Lineas de Acción Pastoral 2009

 

1. La urgencia de una fe lúcida en el Señor

Confirmarnos en la fe en nuestro Señor Jesucristo es nuestra primera urgencia pastoral. Lo ha sido siempre, sin duda, como testimonia en la vida de la Iglesia la centralidad de la celebración de la Santa Misa y de los sacramentos, y del anuncio de la Palabra de Dios. En nuestra Diócesis de Lugo, esta conciencia se ha expresado además en una antiquísima tradición de adoración eucarística, que caracteriza la forma misma de nuestra piedad y de nuestro ser cristiano.

Los cambios experimentados por nuestra sociedad y, en particular, la fuerte presencia en ella de importantes corrientes de pensamiento de tipo racionalista, con frecuencia decimonónicas, hacen que hoy día nuestra fe se encuentre interpelada, incluso explícitamente desafiada, por una comprensión no cristiana de la existencia. A muchos hoy puede parecer evidente que un hombre adulto no necesita de Jesucristo para vivir; ni, por tanto, de la fe, de los sacramentos o de la Iglesia; y, en realidad, que no necesita de Dios.

Sin embargo, nuestra inteligencia sólo alcanza una comprensión adecuada de la vida, del modo humano de estar en el mundo, de nuestra verdadera manera de ser, cuando es iluminada por la fe. Y nuestro amor es liberado del egoísmo, es abierto a toda la amplitud y profundidad a que está llamado, es hecho fuerte y paciente, cuando es alentado por la caridad del Espíritu.

La experiencia y la tradición cristiana de nuestra tierra muestran que es posible construir matrimonios y familias, casas, vidas, y todo un pueblo sobre la roca firme de la fe en nuestro Señor. Y que sólo en Él encuentra el hombre la misericordia y el abrazo que le devuelvan la esperanza cuando descubre su profunda debilidad, el propio pecado, o se encuentra con el misterio del sufrimiento, de la injusticia y de la muerte.

No podemos minusvalorar o despreciar la vida y la cultura profundamente cristiana de nuestras casas y pueblos, de nuestra propia historia y de Galicia, en nombre de sueños irreales o de utopías ideológicas, cuyas construcciones se derrumban regularmente como edificadas sobre arena.

La armonía de la fe y de la razón, que durante siglos ha hecho posible en nuestro pueblo el madurar de conciencias abiertas a la verdad y a la libertad, puede seguir ayudándonos a sanar las patologías de nuestro espíritu; y hoy, en particular, puede conseguir que nuestros jóvenes y mayores no se dejen llevar por un escepticismo para el que la vida del hombre carece de sentido real.

En pocas palabras, la lucidez de la fe es esencial para nuestro camino como Iglesia, el comprender cada vez más vivamente que en Jesucristo descubre el hombre su vocación, su dignidad y su destino (GS 22). El bien de la persona y de las familias, de las aldeas y de las ciudades, de la historia futura de nuestro pueblo, depende de que construyamos a la luz de Cristo, en comunión con Él.

2. La vida de la comunidad cristiana como objetivo primordial

El medio por el que el Evangelio se transmite en el tiempo es la Iglesia. Objetivo principal de nuestra pastoral será, pues, cuidar y promover la vida de nuestras comunidades cristianas, para que puedan ser lugares de encuentro y focos de transmisión de la fe, de una humanidad renovada en el Espíritu del Señor. A ello se dedica ya, de hecho, lo esencial de la pastoral diocesana, del trabajo de los sacerdotes y parroquias, religiosos y laicos. Y a su servicio está la tarea de todas las delegaciones episcopales, participando cada una a su modo, pero todas unidas en una única misión común.

La programación de cada delegación será, pues, parte esencial de nuestro plan pastoral. Y, de hecho, procuraremos tener en cuenta los momentos esenciales de cada una, para poder vivirlos con la mayor unidad y participación posibles. Cuidemos nuestra comunión como un tesoro precioso; porque no sólo será una ayuda imprescindible en el camino, sino también testimonio ante todos los hombres de la verdad de la fe que nos une, de la acción presente del Señor.

En este contexto, como objetivo peculiar de este año querríamos introducir una reflexión sobre la situación de nuestras parroquias en las actuales circunstancias de cambio social y religioso.

En líneas generales, se propone tomar en consideración el significado de las parroquias situadas en cabeceras de comarca, como punto de referencia y sostén de la vida cristiana y de las parroquias de su zona de influencia, sobre todo rural.

En particular, fijaremos luego la atención en una de las formas esenciales de realización de la misión eclesial: la catequesis, que, junto con la pastoral juvenil y la de enseñanza, configura uno de los ámbitos esenciales de la educación en la fe. Como hemos comentado, éste es un desafío radical presente en nuestra sociedad contemporánea a la vida de la Iglesia.

Volver la mirada a la catequesis podría servirnos para comprender mejor las exigencias pastorales con que se encuentran nuestras parroquias, ejemplificadas en una tarea esencial, y para intentar responder mejor también a la necesidad urgente de educar a nuestros jóvenes en la fe.

Relacionado con este objetivo primario de cuidar y promover la vida de nuestras comunidades cristianas, se encuentra también el trabajo, ya iniciado, de revisión de la distribución de arciprestazgos –y zonas pastorales– en nuestra Diócesis, a fin de favorecer un mejor cumplimiento de su función insustituible en la pastoral parroquial, y que esperamos poder llevar a término este curso.

3. Otros rasgos específicos de la acción pastoral

La pastoral juvenil será otro rasgo prioritario de la pastoral de este año –y del próximo. Por los motivos de fondo que se acaban de mencionar, pero además por lo que nos piden y ofrecen las circunstancias concretas de la vida de la Iglesia en estos años 2010 y 2011, en que celebraremos el Año Santo Compostelano y la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid.

No podemos pasar por alto lo que significan para nuestra Diócesis estas grandes citas eclesiales, que, en su objetividad, nos hablan del camino que está siguiendo la Iglesia universal, y que, por otra parte, convergen tan claramente con las características y prioridades de nuestra vida diocesana. Tanto la pastoral juvenil como la del Camino constituirán pues objetivos prioritarios de nuestra pastoral en este año que comienza.

El anuncio del año sacerdotal por S. S. Benedicto XVI constituye un tercer gran acontecimiento eclesial que, de nuevo, responde a nuestras necesidades más íntimas. Éste será pues el último rasgo específico de nuestras tareas pastorales en este año.

Las acciones y los gestos al servicio de estos objetivos más particulares de este curso serán presentados por sus delegados de manera general. Pero son objetivos diocesanos, que afectan a la vida de toda nuestra Iglesia, y en los que todos estamos llamados a colaborar.

Es bueno recordar, por último, que en la tarea pastoral de la Iglesia son necesarias con frecuencia acciones singulares, provocadas por los acontecimientos de la vida social, nacional e internacional. No podemos dejar de acompañar a nuestros fieles en aquellos desafíos que se plantean a su conciencia en medio del mundo, iluminándolos con la luz del Evangelio. El cuidado pastoral es siempre atención y cercanía a las exigencias de la vida concreta de la Iglesia, no es plenamente programable, sabe que ha de estar abierto a lo imprevisto.

Conclusión: Un testimonio necesario en el mundo

El campo es grande, la mies mucha y los obreros pocos. Roguemos al Señor que mande obreros a su mies, y que todos seamos servidores buenos y fieles, a cualquier hora del día o de la vida en que hayamos sido llamados. Todos nosotros, todo cristiano –y, por supuesto, todo consagrado y todo sacerdote– somos hoy día testigos, más necesarios que nunca, de la verdad y del amor de Dios en medio del mundo.

Podemos dar este testimonio en la paz de una esperanza que no defrauda, porque nosotros mismos hemos conocido el amor de nuestro Señor Jesucristo y hemos creído en él, nos gozamos en la luz de su verdad, sabemos que Él es el verdadero Buen Pastor del rebaño y el Salvador del mundo.

Que la Virgen María, por la que la Palabra divina se hizo presente humanamente en nuestra tierra, interceda por nosotros. Que por su oración seamos guiados por el Espíritu que hizo posible la predicación apostólica en Pentecostés. Y que Ella nos alcance la gracia de mirar a nuestros hermanos y ver nuestra tarea pastoral en aquella luz en que sus ojos abiertos y grandes contemplaban las maravillas de Dios en su Hijo.

Lugo, 23 de septiembre de 2009

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo