Líneas de acción. Curso Pastoral 2020-2021

1. Un nuevo curso en un tiempo único
Iniciamos un nuevo curso pastoral en unas circunstancias condicionadas todavía profundamente por la epidemia del coronavirus. Estará inevitablemente marcado por la experiencia sorprendente de ver detenerse toda nuestra vida y sus rutinas, por la memoria de lo que ha sufrido mucha de nuestra gente, por la forma en que hemos podido vivir como Iglesia durante el confinamiento, y por los límites y cautelas de la “normalidad” a la que hemos tenido que acostumbrarnos.
Estamos aún muy determinados por la pandemia. Para dar forma buena y adecuada a nuestra vida como comunidad cristiana en el próximo curso, habremos de tener en cuenta lo vivido, pero también las previsibles dificultades de la nueva situación, no sólo las que se derivan de la crisis sanitaria, sino también de la anunciada crisis social y laboral.
En el inicio del confinamiento todos hemos secundado, como primer y elemental gesto, la apelación a cuidar de la vida de los demás respetando las normas sanitarias. Era algo justo y que se correspondía con nuestra responsabilidad como Iglesia: un verdadero gesto pastoral y una exigencia elemental de la caridad. Y así todos nos recluimos en nuestras casas, se suspendió la celebración del culto público y se dispensó de la asistencia a la Misa dominical; pudo dar incluso la sensación de que, a modo de un organismo estatal más, también la Iglesia se ponía “en pausa”. Las consecuencias de este inevitable freno a nuestra habitual actividad todavía las estamos experimentando: aún no se ha roto el “hielo”, reforzado bien sea por el miedo a los contagios, bien sea por la necesaria prudencia de muchos de los fieles de nuestras comunidades, que forman parte por edad o situación médica de los grupos de especial riesgo. Y tampoco la vida pastoral ordinaria ha podido todavía volver a sus ritmos normales.
Estamos, sin duda, ante un tiempo singular y único en la historia reciente de nuestro mundo y de la Iglesia. En este curso, estamos llamados a hacer de este tiempo singular un tiempo nuevo. No porque podamos cambiar las circunstancias a nuestra voluntad –hemos visto con claridad nuestra limitación–, sino aprendiendo de lo que ha sucedido en estos meses difíciles. Y quisiera recordar, en particular, un hecho muy positivo.
En efecto, durante la obligada pausa de nuestras actividades públicas ordinarias, y aunque estábamos recluidos en un confinamiento que dificultaba el encuentro y la relación, hemos visto manifestarse con fuerza la vida cristiana de los fieles, una movilización de cristianos de todas partes, jóvenes y mayores. Y esto, de alguna manera, nos sorprendió; cuando, sin embargo, esta vitalidad ha sido siempre la razón de ser y el fruto propio de toda nuestra tarea pastoral, formativa, litúrgica y caritativa.
La celebración de los sacramentos había cesado, las Misas dominicales e incluso los funerales; estaban suspendidas las fiestas parroquiales y las reuniones formativas; las actividades pastorales se detuvieron. Pero nuestra comunión eclesial encontró caminos para mantener encendida la fraternidad, para posibilitar el encuentro y la compañía, para ayudarnos unos a otros en las necesidades y, en primer lugar, a conservar la fe y cuidar la común pertenencia al Señor. Y nos alegramos de poder recoger así, cuando más lo necesitábamos, el fruto de tanto camino eclesial hecho juntos en nuestras parroquias, de un trabajo pastoral del que a veces nos cuesta reconocer la fecundidad.

2. Siempre juntos en una Iglesia viva
2.1. Nos consoló la fraternidad vivida
Una primera urgencia ante el próximo curso pastoral es tomar conciencia de este aspecto esencial que la pandemia ha puesto ante nuestros ojos casi sin darnos cuenta: el significado decisivo de una comunidad cristiana real, el valor de la vida de las parroquias.
En efecto, la vida de la Iglesia fue nuestro consuelo en medio de circunstancias que ponían a prueba nuestra esperanza. Cuando llegó el momento, nos confortó la fraternidad vivida. Un impulso nacido, al final, de la presencia del Señor mantuvo viva la fe y el vínculo comunitario. Estando atentos al prójimo, cuidando la experiencia de unidad y de cercanía que sostenía a cada uno en la soledad, la enfermedad o las tareas de cada día, creció la esperanza. Lejos de haber sido, de este modo, tiempos de parálisis para la existencia cristiana, en medio de circunstancias difíciles, pudimos entrever la belleza y el bien grande de ser miembros de la Iglesia.
Nuestros sacerdotes permanecieron cerca de sus fieles, celebrando por ellos la Eucaristía, permitiendo a través de los medios de comunicación, con retransmisiones muchas veces diarias, que la unión fuese estrecha a pesar de la distancia. El cuidado de las personas, especialmente de aquellas más solas o necesitadas fue capilar, en muchos casos, y sistemático. Mientras la pandemia se extendía y amenazaba nuestra seguridad, crecía también otra red, la red de la Iglesia, que, al estilo de lo que leemos en el evangelio, sostuvo a todos los peces en la barca a pesar de ser muchos, sin romperse. Ha sido un tiempo de tempestades, pero con nosotros, en la barca, estaba el Señor.

2.2. Ser comunidad real y visible
“… ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por Él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por Él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu” (Ef 2, 19-22).
Ahora, comenzando un nuevo curso entre incertidumbres, nada es más urgente que cuidar de esta “familia de Dios”, de la unidad que hemos visto construirse entre nosotros. No podemos ser comunidad e Iglesia sólo de palabra; ha de ser verdad en la vida de cada día, como ha sucedido cuando nos hemos podido acompañar y preocuparnos unos de otros. Necesitamos ser una comunidad visible, palpable, en la que sea posible vivir, con el aliento, los horizontes y la esperanza de la Iglesia católica entera. De hecho, la Iglesia universal existe realizada en la particular, por ejemplo en nuestra Diócesis; y lo hemos podido percibir cuando las pequeñas comunidades, reducidas a veces a los muros de una casa, se reconocían parte de una vida más grande, hacían propias, por ejemplo, las palabras del Papa Francisco. Nuestra parroquia o comunidad es siempre un grupo más o menos pequeño, pero en ella se realiza el bien más grande; porque es signo e instrumento de la unidad verdadera con Dios mismo y con el prójimo.
Por eso, nunca será objetivo pequeño o secundario que los fieles participen y experimenten la realidad de la Iglesia como comunidad concreta, reunida por el Señor por medio del Evangelio y de los sacramentos. Este ha sido desde siempre el corazón de nuestra pastoral ordinaria; pero en este curso los “signos de los tiempos” parecen invitarnos a darle una nueva prioridad, a que pidamos al Señor y nos esforcemos por hacer posible en cada lugar esta experiencia de fraternidad vivida.
Los mismos sistemas telemáticos, que se utilizaron masivamente para mantener el contacto y la relación, servían también para hacer posible una presencia en la distancia, que era valiosa porque estaba referida a una relación que existía realmente, que vinculaba a las personas en la única familia de la Iglesia. Esta experiencia ha puesto de manifiesto que la presencia virtual resultaba muy útil, y hemos comprendido mejor que puede serlo también en condiciones normales, que debemos desarrollarla más; pero entendimos, al mismo tiempo, que tiene sentido sólo como manifestación de una relación real. Estamos juntos y, por eso, podemos expresarlo virtualmente, cuando las circunstancias no permiten otra forma de presencia o cuando nos parece que podemos enriquecer así la vida común. Por eso, pensando en lo vivido estos meses, intentaremos este año crecer también en este tipo de recursos, que hemos visto buenos y prácticos al servicio de nuestra experiencia de comunión y fraternidad.

2.3. La conversión pastoral de la comunidad parroquial
Volver a vivir la comunidad parroquial en la riqueza de sus relaciones, fundamentada en la fe, es y será decisivo para afrontar los próximos meses y años. A este respecto, puede ser útil la Instrucción publicada recientemente por la Congregación para el Clero: La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia. Insiste detalladamente en la necesidad de relanzar la “conversión pastoral” de las comunidades cristianas, de modo especial de la parroquia, en orden a favorecer “una reforma, incluso estructural, orientada a un estilo de comunión y de colaboración, de encuentro y de cercanía, de misericordia y de solicitud por el anuncio del Evangelio”. Se trata de un texto sobre el que será oportuno trabajar en los próximos meses, por cuanto recoge en buena medida la preocupación que ha animado nuestra reordenación pastoral en los años precedentes.
La Instrucción reflexiona sobre la evolución de la estructura parroquial hasta la actualidad, y defiende que la parroquia está llamada a “acoger los desafíos del tiempo presente, para adecuar su propio servicio a las exigencias de los fieles y de los cambios históricos”. A esta afirmación de su valor perenne añade el documento, de modo convergente con nuestra práctica diocesana en los últimos tiempos, la necesidad de repensar
no solo una nueva experiencia de parroquia, sino también, en ella, el ministerio y la misión de los sacerdotes, que, junto con los fieles laicos, tienen la tarea de ser “sal y luz del mundo” (cfr. Mt 5, 13-14), “lámpara sobre el candelero” (cfr. Mc 4, 21), mostrando el rostro de una comunidad evangelizadora, capaz de una adecuada lectura de los signos de los tiempos, que genera un testimonio coherente de vida evangélica. A partir precisamente de la consideración de los signos de los tiempos, a la escucha del Espíritu es necesario también generar nuevos signos: habiendo dejado de ser, como en el pasado, el lugar primario de reunión y de sociabilidad, la parroquia está llamada a encontrar otras modalidades de cercanía y de proximidad respecto a las formas habituales de vida. Esta tarea no constituye una carga a soportar, sino un desafío para ser acogido con entusiasmo.
En el horizonte está el deseo de promover comunidades cristianas concretas y vivas que sean centros que impulsen cada vez más el encuentro con Cristo, que renueven sus estructuras “tradicionales” en clave misionera. De acuerdo con la advertencia, muchas veces expresada también por el Papa Francisco, de la esterilidad e indiferencia que puede sobrevenir a la mera repetición de actividades sin incidencia en la vida concreta de las personas (léase aquí entre líneas también lo que podríamos llamar una mera “pastoral de conservación” de lo que hay, “de lo que siempre se ha hecho así”), la Congregación anima a retomar los ámbitos esenciales de toda comunidad cristiana: el anuncio de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos -en especial de la Eucaristía- y el testimonio de la caridad. Para ello, detalla extensamente las diversas formas en las cuales se puede organizar la presencia de la Iglesia en el territorio, así como la diversidad de ministerios, servicios y formas de confiar la cura pastoral y la participación en el ejercicio de ella, que involucran a todos los componentes del Pueblo de Dios.
Será necesario, así, que en nuestra Diócesis continúe con determinación nuestro trabajo por la reordenación pastoral en el próximo curso, insistiendo en establecer progresivamente lugares de referencia en los cuales, con toda la “plasticidad” necesaria y con la mayor prudencia pastoral, se garantice una comunidad real que vive y celebra la fe en Jesucristo, que se reúne el domingo y realiza, con pleno sentido, el ser “la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas”.
La situación derivada de la crisis sanitaria, las exigencias higiénicas y de aforo, así como la prudencia debida en las personas pertenecientes a grupos de riesgo –en todas las personas de edad avanzada–, influirán en el modo en que recuperaremos poco a poco el culto público o los ámbitos de encuentro y de formación. Pero la importancia grande de que se conserven formas y lugares de presencia eclesial cercana a nuestros fieles nos obliga a dar prioridad a nuestros “centros” de referencia litúrgica y eclesial, también en la organización de nuestras tareas pastorales, procurando así atender al bien de todos, antes que al particular de algunas personas o familias. Porque la presencia visible de la comunidad cristiana entre las casas de nuestros fieles es indispensable, para poder afrontar los desafíos de la vida, como están poniendo claramente de manifiesto las actuales circunstancias.

2.4. La celebración de la Eucaristía dominical
Hace ya algunos meses que hemos retomado la celebración pública de la Eucaristía y la actividad de las parroquias; y, con fecha del 25 de julio, ha sido levantada ya en nuestra Provincia eclesiástica la dispensa de la asistencia a la Misa dominical, otorgada al inicio del confinamiento. Estamos lejos, con todo, de una situación normal. En todo caso, a partir de lo que hemos vivido, parece evidente que la urgencia pastoral de relanzar la vida de fe cristiana en nuestras comunidades y parroquias se concreta en una primera y decisiva tarea: potenciar la participación activa en la celebración de la Eucaristía, tal y cómo hemos venido haciendo desde hace varios años con la reordenación pastoral.
Los desafíos pastorales a los que nos enfrentábamos en las últimas décadas, con una descomposición notable de la estructura parroquial tradicional, nos habían conducido ya a la certeza de que es urgente reunir de nuevo a nuestros fieles cristianos, procurando dar forma a comunidades que puedan ser una referencia en el lugar, en las que los fieles puedan vivir las dimensiones fundamentales de la experiencia cristiana: la celebración de los sacramentos, la educación en la fe y la caridad.
La actuales circunstancias han vuelto a subrayar, en particular, el valor central de la Eucaristía dominical. Privados de la celebración pública de la Santa Misa durante el confinamiento, nos hemos hecho quizás más sensibles y conscientes del valor que ésta tiene para nuestra vida. Y la constante celebración privada de la Misa por parte de nuestros sacerdotes, junto a las ayudas telemáticas para permitir la cercanía a estas celebraciones, lo testimonian. Nuestra apuesta, conscientes de que nuestra situación pastoral no es la de otras regiones de la Iglesia, sigue siendo la de recordar el valor, la posibilidad, la necesidad y la urgencia de favorecer la participación en la Eucaristía. En la naturaleza de la Iglesia no existe, al final, alternativa posible a la Misa dominical. Sólo la participación en la Eucaristía, sólo la celebración del Misterio Pascual en el Domingo hace la Iglesia. Como indica la mencionada Instrucción,
La celebración del misterio eucarístico es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” y, por tanto, el momento sustancial de la constitución de la comunidad parroquial. En ella, la Iglesia se hace consciente del significado de su propio nombre: convocación del Pueblo de Dios que alaba, suplica, intercede y agradece. Al celebrar la Eucaristía, la comunidad cristiana acoge la presencia viva del Señor Crucificado y Resucitado, recibiendo el anuncio de todo su misterio de salvación.
Recordemos, además, que Lugo ha tenido siempre una misión eucarística singular en Galicia, desde que muy al principio de nuestro camino cristiano, nuestros antepasados colocaron en el centro de la Iglesia principal de Galicia en aquel momento -nuestra Catedral- el signo por antonomasia de la presencia de Cristo en la realidad de nuestra carne. Galicia reconoció la centralidad de la Eucaristía para definir la fe cristiana desde muy antiguo, y generó una tradición eucarística en las parroquias que pervive hasta el presente. Este dato -que recibimos de la tradición y celebramos cada año de modo eminente en las fiestas del Corpus Christi y de la Ofrenda de Galicia al Santísimo- determina y orienta nuestro camino en el presente y en el futuro: la vida cristiana en nuestra Diócesis crecerá únicamente sobre esta identidad eucarística.

3. Una fe operativa en la caridad
Estar unidos en la misma fe y como miembros de una familia más grande tiene una dinámica propia: es caridad operativa. Ahora, tras la experiencia hecha y ante las expectativas que abre el nuevo curso, será particularmente necesario potenciar esta dimensión esencial de la experiencia cristiana.
Sabemos bien, tras los difíciles días de la pandemia, que no podemos fiarnos sólo de nosotros mismos y de nuestra buena voluntad, que se nos agotarían rápidamente las fuerzas y las respuestas. Que la fuente inagotable de la caridad está en nuestra participación en el amor sin límites del Señor, en la plenitud de su entrega al Padre y a todos sus hermanos, en nuestra comunión eucarística con Él.
Recuperar la vida de nuestras parroquias, cuidar en ellas la experiencia de unidad –en la fe y en los sacramentos– hará posible responder a este otro gran desafío del próximo curso: la caridad, el acento puesto en la fraternidad vivida, en la compañía, en la ayuda mutua, consciente, querida.
La comunidad parroquial “es con frecuencia el primer lugar de encuentro humano y personal de los pobres con el rostro de la Iglesia”. Será tarea irrenunciable este año salir al encuentro de las necesidades de nuestras familias, ofreciéndoles soporte y ayuda cuando la crisis, que ya asoma en el horizonte, afecte al trabajo y al sustento. Y ocuparnos de tantas otras situaciones de personas que, apremiadas por el peso de la vida, las circunstancias económicas u otros problemas, esperarán encontrar en la familia de los discípulos del Señor un gesto de aliento y una mano tendida.
Por eso, este curso tendrá prioridad para nosotros la existencia y el buen funcionamiento de nuestras Caritas parroquiales, así como de la diocesana; bien sabiendo que son sólo expresión de todo el tejido de cercanía, ayuda y amor al prójimo que da forma a la vida de nuestras comunidades. En este mismo sentido, será importante seguir apoyando nuestro Comedor San Froilán –que, desde el inicio de la crisis, se enfrenta a necesidades crecientes–, como siempre ha reconocido la fe sencilla de nuestro Pueblo creyente, que hace posible su subsistencia cotidiana, junto con la labor constante y gratuita de las Hijas de la Caridad, de responsables y colaboradores.
También la iniciativa de la que nace el Fondo diocesano Sempre Xuntos ha sido signo de esta misma caridad vivida cercanamente en las parroquias, en particular por los presbíteros. Está destinado a ser apoyo a nuestras Caritas, cuando sus recursos sean insuficientes; pero es al mismo tiempo testimonio de nuestra unidad diocesana, que encontró esta forma de expresión ante los sufrimientos de la pandemia, y por la que debemos dar gracias a Dios. Ya que la caridad es un gesto supremo de la libertad del corazón, nunca es debida ni puede ser obligada, nos asemeja a Dios mismo, que ama al que da con alegría (2Co 9,7).

4. El testimonio de los fieles laicos
En la experiencia de los meses pasados no debe pasar desapercibido otro hecho importante: para vivir como Iglesia la pandemia y el confinamiento, la presencia de los fieles laicos ha sido decisiva.
En medio de las dificultades, los laicos han testimoniado la voluntad de seguir siendo miembros activos de la Iglesia, rezando, participando en las celebraciones como fieles cristianos, cuidando de su fe y de la vida de sus hermanos, y manteniendo así la conciencia de su pertenencia al Pueblo de Dios.
E igualmente muchos laicos han dado concretos testimonios en la sociedad de su ser cristianos, con gestos de entrega y dedicación que nacían de la conciencia de su fe: El sanitario que arriesgaba la vida y se mantenía al lado del enfermo, en la responsabilidad personal con sus tareas; el trabajador de los sectores de la alimentación, que aseguraba el abastecimiento de nuestros mercados, o los transportistas; las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, con su vigilancia y control del cumplimiento de las medidas sanitarias, etc. Y eran laicos también los padres y madres de familia que tenían a sus hijos en la casa y se preocupaban de su bien, los profesores que estaban llamados a cuidar telemáticamente de la formación de sus alumnos… Muchos fieles cristianos vivieron el confinamiento tomando decisiones, trabajando, realizando tareas esenciales para todos.
En esta situación se hizo evidente la importancia que tiene la libertad y el corazón de las personas, sus convicciones profundas. Era una posibilidad real reducir la propia implicación a lo inmediato, buscando la propia seguridad, comodidad o interés. Pero la gratuidad que hemos contemplado, los testimonios que nos han llegado en estos meses, han mostrado otra posibilidad de vida, la que nace de nuestro Señor.
Pues el laico es en primer lugar fiel cristiano: es discípulo, miembro vivo de la Iglesia, y es misionero, apóstol de Jesucristo, enviado al mundo para hacer presente el Evangelio como criterio y forma de la vida, del trabajo y de las relaciones. Este ha sido un modo principal de la presencia de la Iglesia en nuestra sociedad en estos tiempos de pandemia.
En realidad, todo en la Iglesia –los medios de salvación y muy expresamente el ministerio pastoral– existe al servicio de esta única finalidad, hacer posible que cada persona, con su valor irrepetible, pueda participar de la fe y de la gracia, hacer fecunda la propia vida con la entrega del corazón, con gestos y palabras: Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,16). Por eso, ni la actividad pastoral –u otro ejercicio de responsabilidad en la Iglesia–, ni el testimonio cristiano en la sociedad se rigen por criterios de apariencia ni siguen una lógica mundana de utilitarismo y poder, sino siempre la ley de la caridad: el amor y el servicio al prójimo.
Vivimos circunstancias privilegiadas para tomar conciencia de lo decisivo del testimonio cristiano en medio del mundo, sin el cual pierde realismo la presencia y la misión del Pueblo de Dios. No podremos transmitir la fe y salvaguardar su vitalidad, si la separamos de su capacidad de renovar toda la existencia de la persona, sin el testimonio del apostolado seglar. La Instrucción afirma, de hecho:
Hoy se requiere un generoso compromiso de todos los fieles laicos al servicio de la misión evangelizadora, ante todo con el testimonio constante de una vida cotidiana conforme al Evangelio, en los ambientes donde habitualmente desarrollan su vida y en todos los niveles de responsabilidad; después, en particular, asumiendo los compromisos que les corresponden al servicio de la comunidad parroquial.

5. El Año Santo Compostelano del 2021.
El Camino de Santiago, siempre presente en la realidad de nuestra Diócesis, atravesada de punta a cabo por los caminos de la peregrinación jacobea, cobra relevancia singular este próximo curso pastoral, en el que entraremos en el Año Santo Compostelano de 2021. La memoria del Apóstol Santiago ha determinado, junto a la identidad eucarística, el rostro de Galicia a lo largo de los siglos. Ante un nuevo Año Jubilar, el Camino de Santiago es para nosotros este curso un importante reto pastoral.
En su relevancia no es necesario insistir excesivamente. Baste recordar su desarrollo último, lo que significó para la peregrinación jacobea la visita de San Juan Pablo II en 1982 y, sobre todo, la Jornada Mundial de la Juventud de 1989. Desde entonces, hasta la interrupción provocada por la pandemia, hemos visto crecer la peregrinación de año en año, y en particular en los últimos Años Santos.
Las circunstancias en que lo viviremos este año, que probablemente limitarán mucho el fenómeno socio económico, son una invitación a que volvamos la mirada a las razones del camino, a su sentido más original. En el origen de la peregrinación a Santiago está, como es sabido, la “inventio”, el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago por el eremita Paio y el obispo Teodomiro de Iria Flavia, entre los años 812-814, y bajo el reinado de Alfonso II. Esta noticia, de pronta difusión por toda Europa, y la convicción entonces general de la predicación de Santiago en la Hispania Romana -y en Galicia: nótese el altísimo número de parroquias en nuestra Diócesis a él dedicadas- despertaron el movimiento jacobeo medieval como un camino de fe explícitamente cristiano. A lo largo de los siglos, fue tomando forma la peregrinación, tanto en los ritos y en los símbolos como en los itinerarios y las etapas, y el interés que despertó el sepulcro hizo del Camino un factor decisivo en la construcción de la Europa cristiana, como canal de comunicación de las experiencias religiosas, culturales, artísticas e incluso económicas.
Así pues, celebrar un nuevo Año Santo es ante todo ocasión para volver los ojos al Apóstol, que nos conecta con los orígenes mismos de la Iglesia, con Cristo. El único motivo de que Santiago esté enterrado en Galicia es, según venerable tradición, el afecto profundísimo que él tenía por sus discípulos y amigos, por nosotros a los que había traído el Evangelio; es un símbolo de su predicación: estáis en mi corazón, unidos para la vida y la muerte (cf. 2Co, 7,3), según lo aprendido del Señor Jesús que tal había hecho con sus discípulos, a los que amó hasta dar la vida por ellos, dándoles parte en su corazón, en su pasión y su resurrección.
El Señor vino a este mundo para quedarse todos los días, acompañarnos en el camino y prepararnos la morada definitiva. Santiago, unido a Él y enviado por Él, vino a nosotros trayendo esta Buena Noticia, invitando a entrar en la compañía de los discípulos del Señor, cuyos rostros no se perderán nunca, cuyos nombres no se olvidarán. Esto significa también la presencia del sepulcro de Santiago entre nosotros: esta relación, esta amistad verdadera, hecha de rostros, de lugares, de historia concreta, no terminará nunca. Esto es la Iglesia y esto es tener fe en el Señor que ha venido al mundo: participar personalmente en la comunión con Él que el Apóstol ha traído hasta aquí, al finis terrae, como dice elocuentemente también la tradición eucarística de nuestra Catedral lucense.
Aun cuando hayamos de plegarnos a las exigencias de la crisis sanitaria, para nosotros será importante celebrar este Año Santo de 2021; y, si fuese posible, con una peregrinación diocesana –que se anunciaría en su momento– o con otro gesto pastoral.
Porque queremos celebrar que somos una Iglesia que está viva por la gracia de Dios, y también darle gracias por todas las personas a quienes debemos la fe del corazón, por la Virgen María y por Santiago, por quienes nos la han transmitido en nuestras casas y nos han ayudado a vivirla, por nuestra historia, confiando a la bondad del Señor nuestro presente y nuestro futuro.
Queremos celebrar la profundidad de esta comunión, guardar en el corazón esta caridad en la vida y en la muerte. Y no olvidar nunca que esto serían sólo palabras si no se refiriese a personas concretas, con las que vivir las alegrías y con las que o por las que sufrir.
Esto es para nosotros celebrar a Santiago, nuestro evangelizador y el Patrón insigne que el Señor nos ha dado, y esta es nuestra Iglesia. El Año Santo es una invitación a que esta fe apostólica siga viva en nuestros corazones; defendámosla contra sospechas y comprensiones parciales o deformadoras. A nosotros, y a nuestras comunidades, sólo nos interesa la verdad del Evangelio predicada por Santiago, la Iglesia apostólica, que vive de una caridad inagotable, que no cede ni en la vida ni en la muerte; porque está alentada por el Espíritu del que nos amó hasta el extremo y está Resucitado.
Esta caridad es nuestra esperanza más íntima y será también al final nuestra verdadera respuesta a los desafíos pastorales del curso que ahora inicia, que para nosotros no está cargado sólo de incertidumbres, sino también de la paz y de la gracia de Dios.

Mons. Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo