Líneas de acción pastoral. Curso 2018 – 2019

  1. Una llamada personal a la santidad

En este año 2018 recibimos de nuevo una importante “exhortación apostólica” de nuestro Papa Francisco, Gaudete et exsultate, dedicada toda ella a recordarnos que la llamada a la santidad define nuestra existencia, también en la actualidad.

No conformarse con los esquemas del mundo, no acallar el deseo profundo de nuestro corazón, sino saberse llamado a una vida verdadera, plenamente satisfactoria, a alcanzar el fin que Dios ha dispuesto para cada uno de nosotros –la perfección, la santidad– es el deber primero del cristiano, que podrá realizarlo caminando en presencia de Dios, siguiendo a Cristo y en su Iglesia. E igualmente no conformarse con menos que la propia vocación a la plenitud, a la felicidad, no caer en el escepticismo, sino abrazar el designio de Dios para nuestra vida, es también la primera tarea pastoral a la que estamos llamados este curso, sin la cual se esterilizan nuestros esfuerzos y la vida eclesial. En efecto, separados de este interés principal por la vida, ¿qué significado tendrían todavía nuestra palabra y nuestro testimonio, para mí o para nadie?

El gesto moral y la tarea pastoral primera, inseparables entre sí, consisten, pues, en no acallar la propia vocación personal que, para cada uno, en cualquier estado de vida, es siempre una llamada a la santidad. Para ello será necesaria la fe en el Señor Jesús, en su misericordia y su obra de salvación, que nos devuelve la certeza del amor del Padre, nos permite no desesperar de nosotros mismos a causa de nuestros pecados y, así, fundarnos en la fidelidad y la paciencia divinas.

Sería un grave error identificar la santidad con una imagen perfecta o un modelo preestablecido, que sentimos ajeno a nuestra existencia y sabemos que no vamos a realizar. Por el contrario, la llamada a la santidad da consistencia a todo estado de vida –también sacerdotal. A su luz nuestra vida aparece como un camino, que recorremos confiados hacia aquella forma de perfección, de plenitud –de santidad– pensada por Dios para cada uno en particular. La santidad, como llamada que despierta el corazón, es siempre plenamente personal, el fruto de una historia, de un camino hecho en la presencia, en la compañía, con la gracia y la misericordia del Señor.

Nos los recuerda con particular claridad este año la historia extraordinaria de S. José María Díaz Sanjurjo, de quien celebramos este octubre los 200 años de su nacimiento. Guiado por el Espíritu divino, buscó sin descanso la perfección cristiana y se entregó de todo corazón a la misión en las circunstancias más difíciles; como sabemos alcanzó el martirio en el entonces llamado Tonkin central el año 1857. La fe y la pasión apostólica que lo movían, que plasmaron su biografía excepcional y su santidad, son una interpelación a cada uno de nosotros, al afrontar un nuevo curso pastoral: no nos conformemos al mundo, no apaguemos el Espíritu en nuestro propio corazón, corramos valientemente en la carrera que nos toca.

El Papa Francisco insiste especialmente en que la santidad ha de realizarse con la vida entera, en la forma de vida que sea la nuestra y, por supuesto, en medio de nuestro mundo actual. La santidad del cristiano no se refiere sólo a algunas partes de su existencia, a algunas actitudes o actividades más directamente de piedad, sino a la persona de cada uno, a nuestra vida y a nuestra historia; y significa ante todo un gesto de entrega plena de sí, un compromiso de todo corazón con la propia misión en la vida, un amor confiado en Dios, que nos amó primero y nos sostiene en el caminar.

La presencia de cada persona, en la entrega verdadera a la propia misión, no es sustituible por nada. Es el testimonio primero y propio de cada fiel cristiano –también del sacerdote–, que sólo él puede dar, y que resulta imprescindible para hacer creíble el Evangelio en el mundo, para que un gesto pastoral tenga pleno sentido, pueda dar todo su fruto.

Esta prioridad radical de la persona, tan generalmente silenciada en una sociedad que descarta a quien no resulta “productivo” y en la que la dignidad única de cada uno apenas juega papel práctico, está en el centro mismo de la fe del cristiano, que cree en Aquel que lo amó hasta morir por él y que lo llama a una plenitud de vida y de santidad. Éste es también el único fundamento posible de toda pastoral. De hecho expresamos así, en términos propios de nuestra época, nuestra tradición más clásica: ¿no ha sido siempre para la Iglesia criterio principal que salus animarum suprema lex?

 

 

  1. Apostolado seglar

Este reclamo de Francisco a nuestro interés primero resuena para nosotros de modo particular este año en que, en todas las diócesis españolas, por decisión de la Conferencia episcopal, nos prepararemos a la celebración de un Congreso sobre el apostolado seglar hacia noviembre de 2019. A lo largo de este curso también en nuestra Diócesis iremos recibiendo indicaciones y propuestas de trabajo para preparar este Congreso. Así, el apostolado seglar estará este año en el centro de nuestra pastoral diocesana.

La decisión de la Conferencia responde a la conveniencia de detenerse a reflexionar sobre el camino seguido en los últimos años; pero seguramente también a la percepción de la urgencia de la presencia cristiana en la sociedad, en sus diversos ambientes –políticos, culturales, laborales o familiares–, que, en buena medida, es contenido propio del apostolado seglar.

En efecto, aún cuando el magisterio de la Iglesia, de diversos modos, ofrezca orientación a las conciencias de sus fieles o recuerde públicamente a la sociedad la doctrina de la Iglesia –la verdad del Evangelio referida al amor humano, a la justicia y la solidaridad, a las responsabilidades políticas, económicas, etc.–, ello resultaría siempre insuficiente si la enseñanza no fuese confirmada por el testimonio vivido, por el compromiso verdadero, las obras y palabras de los fieles laicos. El apostolado propio de los seglares se muestra así parte esencial de la vida de la Iglesia y de la realización de su misión en el mundo.

En nuestra Diócesis seguiremos las indicaciones y las propuestas de trabajo de la Conferencia episcopal, con la coordinación de la correspondiente Delegación. Por supuesto, por coincidir esta “misión” con la vida misma del Pueblo de Dios, muchas cosas se han hecho ya y se hacen. Por ello, parte del trabajo consistirá, sin duda, en ganar mayor conciencia del significado de nuestras formas de vida cristiana, del testimonio que ofrecen a la sociedad, y, con seguridad, de la necesidad de un proceso de conversión por nuestra parte.

A este respecto, quisiera mencionar ahora, en particular, los movimientos organizados de apostolado seglar que existen en nuestra Diócesis; todos estarán llamados a un protagonismo propio.

Hemos de valorar este año también especialmente nuestros matrimonios y familias, que, con sus fuerzas y debilidades, con sus sufrimientos, son totalmente decisivos para que el anuncio del Evangelio, de la presencia del amor de Dios en el mundo, sea plenamente real. Aprovechemos a este respecto lo que pueda aportar nuestro Centro de Orientación Familiar diocesano, que este año, por otra parte, comienza una nueva etapa, con nueva dirección. Apoyarlo, por parte de todos, es apoyar uno de los contenidos fundamentales del apostolado seglar en el mundo.

Pero igualmente debe considerarse Caritas, así como todas las formas asociativas de preocupación y cuidado de los necesitados. Son, de manera muy principal, expresión del apostolado seglar, manifestación de este amor nuevo y gratuito que viene de Cristo y está realmente presente en la historia para la salvación de todos.

Del mismo modo, el testimonio dado –con frecuencia, arriesgado– personalmente en los desafíos de la vida profesional, laboral o incluso pública de cada uno, así como muchas otras actividades –educativas, catequéticas, asistenciales, etc.– son de modo cotidiano y a veces silencioso lugares de apostolado muy real de los fieles cristianos.

Y no pueden olvidarse tampoco las múltiples formas de colaboración con las que los fieles laicos contribuyen a la vida de las comunidades cristianas y de las parroquias, asumen en ellas responsabilidades propias y colaboran más directamente en sus iniciativas. Pues en todo ello, construyendo la realidad concreta de la Iglesia en medio de la sociedad, no sólo se ayuda a la vida y al apostolado de cada uno, sino que se hace posible además una presencia eclesial pública ante los ojos de todos.

Sobre todo ello podremos reflexionar en el curso que inicia, siguiendo las directivas de nuestra Conferencia episcopal. Aunque alguna de estas actividades conserve una cierta prioridad en las “líneas de acción pastoral” de este curso.

 

 

  1. La prioridad de la catequesis

Este curso seguiremos prestando atención especial a la catequesis. Como sabemos, sin la posibilidad de una educación no llega a realizarse el proceso de la maduración humana. Esta es igualmente la condición para que nuestros niños y jóvenes puedan llegar a ser adultos en la fe, para que ésta no se quede separada de la vida, incapaz de iluminarla e incidir en ella. Del mismo modo, para que sea real y eficaz la dimensión apostólica de la vida de los fieles laicos, resulta necesario también un cierto camino educativo dentro de la comunidad cristiana.

  1. a) Las escuelas de catequistas

Las “escuelas de catequistas” que se hicieron el pasado curso son un paso importante, que conviene continuar; pues nada da fruto sin constancia, que es la prueba del interés verdadero.

En su centro están las personas de los catequistas, que son decisivas para la transmisión y la educación en la fe de niños y jóvenes. Las enseñanzas de Gaudete et exultate nos lo recuerdan: nada se consigue sin el compromiso vital de la propia persona. Para favorecerlo puede ser muy útil el acompañamiento que significan estos encuentros, si ayudan a mantener viva la propia conciencia de cristianos y a caminar como miembros de la Iglesia.

Por otra parte, la escuela de catequistas sigue siendo el lugar idóneo para plantear adecuadamente la tarea en concreto; no sólo la relación del catequista con el sacerdote y la parroquia, con niños y jóvenes, o la coordinación interparroquial; sino también los contenidos a enseñar –catecismos y materiales– y los métodos a usar.

  1. b) la dimensión litúrgica

Este curso conviene insistir en la relación de la catequesis con la parroquia y, más en concreto, con su dimensión litúrgica. La relación con la liturgia implica, por supuesto, la oración; pero significa necesariamente participación en una de las formas básicas de realización de la Iglesia.

Sin la celebración sacramental, la referencia a Dios pierde lo propio de la economía neotestamentaria, del realismo de la Encarnación y de la presencia de Dios-con-nosotros, y tiende entonces a reducirse a la suma de las buenas intenciones y de la religiosidad de la persona. Pero así no se transmite ni se conserva “la fe de nuestros padres”, que sabían de la presencia del Señor en la celebración del sacramento, más allá de las cualidades subjetivas de cada uno. Y se oscurecen aspectos importantes de nuestra experiencia de Iglesia, que no es percibida ya como “nuestra madre”, que nos antecede y en la que recibimos la fe y la gracia, ni como un Pueblo constituido por el Señor Jesús, no por nosotros, y al que pertenecemos.

La relación con la vida litúrgica de la Iglesia en la parroquia es, pues, un factor imprescindible en el proceso catequético, para que el niño o el joven perciba que la fe enseñada se refiere a una realidad presente y concreta, que la relación con Dios nos es dada en modo nuevo por la Encarnación del Señor Jesús.

Por otra parte, esta relación con la liturgia afecta, sin duda, a los padres –responsables primeros de la educación de los niños en la fe– y a otros familiares, cuya participación en las celebraciones añadiría un testimonio importantísimo para los niños, como un verdadero apostolado de los padres para con sus hijos.

Ha de procurarse, por tanto, que la dimensión litúrgica pueda estar presente en la catequesis de todos los niños o jóvenes; por lo que, si las circunstancias parroquiales no lo hicieran posible, sería conveniente modificar incluso el modo en que se ofrece la catequesis en la parroquia o en la zona.

Para profundizar en todo ello, y en los problemas concretos que se presentan en la actualidad, la formación permanente del clero continuará este año la reflexión sobre la catequesis, pero concretamente en relación con la vida litúrgica.

  1. c) la enseñanza religiosa escolar

Quisiera añadir dos corolarios a esta perspectiva general, relacionados ambos con los procesos educativos de niños y jóvenes. En primer lugar recordar la urgencia de la enseñanza religiosa escolar.

Su puesta en discusión en la actual situación política puede debilitar nuestra percepción de su necesidad. Insistamos pues especialmente en la petición de la asignatura. Es hoy día un gesto muy significativo para los padres, para su conciencia y su responsabilidad como cristianos, en primer lugar ante sus hijos, pero luego también ante la escuela y la sociedad entera; será por su parte un gesto, no fácil, de “apostolado seglar”.

Y es importante igualmente que los sacerdotes recordemos a todos el bien que la clase de religión significa. Es obligación nuestra orientar la conciencia de los fieles en cuestiones vinculadas con la fe y la vida del cristiano, y ésta es una cuestión grave; por otra parte, nuestra palabra puede ser útil también a otros que quieran escucharla. Además así recordaremos también a todos la relación intrínseca entre la fe y la razón, que sin duda necesitamos afirmar de nuevo, dada la radical puesta en cuestión por muchas ideologías del significado de la fe para el uso de la razón y el conocimiento de la verdad, para la vida de un hombre inteligente y maduro.

En nuestra preocupación de este año por los procesos catequéticos, tengamos en cuenta esta dimensión escolar, que en nuestra sociedad vuelve a estar explícitamente en cuestión. La Delegación de enseñanza puede ayudarnos en ello.

  1. d) El“Sínodo de los jóvenes” y la JMJ

No podemos olvidar tampoco que este año se celebrará el “Sínodo de los jóvenes” en octubre y la “Jornada mundial de la Juventud” en Panamá el próximo mes de enero. La Delegación de Juventud ha enviado ya alguna información con respecto a ambos temas.

Todos comprendemos la dificultad extraordinaria de ir a la JMJ a Panamá, por la distancia geográfica y por las fechas escogidas, que aquí coinciden con el final del primer cuatrimestre escolar. Aunque no se sumen muchos jóvenes a la propuesta, sin embargo resulta conveniente hacerla, esforzarse por que la información llegue al mayor número. Algún joven quizá pueda ir. Pero, en todo caso, les transmitiríamos así a ellos una propuesta positiva, que habla de posibilidades de vida como jóvenes cristianos, de las riquezas de encuentro y de experiencia, de la apertura de horizontes que implica la fe y la pertenencia a la Iglesia. Así, la JMJ podrá ser, de hecho, ocasión de una cierta pastoral juvenil, de crecer en la certeza de que existe una Iglesia joven, de la que somos invitados a formar parte.

El Sínodo de los jóvenes, por su parte, se celebrará ya este mes de octubre. Siguiendo los ritmos de sus trabajos, tendremos también ocasión de labor pastoral el próximo curso. No podemos ahora, sin embargo, adelantar sus conclusiones. Estamos invitados a seguir con atención su celebración y luego, a su tiempo, sus indicaciones. Para no pasar por alto las contribuciones de este Sínodo, contaremos con la colaboración de la Delegación de Juventud.

En todo caso, estas grandes iniciativas pastorales de la Iglesia universal nos recuerdan la urgencia que sigue teniendo la pastoral juvenil, a pesar de sus dificultades.

 

 

  1. La “Ofrenda de Galicia al Santísimo Sacramento”

Celebraremos este año también el 350 aniversario de la institución de la “Ofrenda al Santísimo Sacramento” por la Junta del Reino de Galicia, respondiendo a una petición del Cabildo lucense.

Esta efemérides no sólo recuerda el significado histórico de nuestra Catedral para el reino gallego, sino sobre todo cuál es el núcleo, el corazón de nuestra fe cristiana, de lo cual la Iglesia en Galicia ha guardado desde muy antiguo clara y explícita conciencia: hic hoc mysterium fidei firmiter profitemur.

Para nosotros, es en primer lugar una invitación a avivar la memoria de la tradición espiritual y cultural propia de nuestra tierra, olvidada a menudo ante la presencia de otras interpretaciones más ideológicas o utópicas. Nos hace reflexionar, luego, sobre nuestra historia, sobre el camino recorrido como Iglesia y sobre el desafío de la evangelización en el presente.

La Ofrenda nos recuerda que la fe cristiana vive encarnada en un pueblo, en formas culturales y religiosas determinadas, renovadas por la acogida del Evangelio. Así ha sido siempre en nuestra tierra, en la concreción de comunidades parroquiales, que desde hace muchos siglos se reúnen en sus iglesias para celebrar los sacramentos, en particular la Eucaristía, y para guardar viva una fe capaz de guiar la vida de cada día y de confirmarnos en la esperanza de la resurrección.

No debemos imaginar hoy que sea posible una transmisión de la fe, una experiencia creyente madura, sin esta referencia eclesial clara, sin este Pueblo muy real, en el que se hace presente lo más universal –el Señor mismo– en nuestra particularidad.

Pensar en evangelizar, trasmitir o conservar la fe comunicando simplemente ideas y valores, pero sin ofrecer este seguimiento, esta pertenencia a una compañía de Iglesia concreta, visible y palpable, es completamente irreal.

Por tanto, volver a construir comunidades verdaderas, fundadas en la fe en Jesucristo, ha de ser nuestra prioridad pastoral primera.

Para ello, debemos poner en el fundamento aquella certeza que tiene su expresión en la Ofrenda y que ha determinado el rostro de nuestra comunidad y de la Iglesia en Galicia desde siempre: tenemos un Salvador, Cristo, que entregó por nosotros todo su ser, su carne y su sangre, para abrirnos el camino de la vida en comunión con Él.

La defensa de la presencia real en el Santísimo Sacramento es, al fin, la defensa de la fe en Jesús: Cristo existe, ha realizado su misión en la historia, nos ofrece la plenitud de la verdad y de la gracia, la paz que el mundo no puede dar, es nuestro Salvador. Sin la comunión en su carne y sangre, nuestra fe y nuestra Iglesia serían otras, no serían plenamente cristianas.

Para muchas mentalidades que nos rodean, sus enseñanzas y sus ideas son suficientes. Nosotros defendemos que necesitamos y tenemos más: compañía y comunión verdaderas, un amor real –humano y divino– que se sacrifica por nosotros, en el que hemos creído y en el que confiamos, manifiesto de modo culminante en la Eucaristía. La Ofrenda, el Santísimo Sacramento expuesto en la Catedral, simboliza precisamente el reconocimiento de una presencia definitiva, de la profundidad de la comunión, la grandeza del don, la cercanía y la humildad de Dios, a quien adoramos y en quien nos gloriamos.

Celebremos pues este año este aniversario de la Ofrenda del Reino de Galicia y procuremos prepararlo adecuadamente. Para todos es cosa propia: es nuestra historia y es nuestra fe.

A todos nos recuerda las prioridades mayores: creemos, gozamos de la comunión en Cristo, y existimos como un pueblo, que incorpora el Evangelio a la vida. Este Pueblo de Dios es una riqueza inmensa para sus miembros y, al mismo tiempo, una propuesta realista del Evangelio para todos, que además, en nuestro caso, se corresponde con las raíces y tradiciones más legítimas de nuestra sociedad.

En la responsabilidad pastoral para con este Pueblo, para con la Iglesia en Lugo y en Galicia, la construcción cotidiana de la comunidad parroquial es nuestra prioridad primera. Así es en las parroquias grandes, pero igualmente en las más pequeñas. Todos hemos de procurar darnos los medios adecuados y hacer lo necesario para que existan y estén cuidados estos lugares de fe, de fraternidad, de caridad, de compañía en la vida, sea en ámbito urbano sea rural. Por otra parte, éste es el verdadero fruto al que están destinadas la Palabra y la Eucaristía, y la labor pastoral: la reconciliación y la comunión con Dios y con los hermanos. En este sentido, hemos de dar prioridad un curso más y continuar con perseverancia la tarea de la reorganización iniciada –que es, en realidad, la reorganización de nuestra tarea evangelizadora.

La especial celebración de la Ofrenda este año de 2019 puede ayudarnos en este camino, el mismo que sigue el Pueblo de Dios en nuestra tierra desde tiempos inmemoriales.

 

 

  1. Santa María, Madre de Dios y de la Iglesia

Pidamos a la Virgen María, que mira con amor grande a todos sus hijos, y preside nuestra Catedral y nuestra Diócesis, que nos ampare y nos proteja en este camino de fe en Aquel que tomó cuerpo en su seno y lo convirtió luego en el instrumento de la vida y de la comunión más plena. Que sepamos honrarlo, no sólo en algunos días y fiestas, no sólo en el Corpus y en la Ofrenda, sino con nuestra vida, personal y comunitaria.

Que nuestra Iglesia, que tiene en la Santísima Virgen una Madre, sea siempre hogar verdadero, casa de comunión. Y que todos los llamados a ejercer alguna responsabilidad pastoral en ella –y los sacerdotes en particular– vivamos siempre en la certeza de haber sido enviados a anunciar la salvación y el perdón, y a servir a la unidad en la fe y en la comunión del rebaño del Señor.