Seis meses con el Papa Francisco

Han transcurrido ya seis meses del nombramiento como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro del Card. Arzobispo de Buenos de Aires, Mons. Jorge Mario Bergoglio.

Aunque la sorpresa por la renuncia del querido Benedicto XVI había sido grande, la presencia cercana del nuevo Papa Francisco hizo posible que en toda la Iglesia viviésemos estos acontecimientos con normalidad. Se nos hizo palpable, por un instante, que verdaderamente el Señor cuida de su Pueblo, que lo guía con su Espíritu por caminos siempre nuevos.

Esta normalidad de la vida de la Iglesia, hecha posible por la fe, me parece muy destacable. Pues nadie podía preveer cómo sería la experiencia de la renuncia de un Papa y cómo la vida con ambos, el anterior y el actual Obispo de Roma.

Sin duda las características personales del Papa Francisco han ayudado mucho. Su cercanía, su desapego de los honores y protocolos, su pasión por lo esencial del Evangelio y por el bien de cada uno, hizo posible que la vida de la Iglesia no sólo continuase, sino que recibiese un nuevo impulso.

Muchísimos fieles cristianos han percibido una sintonía especial con él, y muchos también más alejados han mirado con nueva simpatía a la Iglesia, han creído posible entrar en mayor relación con ella.

La actitud pastoral del Papa Francisco ha despertado muchas esperanzas. Su voluntad de renovar estructuras pastorales, subrayando que han de estar al servicio de los fieles y de los hombres de buena voluntad, ha representado un estímulo para todos.

Ciertamente, seis meses es poco tiempo para asumir y dar forma propia a un ministerio como el petrino. Pero la llamada de Francisco a “salir”, a ir al encuentro de todos, y muy conscientemente de los que están en la periferia con respecto a la sociedad o a la Iglesia, determina ya el camino de pastores y de fieles. Él lo hace cada día con gestos y palabras, no alejándose nunca de la realidad que encuentra, mirando con franqueza todos sus problemas. Y así es un maestro, con las palabras y con el ejemplo.

Así también se manifiesta su dimensión profética, al hablar claramente a nuestro mundo de sus contradicciones, a la luz de la verdad y del amor apasionado de Dios por los hombres.

Sus llamadas de atención a favor de la paz son un ejemplo elocuente; pero igualmente su apelación vigorosa a no dejarnos esclavizar por el ídolo del dinero, establecido en el centro de muchas realidades y decisiones de nuestra época.

Pero el alma verdadera de su palabra es ese amor apasionado del Señor, que él quiere testimoniar. Por eso privilegia la misericordia, el salir al encuentro de cada uno, sin condenar a nadie, deseando abrir caminos de bien y de salvación. Por eso clama a favor de los olvidados, abandonados o marginados por nuestra sociedad.

Y por eso también nos habla a todos a la conciencia, pidiéndonos que purifiquemos el corazón, que no nos apeguemos a este mundo, a sus honores y riquezas; sino que sigamos con sencillez a Cristo, el Maestro verdadero y bueno, el único al que los hombres deben adorar.

A lo largo de estos seis meses, el Papa Francisco ha fortalecido nuestra esperanza; por eso creemos que el Señor nos hará aún muchos bienes por medio de su ministerio, que, en realidad, está en sus inicios.

Sin embargo, ya desde ahora muchísimos queremos dar gracias a Dios por este nuevo Papa, en cuyo nombramiento vemos la sabiduría profunda de la Providencia divina y en cuyo servicio reconocemos un signo elocuente del amor misericordioso de Dios.

 

 

+ Alfonso Carrasco Rouco

 

Obispo de Lugo