La Vida Consagrada al servicio del mandamiento del amor

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo

 

 I. El contexto histórico

 

I.1. Nuevos desafíos históricos

Uno de los “signos de los tiempos” que caracterizan particularmente el camino seguido por la “vida consagrada” en la época contemporánea es la presencia de los institutos seculares. Surgen en momentos de cambio profundo de la relación de la Iglesia con el mundo, que sigue a la caída del Antiguo Régimen y al imponerse paulatino de una mentalidad “racionalista” e “inmanentista”, por hablar el lenguaje del siglo XIX. En efecto, su primera aparición suele situarse en la Europa posterior a la Revolución francesa, que vivía una fuerte puesta en cuestión de la presencia pública de la Iglesia y, en concreto, de sus estructuras monásticas y religiosas.

Estos signos de incomprensión de la vida de la Iglesia eran consecuencia de una crítica radical: ¿por qué existía todavía la Iglesia en la sociedad moderna?¿cómo justificar su pretensión, sobre todo en sus expresiones dogmáticas y en sus formas institucionales?

Se imponía la convicción de que la existencia del hombre y de la sociedad, el establecimiento de la justa relación del hombre con la realidad –con el trabajo y las riquezas, el ámbito familiar y afectivo, la defensa de la propia libertad social y política– había de basarse en la sola razón y en la soberana voluntad de cada uno. Por ello, la “fe revelada”, la “elevación” de la naturaleza humana a “lo sobrenatural”, la “obediencia a los dogmas” –de lo que hablaba la Iglesia católica–, debía ser dejada a un lado a la hora de dar forma a la vida en medio de la sociedad.

La puesta en cuestión se dirigía directamente a la pretensión de presencia institucional de la Iglesia, que era vista como la forma histórica de una voluntad de poder injustificable, expresada además en términos provenientes aún del Medioevo –cuando no, para algunos, del imperio constantiniano. Pero al mismo tiempo era criticada también la existencia de la vida consagrada y monástica, porque pretendería situar la perfección del hombre fuera de la relación con este mundo y sería contraproducente para el desarrollo armónico de la persona –y quizá incluso una realidad parasitaria dentro de la sociedad.

En este contexto, se hace patente la necesidad de que la Iglesia, más allá de las complicadas relaciones institucionales con los Estados, se haga presente en las luchas intelectuales, sociales y políticas de la época a través de los fieles cristianos mismos. Urgidas por las circunstancias, nacen entonces importantes iniciativas laicales –entre las que podemos recordar, por ejemplo, los variados movimientos católicos de naturaleza social que surgen en el siglo XIX en diversos países europeos– y comienzan a aparecer también nuevas formas de vida consagrada, adecuadas a las nuevas condiciones sociales –los primeros “institutos seculares”.

La cuestión a la que se pretendía responder así ya no era, como podía haber sido en el Antiguo Régimen, en qué modo los cristianos cumplían con sus obligaciones para con Dios y la Iglesia y con qué perfección, sino más bien y radicalmente si la vida cristiana como tal podía tener un lugar en este mundo.

 

I.2. Nueva reflexión sobre la Iglesia

Se sintió así la urgencia de reafirmar las coordenadas fundamentales de lo cristiano, su naturaleza íntima y novedosa con respecto a la naturaleza y a los frutos del puro esfuerzo humano. Se sostendrá en primer lugar la novedad de la revelación divina y de la fe con respecto a las posibilidades de la razón natural. En relación con ello, se insistirá en el significado de la jerarquía apostólica –en concreto, del papado– para la defensa de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y para la unidad de los católicos por encima de las fronteras y los poderes políticos: “un solo rebaño y un solo pastor”, como recordará el concilio Vaticano I. Al mismo tiempo, se centrará la atención en la naturaleza de la íntima unión de los fieles con Cristo, pensada como la de un “cuerpo místico”, que prolonga en la historia de alguna manera el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Se profundizará igualmente en la comprensión y se potenciará la misión de los laicos en la sociedad, simbolizada del mejor modo por el crecimiento de la doctrina social –por la encíclica Rerum novarum de León XIII.

Son momentos de cambios grandes, en que crece la conciencia de la Iglesia y de su relación con la sociedad. A principios del siglo XX, R. Guardini podía constatar, como un acontecimiento de alcance incalculable, que “la Iglesia despertaba en los corazones”; mientras el mundo volvía a ser percibido con toda claridad como el horizonte de la misión y del apostolado.

El concilio Vaticano II representa la formulación magisterial solemne de esta percepción cristiana de la historia de la salvación, en la que la Iglesia como un nuevo Pueblo de Dios –constituido por Cristo como un solo Cuerpo en una unidad profunda fundada en la Eucaristía– es enviada “a todos los pueblos” como sacramento de salvación, “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el genero humano”. Los diferentes documentos conciliares despliegan esta misión de la Iglesia en relación con el mundo de hoy, con culturas, pueblos y religiones.

 

I.3. Nueva situación de la vida consagrada

También para la vida consagrada este camino de la Iglesia en los siglos XIX-XX –que algunos denominan “era postconstantiniana”– ha significado un cambio grande.

El Espíritu del Señor desde siempre había acompañado la vida de su Iglesia con dones carismáticos y formas de consagración adecuadas al mejor servicio de su fe y de su apostolado. De hecho, la historia de la Iglesia es testigo de una gran riqueza de experiencia y de una gran variedad de “institutos”, entre los que se cuentan también diversos que comprendieron su misión específicamente dentro del mundo.

La reflexión teológica, sin embargo, estuvo determinada por una comprensión fundamentalmente unitaria de la realidad de la vida consagrada. Se la ha valorado ante todo como “estado de perfección” –conscientes siempre de las decisiones magisteriales contra quienes pretendieron ya en la Antigüedad igualar, por ejemplo, matrimonio y virginidad– y se la ha propuesto como medio adecuado para buscar la santidad a un pueblo que era sociológicamente cristiano, pero que necesitaba este ejemplo y esta interpelación.

Aún sabiendo siempre que los preceptos de la caridad son el horizonte común a todos, se consideraba tradicionalmente “estado de perfección” al de los religiosos, porque podían dejar los bienes de este mundo (a través de los tres votos) para cumplir el mandamiento, amando y sirviendo al Señor con corazón indiviso. De modo que, aunque las afirmaciones dogmáticas no excluían a nadie de la llamada a la perfección, la santidad era percibida como posible en la práctica para aquellos que podían “dejar el siglo”, para “los religiosos”.

Esta interpretación, algo simplista pero ampliamente divulgada, no podía sobrevivir a los grandes cambios vividos por la Iglesia, a la renovada conciencia de su identidad y a la urgencia que se sentía de afirmar el sentido positivo de su presencia en el mundo, de su misión a favor de la justa relación del hombre con la realidad y con Dios.

De hecho, formas nuevas de vida consagrada, destinadas a una presencia y una acción renovadas en el mundo y dentro del mundo, fueron surgiendo en el siglo XIX y sobre todo en la primera mitad del XX. La Iglesia reconocerá explícitamente esta realidad, en particular con respecto a los Institutos Seculares, en la constitución apostólica Provida mater (1947) de Pío XII. La consonancia de este don del Espíritu, la consagración en la secularidad, con las necesidades de la Iglesia, parecía clara, aún cuando estos Institutos hubieran de madurar todavía como realidad y fuese necesario profundizar en su comprensión teológica.

 

 

II. En el horizonte eclesiológico abierto por el Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II significa una renovación de los fundamentos de la comprensión de la vida consagrada en la Iglesia, abriendo caminos que iluminan también la experiencia de los institutos seculares.

El nuevo punto de partida es la integración de todos los miembros de la Iglesia en la comunión y la misión del único Pueblo de Dios, como realidad anterior a toda diferenciación jerárquica o de estado de vida. Ello conllevaba una consideración primera del “estado de perfección” –término recogido aunque poco usado por el Concilio– como integrado también en el Cuerpo de la Iglesia; es decir, compartiendo la común dignidad ontológica, en la acción y en el destino de todos los fieles, y, por tanto, participando de la misión única del Pueblo de Dios en la historia. Estas perspectivas conciliares encontrarán su expresión en el capítulo de LG dedicado a la vocación universal a la santidad en la Iglesia, que introduce al dedicado a la reflexión conciliar sobre los religiosos.

Es necesaria, pues, una reflexión especial sobre lo propio de la vida consagrada, que aúne la afirmación fundamental de la común dignidad de todos los fieles –enraizada en el bautismo, la confirmación y la participación en la Eucaristía– y, por tanto, la llamada universal a la santidad, con el pleno reconocimiento del indudable don del Espíritu –el carisma– por el que se da en la historia la llamada y la misión específica de la vida consagrada.

 

2.1. Una perspectiva tradicional

Santo Tomás de Aquino, guía en la reflexión tradicional sobre esta cuestión, cuya doctrina resuena también en el Concilio y hasta la actualidad, partía sin vacilaciones de la afirmación nítida de la llamada de todos los cristianos a la perfección en el amor. La caridad (el “vínculo de la perfección”) no es un consejo, sino precepto para todo cristiano; es el único camino para la salvación.

“En sí misma y esencialmente la perfección de la vida cristiana consiste en la caridad … Y el amor a Dios y al prójimo no está bajo precepto sólo en alguna medida, de modo que quedara algo que sería más bien objeto de consejo, como muestra la misma formulación del precepto … Y así es patente que la perfección consiste esencialmente en los preceptos.”

En este contexto integra Tomás el don de los “consejos evangélicos”: “y en esto [la caridad] consiste la perfección de esta vida, a la que somos invitados por los consejos”. Los consejos nos invitan, son instrumentos para la perfección; porque, en su desprendimiento de las cosas de este mundo nos recuerdan la necesidad de amar a Dios de todo corazón. Y, de hecho, nos dice, “se ama más intensamente a uno cuanto más se deja a muchos” y “tanto más perfectamente el alma humana se dirige a amar a Dios, cuanto más deja el afecto por las cosas temporales”.

En efecto, es imposible amar desordenadamente las riquezas, no ser casto, no obedecer a la voluntad divina y llegar a la perfección en el amor. Los tres consejos son medios para realizar más fácilmente este necesario desprendimiento de los bienes del mundo. No son imprescindibles, pero resultaría dificilísimo llegar a la perfección del amor sin ellos; no sería imposible, por tanto, pero sí presuntuoso.

Véase la respuesta de Tomás a la objeción derivada del matrimonio y de las riquezas de Abraham, el cual, sin embargo, era justo: “Él tenía tanta perfección de virtud en su mente, que ni por la posesión de las cosas temporales ni por el uso del matrimonio su mente faltaba al perfecto amor a Dios. Sin embargo, si alguien que no tiene tanta virtud en la mente quisiera llegar a la perfección poseyendo riquezas y usando del matrimonio, se convencería de haber errado presuntuosamente teniendo en poco los consejos del Señor.”

A partir de estas enseñanzas de santo Tomás, podemos sacar dos conclusiones: para todos los cristianos, el punto de partida y el verdadero fin es la caridad, el amor en la perfección; a ello sirve, y es muy necesaria, la vida consagrada según los consejos evangélicos.

Sin embargo, aunque Tomás no indique aquí otras perspectivas, no puede concluirse sin más en una quasi imposibilidad práctica de vivir la caridad para los fieles cristianos que no adopten el camino del abandono del mundo, entendido como la profesión de los consejos. Semejante perspectiva sería un impedimento para la inteligencia de la vida consagrada hoy día, dada la renovada comprensión del ser de la Iglesia y de su estar en el mundo, madurada en diálogo con los grandes desafíos planteados a la fe cristiana en los siglos XIX y XX.

Se correría además el riesgo, visible particularmente en los institutos seculares, de entender la vida consagrada de nuevo según el modelo de la fuga mundi o de asimilarla a la misión del fiel laico con olvido de la propia especial consagración.

 

2.2. Llamada universal a la santidad y consejos evangélicos

El parágrafo final de LG 42 puede introducir en la justa perspectiva para comprender en positivo el significado de los consejos evangélicos para los fieles todos, llamados, cada uno en su estado, a la santidad.

“Todos los fieles cristianos, por tanto, están invitados y han de buscar la santidad y la perfección de su propio estado de vida. Todos, pues, atiendan a dirigir rectamente sus afectos, para que el uso de las cosas del mundo y el apego a las riquezas no les impidan, contra el espíritu de la pobreza evangélica, la búsqueda de la caridad perfecta, según la advertencia del Apóstol: los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él, porque la figura de este mundo pasa (cf. 1Co 7,31).”

Lumen Gentium habla, pues, de un “espíritu” de los consejos –concretamente, de la pobreza evangélica–, que todo cristiano está llamado a vivir y sin el cual no sería posible la verdadera perfección cristiana, la santidad. Es una afirmación fundamental, que puede abrir todo un horizonte de comprensión.

Esta enseñanza conciliar implica, en efecto, que los consejos –que se profesan en la vida consagrada–, según su espíritu propio, son manifestación intrínseca de la caridad, de su dinámica radical y de su fuerza transformadora. Esto excluye que se los pueda comprender como fruto de la sola iniciativa humana, como si fuesen ante todo expresión de la voluntad moral del individuo, que busca alcanzar la perfección por medio de su esfuerzo. Los consejos evangélicos tienen su origen en la gracia de una presencia del Señor y de una llamada suya; es decir, en un don primero del Espíritu, que hará posible la radicalidad de una respuesta que quiere ser dada de todo corazón.

La mera voluntad moral de la persona es, por tanto, un horizonte insuficiente para la comprensión de los “consejos” y puede conllevar una reducción peligrosa, cuando olvida la primacía del amor de Dios, en que el Espíritu dona participar. El esfuerzo ascético que implica la profesión de los consejos no está destinado a conseguir este don del Espíritu, sino a responder a su gracia y a crecer en ella.

Los consejos sirven, pues, para que se viva y se manifieste en el mundo la caridad verdadera; porque su “espíritu”, su dinámica profunda, pertenece intrínsecamente a la perfección en el amor, a la santidad.

Para poner de relieve mejor el significado de esta perspectiva teológica conciliar, puede ser útil la comparación de nuevo con un lugar muy expresivo del pensamiento de S. Tomás de Aquino a este respecto, su tratado sobre la “ley nueva”, la ley propiamente “evangélica”, que rige la vida del todo cristiano.

Planteándose la cuestión de los contenidos de la “ley nueva” –que ha definido como “la gracia del Espíritu Santo, dada por la fe en Cristo”–, observa Tomás que contiene preceptos, que son dados con respecto a lo que es necesario para alcanzar la felicidad eterna; así como también consejos, que se refieren a lo que posibilita al hombre alcanzar mejor y más fácilmente su fin. Explicita el sentido de estos últimos, en particular, a partir de la relación con los bienes de este mundo.

“Mas, para llegar a ese fin último, no es necesario desechar totalmente las cosas del mundo; ya que el hombre puede llegar a la bienaventuranza eterna usando de ellas, con tal de que no las constituya en su fin. Pero llegará de modo más expedito abandonando totalmente los bienes de este mundo. Por ello, dan sobre esto consejos los Evangelios”.

Subraya Tomás así la utilidad que los consejos tienen para aquellos que los profesan –llegarán más expeditamente–; pero no explicita su relación con quien es cristiano y vive en el mundo. Sin embargo, comprender esta relación no es sólo una urgencia propia del particular momento que vive hoy la Iglesia, sino que resulta necesario para entender plenamente por qué “son dados los consejos evangélicos”, evitando reducirlos a una forma de abandono del mundo.

Esta tendencia, a la que puede dar pie, por ejemplo, una lectura unilateral de los textos tomasianos, es corregida por la enseñanza de LG 42, que, al hablar del “espíritu” de los consejos, los pone en relación con la dinámica intrínseca de la caridad perfecta a la que están llamados todos los fieles cristianos. Favorece así el Concilio, al mismo tiempo, la percepción de la dimensión propiamente eclesial de este “estado de vida”, confirmando que ninguna gracia del Espíritu es dada, ni es bien comprendida, en provecho exclusivo de quien la recibe. Tampoco el “estado de perfección” sirve en exclusiva a la santificación personal de quien profesa los consejos.

Así pues, con la “forma” de su vida –hecha posible por un don especial del Espíritu–, con su propia existencia, las personas consagradas cumplen una misión de gran importancia, haciendo manifiesta a la Iglesia y a todo fiel la radicalidad de la caridad, así como su capacidad de renovar –según la dinámica del Reino– la relación con el mundo, con todas las cosas. Son signo visible e instrumento adecuado, querido por Dios, para testimoniar la presencia de su Amor sin límites, reconocido y acogido de todo corazón; es decir, para hacer posible a todos los fieles comprender y crecer en la experiencia de la caridad, sin olvidar o reducir sus dimensiones, constitutivas de la vida y de la santidad cristiana.

 

 

2.3.La vida consagrada al servicio del fiel cristiano

La perfección de los consejos atañe, por tanto, a todos los fieles cristianos; es decir, al miembro del Pueblo de Dios, al christifidelis como tal, que somos todos, con igual dignidad y destino, llamados a vivir la entrega en el amor como la forma de la propia santidad personal.

“Por tanto, el estado de vida constituido por la profesión de los consejos evangélicos, aunque no atañe a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo, inconmutablemente a su vida y santidad”

La vida consagrada no se sitúa, pues, ni puede ser bien entendida a partir de la polaridad jerárquica “clérigo-laico”, que está determinada por el sacramento del Orden y subraya el significado constitutivo del ministerio apostólico.

La profesión de los consejos evangélicos, en efecto, no consiste en la celebración de ningún sacramento, y puede ser hecha tanto por fieles que hayan recibido el Orden sacramental como por los que no lo han recibido. Esta especial consagración atañe a la vida y a la santidad tanto de clérigos como de laicos; no introduce una diversidad en la estructura sacramental de la Iglesia, pero sí una “forma”, un “estado de vida” diverso de unos y otros.

En este sentido, no sería acertado tampoco el intento de buscar los principios de comprensión de la vida consagrada en una presunta polaridad –con base en la enseñanza conciliar– entre “dones jerárquicos” y “dones carismáticos”, que serían como los dos pilares con los cuales el Espíritu Santo “construye y dirige” a la Iglesia; como si los “carismáticos” pudiesen ser una forma de acceso a la vida en Cristo de algún modo alternativa a la vía ordinaria que significarían los “dones jerárquicos”.

El texto conciliar no busca establecer un paralelo entre ambos dones, sino poner de manifiesto la riqueza y variedad de la acción del Espíritu, a quien refiere toda la vida y la unidad de la Iglesia. Subraya así la presencia del Espíritu en los “dones jerárquicos”, que podría ser menos percibida que en los “carismáticos”; y afirma igualmente la existencia de éstos, a través de los cuales el Espíritu edifica también la Iglesia.

Los “dones carismáticos” no se sitúan, por tanto, en contraposición con los “jerárquicos”; sino que, como aclara el mismo Concilio, son dados a todos los fieles –también a los clérigos–, para testimoniar en radicalidad la vida y la santidad cristiana. Del mismo modo, la referencia al ministerio jerárquico, a su significado estructural para la constitución de la Iglesia, es válida para todos los fieles siempre, y también cuando gozan de carismas, grandes y pequeños, y de la variedad de dones del Espíritu.

Conviene, pues, evitar releer la afirmación conciliar sobre los dones “jerárquicos y carismáticos” como el establecimiento de una cierta polaridad “jerarquía/carisma”–en contraposición con el conjunto de la enseñanza de LG. Dificultaría mucho la integración eclesial y la comprensión de la vida consagrada –fundamentada en el carisma– y, en el fondo, estaría haciendo eco a la vieja contraposición “carisma-institución” típica de mucha teología protestante, que ha negado el significado constitutivo del ministerio jerárquico para la Iglesia.

Por otra parte, intentar comprender el estado de vida “consagrada” en referencia de un modo u otro a la polaridad jerárquica, constitutiva de la estructura eclesial, introduce paradójicamente el riesgo de clericalizarlo; porque tendería a aparecer entonces como un grupo particular dentro de la Iglesia –asimilado, al final, al clero–, caracterizado por una cierta especialidad en la experiencia religiosa, que no sería propia de todos y que lo alejaría de la presencia de los cristianos en el mundo.

La vida “según los consejos” no ha de ser comprendida, por consiguiente, en contraposición con el “sacerdocio ministerial”, sino en relación con el “sacerdocio común”, que tiene su fundamento en el bautismo y que ejerce todo cristiano como tal, buscando la perfección en la caridad en cualquier estado de vida o misión particular.

El testimonio profético de la vida consagrada ilumina precisamente el significado vivo de la “consagración bautismal”, es decir, de la existencia del cristiano y de su misión en el mundo, en el que está llamado a vivir y testimoniar la radicalidad de la fe, confrontado además a formas culturales muy contrarias a la dinámica de la verdadera caridad, de la perfección en el amor a Dios y al prójimo.

“… la vida consagrada aviva continuamente en la conciencia del Pueblo de Dios la exigencia de responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu Santo, reflejando en la conducta la consagración sacramental obrada por Dios en el Bautismo, la Confirmación o el Orden … La vida consagrada, con su misma presencia en la Iglesia, se pone al servicio de la consagración de la vida de cada fiel, laico o clérigo.”

 

2.4. Bautismo y especial consagración

Aunque la plenitud de la caridad, descrita particularmente en el Discurso de la Montaña, es el precepto primero y decisivo para la santidad y la salvación de todo fiel, se trata, sin embargo, de un amor que, desvelando la verdadera dignidad y destino del hombre, sobrepasa sus fuerzas y sólo es posible por la gracia divina.

Por eso, tanto la llamada al seguimiento de Cristo como la respuesta en la fe es, en primer lugar, un don, un acontecimiento de comunión, un entrar en la unidad con el Señor y participar de su Espíritu. Esta es la naturaleza misma de la “consagración bautismal”, que, en su género, no puede ser superada por otra de mayor radicalidad. La especial consagración en la profesión de los consejos evangélicos sólo puede ser manifestación igualmente de este “ser-en-Cristo”, forma peculiar de respuesta al don fundamental de la pertenencia y la comunión con Él.

“Envió a todos el Espíritu Santo, para que los mueva interiormente, de modo que amen a Dios de todo corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas sus fuerzas, y se amen unos a otros como Cristo los amó. Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en mérito a sus obras sino a su designio y a su gracia, y justificados en el Señor Jesús, por el bautismo de la fe son hechos verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y por ello realmente santos.”

La consagración bautismal, en la que nace la “nueva criatura”, es signo e instrumento del amor de Dios, de una “participación” radical en Cristo, en la vida nueva del Espíritu.

La consagración en el “estado de perfección acquirendae” , en la docilidad a un don “carismático”, es igualmente memoria viva y testimonio público, ante la Iglesia y en el mundo, del amor de Cristo; porque es ante todo respuesta personal al Señor de todo corazón, con toda la memoria, inteligencia y voluntad. Del mismo modo, la asunción de los “consejos evangélicos” es presentada ya por el NT como un respuesta de amor y de obediencia a la llamada del Señor Jesús a su seguimiento, y no puede ser bien comprendida de otra forma.

La vida en “especial consagración” no se define, pues, negativamente, como un esfuerzo ascético que intentaría dejar atrás los bienes y las realidades de este mundo como camino para alcanzar a Dios–una negación o fuga mundi. Es, por el contrario, confesión de haber sido alcanzado por el Señor y signo e instrumento de la pertenencia a Él, como definición radical de la propia vida y destino, que sitúa al fiel en la historia de modo nuevo.

Una existencia así consagrada, con la profesión de los consejos, será ante todo y en primer lugar un testimonio de la naturaleza radical del ser cristiano, del “estar en el mundo” pero “no ser del mundo”, propio del discípulo del Señor. De este modo sigue realizándose en el presente la dinámica de la Encarnación, a cuya misión sirve la Iglesia y desde la que ha de comprenderse también específicamente la vida “consagrada”: como Jesús no proviene del mundo, pero es enviado a él para salvarlo, así su discípulo –el fiel cristiano– no pertenece tampoco al mundo, sino al Señor, que lo envía como testigo suyo a todas las gentes.

“Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. “ (Jn 15,18-19).

“Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo” (Jn 17,14-18).

“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cual es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12,1-2).

“Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio … Así pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1Co 3,18.21-23).

“Digo esto, hermanos, que el tiempo es ya corto. Por lo tanto, que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran … los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él; porque la figura de este mundo se pasa” (1Co 7,29-31).

El mismo Nuevo Testamento presenta, pues, insistentemente la realidad de esta vida o criatura nueva, poniendo de manifiesto tanto su fundamento en la pertenencia a Cristo, como sus consecuencias para la experiencia del ser cristiano, que vive en relación con el mundo.

Este es el marco fundamental en que ha de comprenderse también y específicamente la nueva relación con Dios y con el mundo que distingue a la vida consagrada. Con la profesión de los consejos, la persona consagrada testimonia explícitamente que “el siglo” no constituye para el cristiano el horizonte de su existencia –y es testigo así del Reino escatológico–; pero no huye del mundo, sino que define su relación con él –con lo secular– a partir de la pertenencia a Cristo y de la participación en su amor salvífico, que se profesa radicalmente como la forma propia de la vida.

 

III. Testigos en la Iglesia y en el mundo

3.1. Llamados a ser y a amar con radicalidad

La vida consagrada es, en primer lugar, testimonio de la presencia real del Señor Jesús, que hace posible un seguimiento radical en el amor. Ofrece así en el mundo actual un testimonio primero y fundamental: el hombre, que se busca a sí mismo por mil caminos, que ha creído en mil ideologías y que, desengañado, cae hoy a menudo en una escéptica negación de sí, persiguiendo incluso el olvido o el vaciamiento de la propia persona, sólo se ilumina en la relación de amor que Jesucristo hace posible también aquí y ahora.

Hace manifiesto, por tanto, que el camino de la vida no se encuentra en el individualismo o en el aislamiento, sino en la relación, el amor y la comunión; que no consiste en la voluntad de anularse a sí mismo, incluso con esfuerzo titánico, sino en responder y poner todo el propio ser a disposición del Amado, para seguirlo a donde vaya.

Se ilumina así el sentido de la existencia, sin necesidad de censurar la peculiar paradoja característica de la experiencia humana, la de existir en el mundo sin que éste baste realmente –porque no da razón del propio ser, ni resulta suficiente para responder a las exigencias de realización de la propia vida. Pues se hace posible afirmar que la plenitud se halla sólo en el Dios infinito sin negar en absoluto el valor de la propia vida en la tierra, ni la consistencia y el significado de las realidades creadas.

De esta manera, se ofrece al mismo tiempo un testimonio de la dignidad de la persona y de su vocación en la historia, una afirmación especialmente necesaria en nuestra cultura actual, que pone en cuestión o no cree ya en el valor radical de la libertad, de la vida o de la conciencia humana; es decir, que reduce o degrada el significado de la existencia individual.

Por otra parte, la profesión de los consejos evangélicos no sólo testimonia la posibilidad, sino que recuerda la urgencia de ser y amar con radicalidad, renovando la relación con todas las cosas. Se presenta como un “camino de perfección”, recordando que hace falta un trabajo, guiado por una experiencia viva del Evangelio –que es un don del Espíritu–, y un esfuerzo paciente, que sólo realiza el amor y la esperanza verdadera.

Todos los fieles cristianos necesitan el testimonio de esta caridad radical; a todos urge verla realizada y posible en este mundo, experimentar sus dimensiones intrínsecas de virginidad, pobreza y obediencia. Todos necesitan avivar siempre de nuevo la memoria de la propia vocación a la santidad. Pues la llamada a la perfección en el amor resulta ser siempre una novedad tan radical, que fácilmente es olvidada cada día también por el cristiano; más aún, al vivir muchas veces amoldados a las “formas de este mundo”, esta vocación divina a la caridad llega a no ser entendida, incluso a no ser creída o a ser directamente negada –quedando quizá sólo como presentimiento de una plenitud a la que no se tiende ya realmente en la vida.

La existencia de los consagrados se convierte así en la afirmación profética de la “vida nueva” a la que el cristiano está llamado en el mundo; es decir, de cómo el reconocimiento del amor del Señor y la pertenencia a Él, la fe y la caridad, son realmente el camino para la justa relación con la realidad. Ofrecen de este modo una respuesta viva a aquellas interpretaciones modernas del cristianismo que ven la fe separada de la vida, innecesaria para estar en el mundo. Se trata de un desafío radical, que sigue siendo actual y que, dramáticamente, llega incluso a determinar la conciencia de los cristianos, que pueden relegar la fe al ámbito de lo privado, del sentimiento íntimo, sin reconocer en la pertenencia a Cristo el principio de una experiencia humana renovada, que tiende a construirse en todos los aspectos, también en el ámbito de lo secular, según la dinámica de la caridad evangélica.

Un servicio semejante a la existencia de los fieles no podía hacerse sólo de palabra, sino por el testimonio encarnado en la vida, por personas y rostros concretos que hacen presente la novedad profunda de una humanidad cambiada por el encuentro con el Amor del Señor y que quiere seguir de todo corazón, dócilmente, su Espíritu.

La presencia de la persona consagrada es, pues, forma concreta escogida por el Señor como signo e instrumento de Su amor para todo fiel, para que cada uno perciba y viva la grandeza de su vocación. Se verifica así de nuevo, con respecto a la llamada universal a la santidad, el método introducido por Dios con la Encarnación: no es posible testimoniar e invitar a la radicalidad del amor sin la presencia real y cercana, sin el encuentro, la compañía hecha posible por la entrega de sí del enviado del Señor.

 

3.2. Al servicio de la experiencia cristiana como tal

La vida consagrada, en sus muchas formas, activas y contemplativas, actualiza de modo profético las diversas dimensiones de la caridad intrínseca a la vida de los fieles y a la Iglesia, es decir del precepto fundamental de amar a Dios de todo corazón y al prójimo como Él nos amó. Por ello, será siempre un testimonio de amor a Dios y a su Hijo Jesucristo, en los diversos aspectos de su misión en la tierra y especialmente en el don de su Cuerpo y de su Sangre: en la oración o la predicación, en el amor a la Escritura y a la Eucaristía, en la intercesión y la adoración al Padre, etc. Y, al mismo tiempo, hará manifiesto también en la historia de muchas maneras, según las necesidades de cada época, el significado de compartir el amor del Señor al mundo, recordando a toda la Iglesia la dinámica verdadera de su misión para con los hombres de su tiempo.

De esta manera, en todas sus diferentes expresiones, la vida consagrada está en relación intrínseca con la experiencia cristiana elemental, propia de todo fiel bautizado. Los institutos seculares, en particular,gracias a la intuición –el carisma– que los ha hecho nacer, expresan si cabe más directamente esta relación con la experiencia cristiana como tal, la de quien ha reconocido la presencia del Señor, lo ha amado y quiere seguirlo con toda la propia existencia en medio del mundo, en todos los aspectos en que se despliega su vida dentro de la sociedad.

Esta relación íntima, de algún modo reciproca, entre vida consagrada y existencia cristiana, parece ser confirmada por el ejemplo de algunos grandes “movimientos eclesiales” recientes, donde el ser cristiano es vivido en el mundo con conciencia clara y donde al mismo tiempo crece el número de los que se sienten llamados a una consagración especial vivida en la secularidad y surgen nuevas formas de vida consagrada. Mientras que, paralelamente, la disminución de la experiencia cristiana, de la capacidad de vivir la propia fe en Cristo en nuestra sociedad, en relación con todo lo que es secular, por parte de los cristianos hoy día, puede explicar en cierta medida la disminución también de la vida consagrada y, en particular, de los institutos seculares.

Allí donde se acepta que la fe no transforma la relación con la realidad y la realización de la propia vida en el mundo –porque basta la sabiduría y la fuerza humana–, disminuye la conciencia de la novedad de la propia experiencia cristiana y, paralelamente, la percepción del sentido de los consejos evangélicos.

Precisamente por ello, el testimonio que ofrece esta nueva forma de vida consagrada parece especialmente necesario y actual: aunar consagración y secularidad, poner de manifiesto cómo la entrega de todo corazón al Señor hace posible la presencia en lo secular con una humanidad renovada. Son signo así en medio de la Iglesia de la fecundidad propia de la fe de todo fiel, y motivo de esperanza en una sociedad que siente con urgencia la necesidad de una renovación de la vida prácticamente a todos los niveles.

 

3.3. La vida contemplativa como ejemplo

El ejemplo de otra de las grandes formas de la vida consagrada, la contemplativa, puede servir para verificar muy brevemente la pertinencia de este horizonte de comprensión.

Se trata además de la expresión de vida religiosamás directamente sometida a discusión en nuestra cultura. Es fácil ver en ella el símbolo de un cristianismo ajeno a la vida y a la sociedad o, si acaso, entenderla como un esfuerzo quizá al modo oriental”– de cortar el nexo con todas las cosas y dejar atrás la propia individualidad, para identificarse con lo divino.

Sin embargo, la vida contemplativa no consiste para el cristiano en el esfuerzo ascéticode encerrarse en sí mismo y de cortar los lazos con la realidad, buscando el “más allá” de un Dios separado. Al contrario, está radicalmente determinada por la autocomunicación de Dios al hombre, que lo invita en Jesucristo a una amistad y una participación en su vida, a la comunión en el único Espíritu Santo. Aparece como fruto de una fe que no induce a la persona a negar el valor de su existencia en el mundo, sino a reconocerse querida e interpelada en su singularidad propia por el amor más radical, el de Quien va hasta la muerte por tu libertad y tu vida.

Será, pues, característica primera de esta forma de vida consagrada contemplar con estupor agradecido la belleza del Señor, su amor inmenso, y responder en la fe y en la entrega de sí, buscando sistemáticamente no anteponer nada a Jesucristo(S. Benito).

De este modo, la vida contemplativa es, sin duda, cumplimiento del mandamiento nuevo del amor, que el Señor dio a todos sus discípulos. Un amor que sigue al Amado de todo corazón, que cumple sus mandatos con todo el ser y con todos los haberes de la persona, que ordena y orienta los propios afectos y energías. En esta dinámica profunda florecen los tres votos de la vida consagrada: pobreza, castidad y obediencia.

En todo ello nada implica desprecio o abandono de la realidad, de la creación que el Señor vino a salvar. Al contrario,los contemplativos, participando dela caridaddel Señor, procuran amar como Él nos ha amado y son radicalmente misioneros, colaboran con la entrega de toda su vida, para que el mundo encuentre en Él la salvación.

Esta positividad profunda ante la realidad, que se comprende como destinada a entrar en relación con Dios, es afirmada así también con respecto a la propia persona del contemplativo, que es queridahasta el fondo por el Señor y que recibe de Él un protagonismo radical en el corazón mismo del destino del mundo, a pesar de la apariencia humilde del convento.

La vida contemplativa cumple con ello una misión profética, ya que recuerda con su existencia misma la prioridad radical de la relación con Dios, del amor de y a Jesucristo como verdadero camino para alcanzar la Verdad y la Vida. Y manifiesta a todos que la vida está llamada a ser una historia de amor, un diálogo que se realiza a lo largo de la existencia, en el que la persona se reconoce radicalmente amada por el Señor y aprende a caminar en la caridad y la entrega de sí.

La contribución de la vida contemplativa a la Iglesia y al mundo consiste también, por otra parte, en la realidad de su relación de amistad, de amor vivido en primera persona con el Señor. El diálogo y la oración al Señor, la entrega vivida conscientemente en el silencio para bien de los hombres, sirveal cumplimiento del designio salvífico de Dios sobre el mundo.

Esta colaboración a través de la oración, que se hace en palabras, gestos y entrega personal, es, en realidad, participación en la misión salvadora de Cristo, en su diálogo con el Padre hecho en este mundo con palabras y gestos humanos.

La vida contemplativa testimonia así también la profundidad del misterio de la comunión eclesial, de nuestra verdadera identidad como miembros del Cuerpo de Cristo. Muestra cómo el Señor nos une a El, cómo nuestras riquezas espirituales, nuestros dones y misiones, son participación en lo suyo. Y muestra cómo estamos todos unidos en la raíz sacramental de nuestro ser: podemos rezar, pedir, alabar, sufrir los unos por los otros, compartiendo lo que somos con quien lo necesite, como el Señor lo ha hecho con el don pleno de sí mismo.

 

 

Conclusión. Eclesialidad intrínseca

Como se ha dicho, la vida consagrada no se constituye por un sacramento ni pertenece a la estructura sacramental de la Iglesia; sino que, por su misma naturaleza, es entrega personal en el amor y subraya constantemente la prioridad de la santidad en la Iglesia, del “sacerdocio común” de todos los fieles.

Específico de la misión de la vida consagrada es, por tanto, dar testimonio concreto de lo imprescindible de un corazón urgido por la caridad de Cristo y de la radicalidad del desprendimiento propio de esta “vida nueva” en el Espíritu; pero también, de una manera propia y peculiar, de la pertenencia y la compañía eclesial que lo hacen posible.

En efecto, todas las formas de vida consagrada, con su existencia y su misión, ponen de manifiesto no sólo la pertenencia a Cristo, sino también la necesidad de la compañía eclesial para todos los fieles cristianos. Esta es una exigencia intrínseca de la constitución eucarística y apóstolica de la Iglesia –no se puede ser cristiano solo, sino siempre como miembro de la única Comunión en Cristo–; pero lo subraya de manera explícita y propia el testimonio existencial de los consagrados, que no deja de acompañar “inconmutablemente” la vida de la Iglesia.

La búsqueda de la perfección en la caridad, común a todo fiel, necesita este “signo existencial”, la presencia humanamente realizada del “espíritu de los consejos”, que es el espíritu de la caridad. Ahora bien, como este servicio tan singular consiste específicamente en el don de la propia existencia, se manifiesta en él claramente el significado particular de la presencia y del testimonio vivo del hermano en la fe; y se experimentan la unidad y la pertenencia mutua de los miembros del nuevo Pueblo de Dios. Podría hablarse como de un “sacramento existencial”, cuya presencia recuerda a los fieles que la Iglesia se realiza en la historia como una fraternidad real, articulada en diversidad de operaciones y ministerios, en la que los miembros del Cuerpo se necesitan recíprocamente y ninguno puede decir a otro: no te necesito. En esta perspectiva, la vida consagrada aparece como signo e instrumento del ser mismo de la Iglesia, precisamente en cuanto existe como una “comunión de vida, de caridad y de unidad”, enviada por el Señor a todo “el universo como luz del mundo y sal de la tierra”.

Recíprocamente, comprender tanto los institutos religiosos como los seculares en referencia a la experiencia de los fieles y de la Iglesia implica que ellos también han de permanecer en la comunión eclesial concreta, en la que el sacerdocio común, así como los carismas, son vividos por todos los fieles –incluidos los “clérigos”– en relación intrínseca con el sacerdocio ministerial.

En este sentido, la vida consagrada pertenece y necesita estar plenamente integrada en la realidad de la Iglesia, particular y universal. Necesita del servicio del ministerio apostólico, como todo cristiano, y está referida a la vida de los fieles laicos en el mundo, a los que no puede sustituir en la misión específica que cumplen en el ámbito de lo secular.

Conviene recordar, por ello, que ni siquiera los institutos seculares pueden definirse simplemente como una forma de laicado –de hecho, sus miembros pueden ser también sacerdotes. También estos institutos están al servicio de todo el Pueblo de Dios, de todos sus miembros en cuanto “fieles cristianos”; y, por tanto, al servicio de su misión en el mundo, del que es expresión primera el espacio de lo secular –el trabajo y las riquezas, las relaciones afectivas, las responsabilidades sociales.

No puede utilizarse la inicial descripción negativa que hace LG del laico, para identificar con él a los institutos seculares –como tampoco para negar que existan laicos en los “institutos religiosos”–, aunque la literalidad del texto parezca inducir a ello.

El relator conciliar recordó en su momento que este texto no intenta referirse a la distinción técnica entre “institutos religiosos” y “seculares”. Por lo que el contenido del término “estado religioso” parece corresponderse aquí más bien con el de “vida consagrada”, tal como lo presenta el CIC:

“En la Iglesia hay muchos institutos de vida consagrada, que han recibido dones diversos según la gracia propia de cada uno: pues siguen más de cerca a Cristo ya cuando ora, ya cuando anuncia el Reino de Dios, ya cuando hace el bien a los hombres, ya cuando convive con ellos en el mundo, aunque cumpliendo siempre la voluntad del Padre” (c. 577).

Salvaguardar la justa relación con los miembros de la Iglesia, vivir de corazón en medio de ella, aceptando su forma eucarística y apóstolica, así como también su permanente necesidad de reforma y de purificación, es, sin duda, camino para una buena comprensión de la vida consagrada y para una mayor fecundidad de sus institutos.

Pues el cumplimiento de la misión dada por el Señor a su Iglesia no puede ser llevada a cabo por una parte de los fieles por separado, ni aunque pertenezcan al “estado de perfección”, sino sólo por el Pueblo de Dios como tal, que existe en la historia como un Cuerpo bien articulado, no sólo por el servicio del ministerio apostólico, sino también por la presencia y la interrelación profunda entre los tres “estados de vida”.

“Por consiguiente, la misión de la Iglesia se cumple por la actividad con la que, obedeciendo el mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los hombres o pueblos para conducirlos con el ejemplo de su vida y su predicación, con los sacramentos y los demás medios de gracia, a la fe, la libertad y la paz de Cristo…”

El estado de “especial consagración” recuerda a todos la prioridad radical de la realización existencial, de la vida en la perfección de la caridad, de la llamada a la santidad, para el cumplimiento de la misión de la Iglesia. Por ello su presencia, en la variedad de institutos “religiosos” y “seculares” o en otras nuevas formas, supone una interpelación profética a todo el Pueblo de Dios –y a “las gentes”, a quienes la Iglesia es enviada por su Señor. Su testimonio de “vida según los consejos” será siempre necesario, para que los fieles perciban el significado concreto de la llamada a la perfección en la caridad en las concretas circunstancias de la historia. Pues cada generación corre el riesgo de adoptar la mente del mundo, de reducir las dimensiones de la fe y de la caridad a sus medidas; y, por tanto, de paralizar la dinámica de la misión, dejando de salir al encuentro de todas las gentes sin excluir a nadie, en particular a aquellos que la sociedad no aprecia o descarta.

El testimonio de esta caridad evangélica, por su radicalidad, seguramente será siempre incómodo para los fieles y para el mundo. Pero es un don providencial, de valor inapreciable para el camino de cada uno y de la Iglesia, particular y universal. Por ello es también de tanta importancia la fidelidad de la vida consagrada a su vocación, que realice su misión en la unidad de la comunión eclesial, que se comprenda como parte sustantiva de su realización viva.

 

Su presencia es un gran bien y, por eso, es agradecida y deseada desde siempre por la Iglesia, que pide constantemente al Señor que la enriquezca con los muchos dones de su Espíritu –jerárquicos y carismáticos– y, en particular, le pide que la vida consagrada no deje de acompañar en todo tiempo su peregrinación por los caminos de la historia.