Presentación del encuentro reestructuración pastoral

[Mons. Alfonso Carrasco Rouco, Obispo de Lugo]

Como en muchos otros lugares de la Iglesia, también en nuestra Diócesis de Lugo nos encontramos en un momento de repensamiento de nuestras formas pastorales.

La realidad de nuestra población y también la de nuestra Iglesia nos ha conducido a ello. Desde este punto de vista, hemos ya observado alguna vez la importancia de los cambios que vivimos. Se transforman ante nosotros estructuras sociales milenarias, que han dado forma a nuestra tierra y a nuestra cultura. A ello se añaden los rapidísimos cambios de mentalidad que hemos experimentado en los últimos decenios, tras el concilio Vaticano II, la modificación profunda del marco político con nuestra transición democrática y el fuerte proceso de secularización que afecta actualmente a nuestra sociedad, a través de una revolución de la comprensión del matrimonio y de la familia, de la educación y de las diferentes formas de opinión “publicada”.

La necesidad del repensamiento tiene, pues, una doble raíz: los cambios estructurales de la población y los desafíos que plantea a la fe una cultura increyente que se presenta como la única posible en una sociedad democrática.

Nuestra respuesta no puede consistir sólo en un estudio de la organización eclesiástica, que siempre tomó forma histórica en dependencia de la vida de la Iglesia –y se hizo caduca cuando dejó de servirla; sino que es necesario un impulso de apostolado, una verdadera dimensión evangelizadora.

A ello hacía referencia expresa el Papa Francisco en su Discurso al Comité de coordinación del Celam, en el que propone como necesaria no simplemente una reordenación, sino una conversión pastoral. Dice: “El ‘cambio de estructuras’ (de caducas a nuevas) no es fruto de un estudio de organización de la planta funcional eclesiástica, de lo cual resultaría una reorganización estática, sino que es consecuencia de la dinámica de la misión. Lo que hace caer las estructuras caducas, lo que lleva a cambiar los corazones de los cristianos, es precisamente la misionariedad”[1]; es decir, explica, es necesario “generar la conciencia de una Iglesia que se organiza para servir a todos los bautizados y hombres de buena voluntad”[2].

Todo ministerio eclesial, y el nuestro en primer lugar, ha de ser siempre “más pastoral que administrativo”, sabiendo que “el principal beneficiario de la labor eclesial” es “el Pueblo de Dios en su totalidad”[3]. El Papa insiste en ello y, refiriéndose a nuestro problema, se pregunta: “¿somos conscientes de la responsabilidad de replantear las actitudes pastorales y el funcionamiento de las estructuras eclesiales, buscando el bien de los fieles y de la sociedad?”[4].  Y nos  recuerda que “si nos mantenemos solamente en los parámetros de “la cultura de siempre”, en el fondo una cultura de base rural, el resultado terminará anulando la fuerza del Espíritu Santo. Dios está en todas partes: hay que saber descubrirlo para poder anunciarlo en el idioma de esa cultura; y cada realidad, cada idioma, tiene un ritmo diverso”[5]. Mutatis mutandis, estas palabras se aplican también perfectamente en nuestro caso, en la situación cultural y pastoral de nuestra Diócesis.

Este es el espíritu con el que hemos de afrontar el camino, los pasos que hayamos de dar este año. Sólo así será posible y fecundo el esfuerzo. Sólo por amor a la propia vocación, al Señor que nos ha llamado y en quien tenemos puesta nuestra esperanza, y sólo por un sentido de entrega y de amor al pueblo que nos ha sido confiado, al Pueblo de Dios aquí en las parroquias de nuestra Diócesis y de nuestra Galicia, será posible llevar a cabo bien esta tarea importantísima, y especialmente para muchos de vosotros, a quien se pide un nuevo esfuerzo tras decenios de ministerio, faltando a veces las fuerzas de la juventud y necesitados de un merecido descanso.

Por ello, hemos de reafirmar en primer lugar nuestra fe y su forma propia, eucarística y eclesial, así como nuestra vocación apostólica. En palabras del Papa, la conversión pastoral “implica creer en la Buena Nueva, creer en Jesucristo portador del Reino de Dios, en su irrupción en el mundo, en su presencia victoriosa sobre el mal; creer en la asistencia y conducción del Espíritu Santo; creer en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y prolongadora del dinamismo de la Encarnación”[6].

En este proceso, que implica cambios y reformas, también en actitudes y costumbres de vida, “es importante tener siempre presente que la brújula, para no perderse en este camino, es la de la identidad católica concebida como pertenencia eclesial”[7].

 

En este marco podemos releer el camino hecho en este curso pasado. Y comprenderlo no simplemente como el inicio un nuevo esfuerzo organizador, sino como la expresión de nuestro deseo de ir hoy, en nuestras circunstancias, al encuentro de nuestra gente, para ayudarles a vivir la riqueza de la fe en todas las urgencias de su existencia.

Hemos de buscar, con paciencia pero de corazón, el modo de hacer y de ser juntos Iglesia, comunidad cristiana; de hacer y ser parroquia en nuestras nuevas circunstancias. Así será posible la fe, que da forma buena a la vida y responde a sus desafíos concretos; y será posible la caridad, que nos haga cuidar los unos de los otros, acompañar a todos, no abandonar a quien nos necesite.

Que este ímpetu apostólico nos guíe en nuestros pasos de reordenación y de renovación, y nos haga cercanos a las verdaderas necesidades de nuestro pueblo. Que el Espíritu del Señor, que recibimos y actúa en nuestro sacramento del orden, nos dé aliento y permita que tengamos la gracia de colaborar según nuestras fuerzas en la construcción de su Iglesia en nuestra tierra, del Pueblo de Dios, que, como bien sabemos, es el signo y el instrumento de la esperanza de los hombres.

 

Lugo, 26 de septiembre de 2013

 



[1] Papa Francisco, Discurso en el Encuentro con el Comité de Coordenación del Celam, 28-07-2013, nº 3

[2] Ib.

[3] Ib., nº 3. 1

[4] Ib., nº 3. 2

[5] Ib., nº 3

[6] Ib.

[7] Ib.