de la Eucaristía; y hacer posible un acompañamiento real a la vida de los hermanos, allí donde se encuentran.

Sin embargo, para muchas parroquias de nuestra Diócesis, la actual situación del rural plantea una dificultad específica, debido al envejecimiento y paulatina despoblación –a veces ya muy avanzada– de sus comunidades.

También en este caso, estamos llamados a hacer posible en primer lugar la congregación de la comunidad cristiana alrededor del altar del Señor, celebrando su muerte y resurrección en la Santa Misa. Pues sin la referencia al sacramento de la Eucaristía, una comunidad cristiana no alcanza su forma plena.

No podemos contentarnos con que una comunidad se reúna para la Eucaristía dominical cada dos o tres semanas; ni tampoco es lo ideal que la asamblea se reduzca a muy pocas personas, de modo que no fuese suficiente para la transmisión y la educación en la fe, o para la vida de la caridad, o incluso para el atractivo y la belleza de la celebración.

Es conveniente escoger en cada zona aquellos lugares adecuados en los que puedan reunirse los fieles de los pueblos cercanos para la celebración de su fe el domingo en la Santa Misa, así como para los encuentros destinados a la catequesis y la educación en la fe, o a las actividades de naturaleza caritativa o cultural. En ocasiones, los santuarios –también pequeños– pueden jugar a este respecto un papel relevante, siendo sentidos por todos como algo propio.

Esto es necesario también para el buen ejercicio del ministerio sacerdotal. Contradice las costumbres y las normas canónicas una dinámica en la que el sacerdote celebra el domingo un número excesivo –más de tres– de Misas. Se plantean así exigencias inapropiadas a la vida del presbítero, que no puede tampoco cuidar bien de su comunidad. El riesgo de la reducción del sacerdote a la sola provisión de sacramentos, separados de una vida de comunión eclesial, es grande. Ello distorsiona la experiencia vital del sacerdote y su presencia en medio de la parroquia, así como también la vida cristiana comunitaria. Se dificulta así la transmisión de la fe y la percepción de la vocación personal de cada uno.

A ello se añade la avanzada edad media del clero diocesano. No es conveniente continuar por el camino de una multiplicación de celebraciones y viajes, que concluyen en la pérdida de la celebración dominical para muchos, y en cansancios y riesgos grandes para los presbíteros.

Es hora de que unidos busquemos la forma adecuada hoy para garantizar –en lo posible– a los fieles la participación en la Eucaristía dominical y en las dimensiones fundamentales de la vida de la Iglesia.

 

Cuestiones para dialogar, trabajar y concretizar en cada Unidad Pastoral

  1. Determinar lugares concretos y más adecuados (iglesias), para que los fieles de parroquias cercanas puedan reunirse para las celebraciones de su fe (Misas dominicales, celebraciones de Navidad, celebraciones del triduo Pascual).

  2. Determinar lugares concretos y más adecuados para la educación de la fe: catequesis de niños, jóvenes, adultos, cursos prematrimoniales, reuniones con padres de familia, formación teológica, cofradías, etc.

  3. Determinar en cada zona pastoral un lugar concreto y más adecuado para coordinar la acción caritativa de cara a las diversas necesidades.

 

6. El acompañamiento en todas las comunidades parroquiales

La celebración de la Misa dominical con su comunidad es el principio de un adecuado acompañamiento del sacerdote a sus fieles, de la posibilidad del conocimiento y de la ayuda mutua, espiritual y material.

Y es asimismo fundamento de la vida comunitaria de los fieles; es decir, en la unidad y en la caridad, que no se garantiza sobre otras bases sociales o culturales, siempre insuficientes para generar la comunión verdadera, que se enraíza en la fe.

Expresión de este ser Iglesia será igualmente el acompañamiento pastoral y fraterno en los lugares y ámbitos de la vida de cada uno.

Los templos de cada parroquia, por pequeña que sea, siguen siendo referencia fundamental para su vida de oración y de comunidad. La presencia del presbítero, en las ocasiones que se necesiten, será importante: en la celebración de los sacramentos, o en momentos singulares de la vida de las personas y familias, en los tiempos de fiesta y de sufrimiento.

Pero el cuidado y la vida de cada comunidad –en sus templos parroquiales– será siempre también responsabilidad de todos los fieles, entre los cuales es muy conveniente la presencia de algunos que sirven a los demás hermanos.

El acompañamiento cercano en cada parroquia, en la celebración y la memoria orante de los propios difuntos, no obsta a la celebración dominical, a la participación en los momentos de catequesis o en las iniciativas culturales o caritativas en los lugares de referencia de cada zona. Y esto, a su vez, no obsta al cuidado y la presencia constante en los templos y capillas de las parroquias en muchos momentos oportunos.

 

Cuestiones para dialogar, trabajar y concretizar

  1. ¿Qué sacramentos y fiestas deben seguir celebrándose en los templos y capillas de cada parroquia?

  2. ¿Qué momentos de oración y de encuentro, qué formas de cuidado pastoral conviene fomentar en cada parroquia?

 

7. La dinámica “asociativa”

Conviene subrayar, en fin, que este acompañamiento para vivir todas las cosas según la esperanza que nos da el Evangelio y encarnar así la fe y la caridad en medio del mundo, además de la indispensable referencia a la Eucaristía parroquial, puede necesitar también la ayuda de asociaciones o movimientos específicos, que cuidan más especialmente un aspecto u otro de la fe y de la misión eclesial en el mundo, y que pueden ser dichos de algún modo “transversales”.

Conocemos muchas formas de estas realidades asociativas en nuestra Diócesis: desde la Acción católica a grupos de oración, de adoración eucarística, de piedad mariana (fraternidad de Fátima, Hospitalidad de Lourdes), de matrimonios, cofradías, cursillos de cristiandad, vida ascendente, etc.

Estas asociaciones y movimientos son un instrumento providencial para la transmisión de la fe, para que nuestros fieles tengan una compañía concreta y eficaz, por ejemplo, a la hora de ser católicos en la vida pública, en la enseñanza o en el mundo sanitario, de ofrecer una respuesta en la caridad a las necesidades del prójimo, etc.

En este contexto, todos debemos apoyar las iniciativas de nuestras Delegaciones diocesanas, y a las diferentes realidades asociativas, como una ayuda buena que enriquece y facilita la vida cristiana de los fieles y de nuestras comunidades.

 

Cuestiones para dialogar, trabajar y concretizar

 

1. Señalar alguna asociación o movimiento católico que te parezca importante y adecuado para vuestro arciprestazgo (movimiento de niños, jóvenes, adultos y tercera edad)