Una Iglesia y miles de historias gracias a ti. Día de la Iglesia diocesana 2015

Un año más estamos llamados a tomar conciencia de la Iglesia Diocesana a la la que pertenecemos, y que hacemos cada uno de nosotros con nuestra presencia, con nuestra respuesta de fe a Dios y con nuestro compartir. Caminamos unidos, ayudándonos a vivir en la verdad y en la caridad. Compartir es el signo de nuestro modo de ser, de estar cada día al lado de nuestros hermanos con la conciencia renovada por la fe en Cristo Jesús.

En esta comunión de los hermanos pueden construirse relaciones nuevas, de una gratuidad no usual en nuestro mundo, que viene del Evangelio. Y se hace posible el protagonismo verdadero y la historia de cada uno, de nosotros mismos y de aquellos con los que formamos esta “familia” de cristianos que es nuestra Iglesia en Lugo.

Para todos es una alegría ver a nuestro alrededor rostros que nos hablan de fortaleza en la adversidad, de compañía y de generosidad ante la necesidad, de amor verdadero, de fidelidad y de entrega de sí de tantas maneras. Refuerzan nuestra fe ante el misterio de la vida, renuevan la esperanza y derrotan la soledad. Son como luces, muchas veces discretas, pero bien reales, en medio de nuestra sociedad.

Nuestra entrega cotidiana, nuestro dar y compartir como hermanos, el sostener nuestra Iglesia diocesana, sirve para esto, para hacer posible la historia buena de muchos, de los cercanos y queridos en primer lugar, y de todos a los que llega así la experiencia de vida nueva que brota del Evangelio.

En esta Jornada recordamos, pues, el protagonismo de cada uno, porque nunca es demasiado pequeña la vida de nadie, ni está destinada a ser insignificante; y, al mismo tiempo, agradecemos poder ser comunidad cristiana y vivir unidos. Porque las muchas historias son siempre de personas concretas, de alguien en particular, pero se hacen posibles con la presencia viva de la Iglesia del Señor.

Vivamos en nuestros lugares concretos, en parroquias y comunidades, nuestro ser Iglesia. Participemos de corazón, acogiendo la semilla de la Palabra evangélica y el amor del Señor en los sacramentos; y aprendiendo a verla como cosa nuestra, a compartir sus necesidades. Cuidémosla como un tesoro, como el lugar en que podemos ser cristianos, conocemos el Evangelio y aprendemos a compartir; y donde se hacen posibles miles de historias, y entre ellas la nuestra propia.

 

+ Alfonso Carrasco Rouco