Líneas de acción pastoral. Curso 2019 – 2020

1. Un año “eucarístico”
En este año 2019 se celebraba el 350 aniversario de la Ofrenda del Reino de Galicia al Santísimo Sacramento. Hemos procurado conmemorarlo del mejor modo, con diversas iniciativas, destinadas a dirigir nuestra mirada a Jesús Sacramentado y al significado de su culto en la historia y la tradición de nuestro pueblo, y que culminaron el día mismo de la Ofrenda, presentada con solemnidad el pasado 30 de junio por la ciudad de Tuy, siguiendo el turno establecido.
Para nosotros, en nuestra responsabilidad propia como Iglesia en esta tierra, este aniversario -que concluirá con el año natural en diciembre- no nos recuerda sólo un aspecto decisivo de la misión histórica de esta Diócesis de Lugo para Galicia, sino también la urgencia perenne de salvaguardar la verdadera fe. Esta había sido la motivación primera de nuestra tradición eucarística: poner en el Altar Mayor de la principal iglesia de Galicia -entonces nuestra Catedral- un signo de la verdadera fe.
De ahí nuestro lema: Hic hoc mysterium fidei firmiter profitemur. Esta tradición de nuestros mayores nos sigue invitando a que nosotros, los primeros, conservemos una memoria viva, admirada y agradecida -adorante- de Aquel en quien creemos.
No podemos conservar la fe ni, por tanto, transmitirla -aunque multipliquemos las iniciativas pastorales-, si no somos conscientes de en quien creemos realmente. La pregunta no es para nada ociosa en nuestros tiempos: ¿Sabemos en quién creemos, en qué apoyamos nuestras vidas? Porque hoy no se discute sólo, como antaño, sobre la comprensión adecuada del Evangelio o de Dios; sino incluso sobre si de hecho creemos en algo o en nada, como si fuese posible ser persona sin certezas propias sobre el mundo y la vida, sin esperanzas.
La Ofrenda, más aún, la Exposición permanente no nos habla en primer lugar de ritos o costumbres particulares, sino ante todo de nosotros mismos, de nuestra fe. Sabemos qué creemos y también en quién creemos, de quién recibimos la luz para mirar la vida, presente y futura, para comprender el mundo con sus luchas y desafíos.
Creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nacido de la Virgen María, muerto en la cruz por nosotros y resucitado, que nos dio todo su ser, su cuerpo y su sangre como fuente de vida nueva.
Así somos amados. Ésta es nuestra certeza más honda, la misma que ha sostenido el camino de nuestro pueblo en la historia. No ponemos nuestra esperanza en la fuerza, en el dominio sobre los demás, en el acaparamiento de las riquezas; no confiamos en el engaño y la mentira, en el poder de las apariencias.
También hoy nosotros hemos de defender la verdad de nuestra fe ante estos planteamientos, presuntamente más pragmáticos y realistas, que parecen dominar en nuestra sociedad y que ponen en discusión nuestro ser cristianos y nuestra tradición; pero no lo haremos simplemente con debates filosóficos, sino poniendo en juego la propia persona, con un modo de vida en la caridad y en la verdad aprendido y recibido muy conscientemente de Jesucristo mismo, que lo ha vivido primero.

Nosotros, en esta Diócesis de Lugo, sabemos que conservar y crecer en esta fe, en esta alegría, es posible si guardamos la Eucaristía en el centro de nuestra vida cristiana, como resumen vivo y verdadero del Evangelio, como presencia real del Señor Jesús, del sacrificio de su amor por nosotros.
Por ello, en la celebración de este 350 aniversario de la Ofrenda al Santísimo, queremos insistir este año pastoral en el cuidado del sacramento de la Eucaristía en nuestras parroquias y comunidades.
El primer aspecto es, por supuesto, la participación en la Santa Misa cada domingo, como fuente y cima de nuestra vida cristiana, de nuestro ser Iglesia. Por eso, como ya hemos dicho con insistencia en el largo proceso de reorganización pastoral, hemos de procurar que todo fiel cristiano, en cualquier lugar de nuestra Diócesis, tenga la posibilidad real de participar en la Misa dominical y de experimentar su pertenencia a una comunidad eclesial concreta, fundamentada en la presencia sacramental del Señor resucitado. Este es el corazón de la vida parroquial, que se expresará luego en todas las dimensiones propias de la existencia cristiana -educativa, celebrativa o caritativa; de modo que nuestra fe pueda incidir realmente en la vida personal y social.
Esta certidumbre de la presencia cercana de la Iglesia, que se reúne y celebra en el propio entorno, permitirá vivir su pertenencia también a quien no pueda desplazarse el domingo al templo; pero a quien el sacerdote y los hermanos podrán visitar y acompañar cotidianamente a lo largo de la semana.
Dar forma así de nuevo a la vida comunitaria y parroquial en nuestra Diócesis es un proceso paulatino, que implica sin duda el cambio -por otra parte inevitable- de anteriores estructuras pastorales; pero será de inmensa importancia para el futuro de la fe y de nuestro pueblo.
No perdamos la paciencia, aunque el proceso sea lento. Recordemos las recientes enseñanzas del Papa Francisco:
“… las respuestas que demos exigen, para que pueda gestarse, un sano aggiornamento, «una larga fermentación de la vida y la colaboración de todo un pueblo por años». Esto estimula generar y poner en marcha procesos que nos construyan como Pueblo de Dios, más que la búsqueda de resultados inmediatos que generen consecuencias rápidas y mediáticas pero efímeras por falta de maduración o porque no responden a la vocación a la que estamos llamados (…) Asumir y sufrir la situación actual no implica pasividad o resignación y menos negligencia, por el contrario supone una invitación a tomar contacto con aquello que en nosotros y en nuestras comunidades está necrosado y necesita ser evangelizado y visitado por el Señor. Y esto requiere coraje porque lo que necesitamos es mucho más que un cambio estructural, organizativo o funcional.”
Hagamos pues este camino juntos, con paciencia y comprensión, con inteligencia de las circunstancias concretas; pero ciertos del bien que significa para nuestra tierra y nuestra gente la existencia de una comunidad cristiana viva, real y palpable, reunida por la presencia y el amor del Señor muerto y resucitado.
Continuar el camino emprendido en la reorganización pastoral es para nosotros, por tanto, una prioridad de fondo, constante. Nos lo pide la urgencia de anunciar al hombre de hoy la alegría del Evangelio, y la necesidad de hacer visible, experimentable la forma cristiana de vida, para cada uno de nosotros en primer lugar y para que sea posible transmitir, comunicar la fe como el bien decisivo para la persona.

Conviene, en segundo lugar, cuidar las expresiones fundamentales de nuestra relación con Jesús sacramentado, la devoción eucarística, de tanta tradición en nuestra Diócesis -y en Galicia.
Quisiera insistir, a este respecto, en la dignidad propia de la reserva eucarística en nuestros sagrarios. Las circunstancias pastorales de nuestras parroquias, sobre todo en zonas rurales, nos han llevado ya a tomar algunas precauciones, e incluso a elaborar alguna primera normativa que ahora recuerdo:
“Donde no pueda recibir el Santísimo Sacramento un culto digno, aunque sea mínimo, debe retirarse. Dispongo, pues, que allí donde pase más de un domingo sin celebración de la Santa Misa, y no se sepa con certeza que el Sagrario será cuidado exteriormente y visitado de algún modo durante ese tiempo, el Santísimo Sacramento sea recogido en los sagrarios de otros templos donde la celebración sea más frecuente, y, en lo posible, cercanos y accesibles a todos los fieles.”
Al mismo tiempo, en aquellos templos en que se conserve la reserva del Santísimo Sacramento, procuremos reavivar igualmente la conciencia de los fieles ante la presencia real del Señor. No tendría mucho sentido cuidar sólo externamente la limpieza y el adorno de nuestros sagrarios, sin acompañarlos con los gestos de la fe y del amor agradecido. Son importantes, a este respecto, las tradiciones de nuestra religiosidad popular: desde la genuflexión y el silencio respetuoso ante Jesús sacramentado, hasta la costumbre de la visita al Santísimo, expresión privilegiada de la fe, momento singular de oración, que debemos cuidar y promover.
Conviene, en particular, introducir a los niños de catequesis en estas prácticas, que ayudan a crecer en la conciencia de la propia fe, de la presencia cercana del Señor; no son simples costumbres piadosas, quizá más bien de otra época, sino expresión del corazón de nuestra fe, como lo es ante todo la participación en la liturgia dominical, cuya necesidad para una buena catequesis de iniciación cristiana subrayamos en las líneas de acción pastoral del curso pasado.
En relación a ello, quisiera también animaros a pedir a vuestros fieles que guarden la tradición de visitar al Santísimo expuesto en nuestra Catedral cuando se acerquen a Lugo. Es un momento de oración -y de perdón e indulgencia- muy singular, que reafirma nuestra pertenencia al Señor y nuestro ser Iglesia que camina unida en esta tierra. El acceso al Santísimo sigue siendo, por supuesto, libre, no sólo para todos los diocesanos, sino para todos los fieles que deseen orar en su presencia.

Otro aspecto fundamental de nuestra tradición eucarística, particularmente visible también en la celebración de la Ofrenda, es la adoración de Jesús sacramentado, junto con la procesión del Corpus Christi.
Más allá de los gestos personales de fe y devoción, simbolizados bien por la visita al Santísimo, la adoración -ya más organizada- y la procesión tienen una clara dimensión comunitaria y parroquial; son una propuesta hecha a nuestros fieles, una acción que quiere ser visible en las parroquias que tenemos encomendadas. Son, por tanto, gestos públicos, destinados a tener relevancia en nuestra vida pastoral.
La tradición de la adoración es grande en nuestra Diócesis. Existe o ha existido en muchas parroquias, forma parte de nuestra manera de rezar cuando nos reunimos en las más diversas ocasiones.
Quisiera invitaros este año a promoverla de nuevo, de acuerdo con las circunstancias y las tradiciones particulares de cada lugar. Como en el caso de la reserva eucarística, ello no será posible ya en todos nuestros templos parroquiales. Convendría intentar entonces proponer momentos de adoración en aquellas iglesias más adecuadas, en los centros de referencia de las unidades pastorales, en algún santuario, etc.
Ello contribuirá a que nuestro pueblo crezca en la conciencia de la propia fe en el Amor de Dios, revelado en Cristo, y en la experiencia de unidad, de ser comunidad propiamente eclesial, que se encuentra y se reúne más allá de separaciones socio-culturales, haciendo “parroquia” en nuestras nuevas circunstancias.

Conviene igualmente que renovemos y promovamos la procesión del Corpus Christi. La situación de muchas parroquias no permite ya tampoco su celebración en cada una de ellas, a pesar de tener muy profundas raíces. Como para la adoración, será necesario proponer a los propios fieles esta procesión como momento singular y solemne de nuestra vida de Iglesia, reuniéndose y realizándola donde sea más conveniente, por ejemplo en los centros de referencia de las unidades pastorales.
No tiene sentido hacer de la procesión del Corpus motivo de afirmación de las propias particularidades “parroquiales” o “locales“. Es por definición una manifestación pública de la fe y de la unidad del Pueblo de Dios en un lugar, en medio de la propia sociedad. Debemos dar prioridad a estos factores: hacer pública profesión de fe, como urgencia pastoral primera ya para nosotros mismos, pues podemos caer hoy día en la tentación de no considerar la fe tan significativa para la vida como para mostrarla públicamente; y hacer manifiesta a la Iglesia en las calles de nuestros pueblos y ciudades, como una realidad presente que es una propuesta de vida en la caridad y en la verdad.
Procuremos, pues, este año que la procesión del Corpus sea un momento importante para todos nuestros fieles, reuniéndonos en donde sea más oportuno. Ayudémoslos a comprenderla y a vivirla como una experiencia singular de fe y de unidad, como un gran testimonio público de nuestra esperanza.

2. La oración
Cuidar nuestra relación con la Eucaristía y, en particular, algunos de los gestos elementales de devoción a ella, será la ocasión para una cierta reflexión sobre la realidad fundamental de nuestra fe: cómo y en quién creemos.
Ante la eucaristía, tomamos conciencia de la presencia real del Señor, de su cercanía a nuestra vida, de la luz nueva y de la esperanza con la que nos hace mirar todos las cosas, de la unidad profunda de los hermanos que brota de este sacramento.
Pero la consecuencia más inmediata, en que se expresa con sencillez esta nuestra fe, es la oración a la que nos invita: tratamos con quién sabemos que nos ama, hablamos con un amigo fiel (cf. Sta. Teresa de Jesús).
La celebración de la Eucaristía es sin duda forma principal de la oración cristiana; y lleva inevitablemente a rezar, a hablar con este Dios que reconocemos presente, que viene a nuestro encuentro y que recibimos del modo más íntimo y cordial en la Comunión.
Por ello, tras los pasos dados estos dos últimos años en nuestra catequesis, querría insistir ahora en su relación con la oración. La catequesis dejaría de ser parte de la iniciación cristiana si no enseñarse a rezar, a hablar con confianza con el Señor, que sabemos presente y que nos escucha, que está atento a nuestras vidas.
Es necesario aprender a poner la propia existencia, sus necesidades y sus alegrías, en relación con Dios, a pedir su auxilio, a confiar en Él como verdadero Padre, que quiere el bien de sus hijos. De lo contrario, y casi sin querer, educaríamos a los niños y jóvenes a mirar al mundo como horizonte cerrado, a contar solo consigo mismos, en realidad a vivir como si Dios no existiese. Por lo cual, serían luego presa fácil de cualquier forma de espiritualismo o de mesianismo equivocado; o bien, al final, se verían abocados al desconsuelo y la desesperanza ante la falta de sentido.
No podemos ser Iglesia, ni transmitir nuestra fe más personal, si no rezamos juntos, los unos por los otros; si no encomendamos a Dios el bien de nuestra propia vida y las necesidades del mundo.
Por ello, también para mantener vivo y facilitar este acento catequético, dedicaremos este curso la formación permanente del clero a “la oración cristiana”. Nos servirá como instrumento el reciente documento de la Comisión para la doctrina de la fe de la Conferencia Episcopal Española: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo (Sal 42,3). Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana”.

3. Mes Misionero extraordinario

Este curso estará caracterizado también por la convocatoria de un “Mes misionero extraordinario”, que se celebra en este octubre de 2019.
Es una invitación a vivir la dimensión misionera intrínseca a nuestra fe cristiana y a la Iglesia: somos discípulos misioneros.
Este “mes extraordinario”, que se corresponde con el de la celebración del Domund y, para nosotros, con el aniversario del nacimiento de San José María Díaz Sanjurjo, nos hace pensar en primer lugar en la misión “ad gentes”; y así, al mismo tiempo, inevitablemente en la necesidad que tiene el hombre de la fe verdadera, de conocer a su Creador y Salvador, para comprender la realidad y orientar el camino de la propia vida.
Cuando se empobrece la dinámica misionera de nuestra fe, cuando no sentimos la urgencia de comunicarla, debemos preguntarnos si todavía vemos con suficiente claridad su necesidad para nosotros mismos, si la sentimos decisiva para la propia existencia. Aunque también puede suceder, en ocasiones, que nos encontremos atemorizados, con dificultad para “dar razón de nuestra esperanza” (cf. 1P 3,15), para acertar con el modo de comunicarnos con el prójimo.
En todo caso, las actividades de este “Mes misionero”, que propondrá nuestra Delegación de Misiones, nos serán de gran utilidad.
Necesitamos recuperar el aliento católico propio de la actividad misionera, que nos invita a abrir nuestro corazón al mundo y a confiar en la verdad profunda de nuestra fe. Ayudémonos también a hacer más visible la alegría del Evangelio en nuestra sociedad, a salir al encuentro del prójimo con la confianza plena de llevar en las palabras y en el corazón la Buena noticia del Amor de Dios.

4. El Apostolado Seglar

Continuaremos también este año la reflexión sobre el apostolado seglar que iniciamos el curso pasado a propuesta de la Conferencia Episcopal Española, y que culminará en el próximo mes de febrero con un Congreso nacional, en el que participaremos también como Diócesis.
El horizonte propuesto para este tiempo de preparación, de estudio y de oración, por la Comisión episcopal era el de la vocación a la santidad de todo fiel cristiano, de cada uno de nosotros, siguiendo las enseñanzas del Papa Francisco en su Exhortación apostólica Gaudete et exultate.
En efecto, esta es el alma misma del apostolado seglar, del cumplimiento de la propia misión laical en la Iglesia y en el mundo: vivir la perfección del amor -a Dios y al prójimo- en todos los ámbitos de la existencia, en la propia responsabilidad en la familia, el trabajo, la vida social y pública, y también como miembro de la Iglesia. Solo así, con este compromiso profundamente personal que brota de las certezas, la esperanza y el amor del corazón, será creíble el testimonio cristiano y eficaz nuestra presencia en medio de la sociedad.
Esta es la verdadera dinámica de nuestra fe: ser discípulos, que conocen y aman al Señor, que, alentados por su gracia, caminan unidos en su seguimiento; y ser, por tanto, misioneros, haciendo presente la novedad de la caridad y la verdad allí donde se encuentran.
Es propio del seglar vivir en la comunión de la Iglesia, alimentado por la Palabra y los sacramentos; para poder luego ejercer el propio munus profético, hacer manifiesto lo que pide el amor verdadero en cada circunstancia de la vida personal o social.
Necesitaremos de toda la vida de la Iglesia -su magisterio, sus sacramentos, la compañía y el sostén mutuo-, para cumplir nuestra misión, que muchas veces irá en contra de la opinión dominante e incluso de lo políticamente correcto: testimoniar, por ejemplo, la verdad del amor matrimonial, de la defensa de la vida en todas sus etapas, de la justicia herida muchas veces en la relaciones laborales, sociales o políticas, etc.
El apostolado seglar, en todos sus aspectos, también en el ejercicio de sus responsabilidades para con la propia Iglesia, es imprescindible para que el Pueblo de Dios cumpla su misión en estos tiempos, para que su presencia sea perceptible, creíble y fecunda para el bien de los hermanos, de toda la sociedad.
Continuemos, pues, el camino de preparación durante este curso, confiando en que dé frutos duraderos para todos. Y participemos en el Congreso nacional, para enriquecernos con las aportaciones de todos y para crecer en nuestra conciencia de formar un único Pueblo de Dios, de haber sido enviados con una misión evangelizadora decisiva para nuestra tierra.

5. La intercesión de la Madre de la Iglesia

Que la Santísima Virgen María nos acompañe durante este curso e interceda por nosotros. Ella es la expresión más gloriosa de nuestro ser Pueblo de Dios, verdadera Madre de la Iglesia. En ella se cumple con toda perfección la vocación a la santidad propia de cada uno de los fieles, se realiza con sencillez y verdad, sin mancha, el ser discípulos del Hijo de Dios hecho hombre. En ella se realizó plenamente la palabra del Señor: el que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos.
Nos acogemos a su amparo, confiados en que el Señor podrá hacer maravillas también en nosotros, sus discípulos que caminamos en su Iglesia en Lugo; que también por nuestro medio, siervos pequeños y humildes, podrá hacer las obras grandes de la fe y de la misión en el nuevo curso que comenzamos.

1 Papa Francisco, Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania, 29 junio 2019, nn. 3, 5

2 Alfonso Carrasco Rouco, El don de la indulgencia en la Catedral Basílica de Lugo, Lugo 2017