Nota sobre la renuncia al ministerio petrino

          La renuncia al ministerio petrino por Benedicto XVI no sólo ha constituido un acontecimiento histórico novedoso, sino también una interpelación a la conciencia católica, a la forma de representarse y comprender la figura del Sucesor de Pedro, muy presente en la enseñanza conciliar y en la devoción de los fieles en los dos últimos siglos.

Los desafíos de la nueva época histórica iniciada con la Ilustración y la Revolución francesa, y caracterizada por el hundimiento del antiguo régimen político y eclesiástico, habían permitido que la misión del primado papal adquiriese cada vez más relevancia en la conciencia eclesial católica, provocando además que se percibiese y acentuase en especial el significado de la infalibilidad papal para la comprensión de su ministerio.

La “devoción al Papa” había crecido también de modo importante en la Iglesia a lo largo del siglo XIX, entrelazada con la urgencia de reafirmar el significado de la autoridad ante el racionalismo o las tendencias revolucionarias, con la lucha por la libertad contra la imposición del poder estatal sobre la Iglesia en las diferentes naciones, con la necesidad de reafirmar la verdad de la fe en la historia ente los desafíos del liberalismo. Así, para un catolicismo cada vez menos cercano a los poderes públicos y cada vez más al pueblo sencillo, la vinculación a los Papas tenía una función cada vez mayor de identificación en la fe y de integración eclesial. Se llegó así a las grandes definiciones dogmáticas de la constitución Pastor aeternus del concilio Vaticano I, cuya proclamación reforzará la percepción de la misión del Papa en la Iglesia y también, decisivamente, la “devoción” hacia su persona.

En efecto, los debates conciliares sobre la infalibilidad llevaron a excluir de modo consciente y explícito una posible distinción entre sedes y sedens, que podía hacer vanos los esfuerzos por la proclamación del dogma; se rechaza así toda especie de hipostatización de la sede romana, que gozaría de la prerrogativa de la infalibilidad, a diferencia de la persona individual del Papa. El Concilio enseñará, pues, que no sólo el primado de jurisdicción, sino también el privilegio especial de la infalibilidad corresponden al legítimo sucesor de Pedro.

Por otra parte, se subrayará también que tanto el primado como la infalibilidad se fundan en una promesa especial de Jesucristo y en una especial asistencia del Espíritu Santo, que no se identifican con las de la Iglesia. Se trata, por consiguiente, de un privilegio especial de Pedro, que no es hecho posible por un consenso o por la transmisión de su jurisdicción por parte de la Iglesia. Al contrario, gracias a la asistencia del Espíritu y según la misión dada por Cristo, será el Papa quien confirme en la fe a sus hermanos y sea principio visible de la unidad de la Iglesia en la fe y en la comunión.

El conjunto de afirmaciones dogmáticas del concilio Vaticano I mostró así el fundamento sólido del ministerio petrino en la Iglesia y determinó la percepción creyente de la persona del Romano Pontífice: El cumplimiento de la misión papal se funda en un don singular que Dios otorga a la persona del legítimo sucesor de Pedro. Por gracia especial del Espíritu será posible una infalibilidad y una jurisdicción que no proviene de la Iglesia y que singulariza a la persona y la misión del Papa en medio de ella; y no es la sede romana, sino la persona individual quien recibe la llamada y el don de Dios. De ahí la “devoción”, el reconocimiento creyente de la persona del Papa; y, al mismo tiempo, la dificultad para comprender que pueda renunciarse a esta relación singular con Dios, por la cual el sucesor de Pedro se convierte en cabeza visible y pastor a quien el Señor confía los fieles todos de su rebaño.

Dicho en otros términos, si el sacerdote o el obispo lo son para siempre por su ordenación, ¿será menos definitiva la llamada y el don recibido por el Papa para el cumplimiento de su misión pastoral, la de ser precisamente roca firme sobre la que se construye la Iglesia en el tiempo? Es conveniente recordar, en primer lugar, que los dones que hacen posible la infalibilidad y el primado de jurisdicción papal son dados sin duda al sucesor de Pedro; pero, a diferencia del “don espiritual” transmitido en el sacramento del orden, se otorgan a la persona concreta sólo en su relación con la Iglesia universal y, por tanto, en cuanto “persona pública”. Pues el primado no es un sacramento –nunca ha sido entendido así en la tradición teológica, para la cual tradicionalmente Papa est nomen iurisdictionis–, sino una misión para con la Iglesia universal, una participación en la que le ha sido confiada por Jesucristo a Pedro y a sus sucesores. Podría decirse, pues, que el don espiritual es otorgado a la personasegún la medida y en relación con la misión conferida, cuya naturaleza es servir a la permanencia en el tiempo de la verdad de la fe y de la comunión eclesial –Ireneo hablaba de un charisma veritatis.

De hecho, el concilio Vaticano I no sólo insistirá en que Jesucristo no hizo depender el carisma de la infalibilidad de la conciencia del Papa, que es privada, sino de su relación pública con la Iglesia; precisará igualmente que esta infalibilidad no proviene tampoco de una inspiración o de una revelación, sino de una asistencia del Espíritu, concedida según los límites y condiciones puestos por Cristo a las llamadas “definiciones ex cathedra”.

En este mismo sentido puede leerse el antiguo adagio, recogido por la tradición canónica desde su primera sistematización, prima sedes a nemine iudicatur, nisi deprehendatur a fide devius. En efecto, la común aceptación de tal hipótesis como posible significa, al menos, que el privilegio de la permanencia en la verdad de la fe del Sucesor de Pedro no se afirma de su conciencia como persona individual, que en el ejercicio de su libertad podría decaer de la fe, distinguiéndose así, por tanto, lo que se llamará luego persona “privada” y “pública”.

Así pues, a diferencia de la potestas transmitida sacramentalmente, los dones recibidos con el primado no se hacen algo propio de la persona privada, que no entra tampoco en posesión de cualidades nuevas –inmunidad al error o impecabilidad, por ejemplo. Y tal diferencia se debe a la naturaleza misma del ministerio que, en cada caso, la persona está llamada a cumplir en la Iglesia, como “instrumento” del Espíritu del Señor. Ello no obsta al reconocimiento creyente de la singular función vicaria de Cristo Cabeza propia de la persona del sucesor de Pedro, hecha posible por la asistencia divina –además, por supuesto, de la necesaria e indudable gracia de estado, relevante en la misma medida que lo es la misión.

Este horizonte de comprensión del ministerio petrino, propio de la reflexión de los padres conciliares y de la enseñanza del Vaticano I, encontrará una confirmación profunda en el magisterio del concilio Vaticano II sobre la constitución jerárquica de la Iglesia.

Su afirmación fundamental de la sacramentalidad de la consagración episcopal, en la que se transmiten los tria munera –también el munus regendi–, permite ver al episcopado como la plenitud del ministerio ordenado y evita desde la raíz comprenderlo como expresión de un poder societario o, peor, como la actividad de alguien que obraría en nombre propio o que no reenviaría más allá de sí mismo.

LGe muestra, por una parte, cómo el servicio episcopal sólo puede ser bien entendido en la Iglesia a partir de un doble descentramiento: hacia Cristo (que actúa en el Espíritu), a través de la consideración sacramental de la Iglesia y del ministerio episcopal en concreto; y hacia la Iglesia misma, a cuyo servicio existe tan radicalmente el ministerio que, por su propia naturaleza, sus posibilidades de ejercicio dependen de la permanencia en su «communio hierarchica». La naturaleza “instrumental” de la potestas episcopal impide, por tanto, que el hombre sitúe en el centro a su propia persona: el verdadero sujeto de la acción es Jesucristo y el ejercicio del ministerio sólo es posible en relación con la Comunión eclesial, en ella y a su servicio.

Por otra parte, la enseñanza conciliar reconoce al mismo tiempo así en el episcopado la plenitud del sacramento del orden, junto con su significado constitutivo en la forma sacramental propia de la Iglesia, entendida en el horizonte de una eclesiología de comunión que explicita la percepción del nexo esencial existente entre Iglesia particular y universal.

La relectura sacramental de la potestas sacra, realizada por el Vaticano II, ilumina y confirma las enseñanzas de Pastor aeternus sobre el ministerio del “sucesor de Pedro”. Pues el Papa, por la singularidad misma de su misión –descrita por Lumen Gentium siguiendo el magisterio del Vaticano I–, tampoco puede poner en el centro a la propia persona. Ya que, aunque el primado proviene de la promesa de Cristo a Pedro y a sus sucesores, que reciben un particular don del Espíritu, éste, sin embargo, por su misma naturaleza, le es dado a la persona sólo al servicio de su relación con la Iglesia universal. Es decir, la finalidad de los dones espirituales propios del primado papal, como la de los transmitidos en la consagración episcopal, es radicalmente instrumental: sirven también a la acción del verdadero sujeto, que es Jesucristo, y existen y han de ser ejercidos en relación con el Cuerpo eclesial, al servicio de su unidad en la fe y en la comunión.

Por otra parte, el ministerio del sucesor de Pedro no podrá ser comprendido ya sin un pleno reconocimiento del episcopado como plenitud del sacramento del orden y de su función constitutiva para el ser de la Iglesia; por consiguiente, no podrá ser visto en modo alguno como una forma superior de realización del orden sacramental –que sería entonces inamisible–, ni tampoco como un poder de naturaleza societaria que se impondría por encima de la plenitud de la potestas sacramental. Se trata más bien de una diaconía específica, perteneciente igualmente a la constitución de la plenacommunio, y que ha de ser comprendida teológicamente, como servicio singular a la verdad de la fe y de la Iglesia católica y apostólica.

Las fórmulas más abstractas del Vaticano I –sedes/sedens, persona privata/publica– encuentran así en el magisterio de LG sobre la constitución jerárquica de la Iglesia el ámbito apropiado de su relectura. El legítimo sucesor de Pedro es llamado al cumplimiento de una misión, de un ministerio imprescindible para el bien de la Iglesia universal, comprendida como communio fidelium et ecclesiarum. Los dones espirituales que lo hacen posible son instrumentales a su diaconía específica y, al no ser fruto de un sacramento, no afectan a la persona individual como puede hacerlo la recepción de la consagración episcopal.

Por consiguiente, en el caso de que un Papa, con plena libertad y conciencia lúcida, llegase a la conclusión de que la misión encomendada por el Señor, ser principio visible de unidad de la Iglesia universal, no puede ser cumplida adecuadamente más que a través de su renuncia al ministerio petrino, entonces ésta podría ser perfectamente legítima. No lo impedirían, ni serían objeción los bienes espirituales recibidos como sucesor de Pedro, simbolizados en el primado de jurisdicción y en la infalibilidad de su magisterio, ya que son intrínsecamente dependientes de su relación con la Iglesia universal. Y, en la medida en que la persona pondría así en juego libre y conscientemente todos su haberes y todo su ser para hacer posible una mejor realización de la misión propia del sucesor de Pedro, no cabría tampoco el reproche de haber abandonado la tarea encomendada por el Señor.

El acto cumplido con su renuncia por el Papa Benedicto XVI puede situarse, por tanto, en continuidad con el magisterio solemne de los dos últimos concilios ecuménicos, que, en su comprensión propiamente teológica de la constitución jerárquica de la Iglesia, han puesto de manifiesto el sentido “diaconal” intrínseco a todo ejercicio de la potestas sacra en la Iglesia.

De algún modo, ya la forma de ejercicio del primado papal por Benedicto XVI puede ser vista como una ejemplificación de esta comprensión renovada del ministerio. Pues él ha querido de muchas maneras presentar y realizar su misión como un servicio explícito a la Palabra de Dios –contra las reticencias históricas que, especialmente desde la Reforma, acusan al primado petrino de situarse por encima del Evangelio– y a la unidad en Cristo de pastores y fieles, evitando toda impresión de constituir una instancia de poder externa o superior a la realidad sacramental de la Iglesia –como podría temer también una eclesiología ortodoxa. El sentido profundo de la comunión episcopal y de la comunión fraterna ha estado presente constantemente en su ejercicio del primado, explícitamente centrado en el servicio a la Palabra.

En este mismo horizonte cabe leer también su renuncia final: como un gesto definitivo que muestra la conciencia de ser, más aún, de poder ser sucesor de Pedro y Papa sólo como un servidor en la viña del Señor, alguien llamado a poner toda la propia persona al servicio de su misión, a favor de la Iglesia universal. La renuncia pone de manifiesto con claridad la importancia singular que adquiere la persona concreta del Papa por la misión que el Señor le da en la Iglesia y, al mismo tiempo, sin embargo, el descentramiento con respecto a su propia persona, hacia Jesucristo, verdadero pastor supremo, y hacia la Comunión eclesial, cuyo servicio es el criterio de comprensión del ser y del ejercerse del primado papal.

En este sentido, la forma de ejercicio del primado por Benedicto XVI y, en particular, la renuncia en que ha culminado, podría significar un paso histórico en la búsqueda –propuesta por Juan Pablo II en Ut unum sint– de formas renovadas de ejercicio del ministerio petrino que, sin negar nada de su sustancia dogmática, respondan mejor a las nuevas necesidades de la unidad de la Iglesia universal.

 

En todo caso, la renuncia de Benedicto XVI constituye ciertamente una invitación a profundizar en la comprensión del ministerio petrino en continuidad con los concilios Vaticano I y II, y concretamente en el contexto de una teología del ministerio y de una eclesiología propiamente sacramentales.