La resurrección de la carne

          En este artículo del Credo profesamos nuestra fe en la salvación del hombre. Aunque se dice «resurrección de la carne», no se está hablando del destino de una parte del ser humano, por ejemplo del «cuerpo», separado y distinto del «alma». En el contexto bíblico de pensamiento, con «carne» se designa al hombre real, débil y mortal, el que existe de un modo corporal.

La palabra «carne», sin embargo, bien entendida no sólo no conduce al engaño, sino que reenvía con gran fuerza al problema del que aquí se habla: si toda carne es hierba, y todo su esplendor como flor del campo1, que brota y se marchita y huye como la sombra, sin pararse2, ¿qué podemos esperar? «Carne» aparece por tanto como expresión adecuada de la experiencia humana fundamental: ¿qué permanecerá, qué es verdaderamente duradero, valioso, en la vida? ¿qué valor tiene nuestra existencia, en relación con el mundo y con los hombres?

La respuesta cristiana es la de una esperanza; no sólo la de un deseo de inmortalidad, sino la de una certeza nueva cargada de razones. Esta esperanza —afirmada contra la experiencia palpable de la muerte— depende del reconocimiento en la fe de un hecho acontecido: la resurrección de Cristo. En la Pascua, el Señor se aparece corporalmente a sus discípulos, ya no sujeto a las leyes de nuestro tiempo y de nuestro espacio, no limitado por los condicionamientos de la materia corruptible, sino libre y gloriosamente.

Del testimonio de la resurrección pende nuestra fe y nuestra esperanza. Porque Jesucristo no resucitó sólo, sino como el primogénito3, como primicias de los que durmieron. Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos4.

La resurrección será, pues, el fruto de la pertenencia del hombre al Cuerpo de Cristo. De ello es mantenida viva la memoria por la comprensión creyente de la Eucaristía como anuncio de la resurrección y fármaco de inmortalidad5, en clara continuidad con las perspectivas evangélicas6.

Resurrección de la carne significa pues resurrección de los muertos7, resurrección de una persona, que es cuerpo, que es mundo e historia. Por eso es adecuado el término «resurrección»: ser llamados por Dios, interpelados en una Palabra llena de amor —que es Cristo—, que salva la vida del hombre.

Resurrección de la carne quiere decir transformación salvadora de la vida; no concebida simplemente como el abandono de un traje viejo, sino como la afirmación de la verdad plena del ser humano. S. Pablo usa la comparación de la semilla y la planta: Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tu siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano … Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar8. De ahí la afirmación solemne del magisterio de la Iglesia: todos resucitarán con sus propios cuerpos que ahora llevan9 .

Mientras otras especulaciones son inútiles, pues sólo Dios sabe cómo sucederán estos acontecimientos, que superan nuestra imaginación, vale la pena observar, en cambio, que en el cuerpo glorioso de Jesús, fundamento de nuestra esperanza, se transparenta en particular el sufrimiento; se manifiesta transfigurado, con toda la plenitud de una fecundidad irreconocible en la tierra. Con ello se subraya el sentido profundísimo que tenía el sufrimiento de la cruz, y al mismo tiempo se hace a todo dolor la promesa de conllevar un sentido y una fecundidad eterna.

Se manifiesta así del modo más extremo la verdad de la salvación de la carne. En efecto, el sufrimiento es percibido a menudo como algo sin sentido y como la prueba por excelencia de la profunda negatividad de la existencia en la carne. La fe afirma, sin embargo, la transfiguración del sufrimiento. Se da al que sufre —al hombre, simplemente— la esperanza de que, en Dios, su dolor tiene y tendrá sentido, verdadera fecundidad; de que la salvación se refiere realmente a él, que vive en este mundo.

Pero la esperanza cristiana ha dado un paso más. En la resurrección de la carne se están indicando ya el nuevo cielo y la nueva tierra del Apocalipsis10, como la transformación obrada por Dios, en la que lleva a cumplimiento su creación.

En efecto, «carne» significa ser en el cuerpo, ser en el mundo, en relación con los demás hombres y con todas las cosas. La plenitud de la resurrección lo implica todo: los otros hombres, la fraternidad y el universo. No sólo resucitará el hombre, sino, en cierto sentido, la creación entera, que suspira por su cumplimiento perfecto. Pablo vincula expresamente la transformación de la creación con la resurrección de la carne, con el «rescate de nuestro cuerpo»11.

La fe cristiana no afirma, pues, en absoluto que la materia, el cuerpo, el mundo, sea algo malo, y que la salvación consista en abandonarlo a la búsqueda de otra esfera «espiritual», de otro mundo. Esta perspectiva es anticristiana, porque rechaza la obra de Dios en sus dos grandes momentos, la creación y la misión del Hijo eterno; no reconoce que Dios amó al mundo tanto que entregó a su Hijo, desde su encarnación hasta su glorificación, para salvar a los hombres.

Así pues, posiciones cínicas o nihilistas, gnósticas o revolucionarias —este mundo y esta vida no valen nada, hay que negarlas en nombre de otro mundo y de otra vida, y quien no las niegue no sirve realmente a la renovación del mundo— son anticristianas.

Para el creyente, al contrario, es esta vida en el mundo, en el tiempo y en el trabajo, la que puede ser salvada, gozar de verdadero sentido y plenitud.

El cristiano no tiene fobia ni desprecio de la vida y del mundo. Es realista, sabe que la figura de este mundo pasa12; pero que aún así es bueno, porque en él se puede vivir con sentido: con fe, esperanza y caridad. Ciertamente, este principio de vida nueva no viene del mundo, pero sí de su Creador, y está presente en la historia para siempre, habiéndose encarnado el Hijo de Dios.

Si el hombre ha introducido la vanidad y la corrupción en la creación divina, el Hijo la ha redimido por su cruz y el Espíritu la ha santificado. Dios lleva a cumplimiento su designio, la creación será llevada a plenitud por el camino de la resurrección de la carne. El mundo satisfará a Dios; y, a nosotros, este Dios que nos crea, nos redime y santifica, nos dará también satisfacción: Dios será todo en todo13.

1 Is 40,6

2 Jb 14,2

3 Col 1,18

4 1Co 15,20-21

5 S. Ignacio de Antioquía, Ad Eph 20,2

6 Por ejemplo: Jn, 5,24-25; 6,40.47; 6,50ss (pan de vida); Jn 11,25 (Yo soy la resurrección y la vida), etc.

7 Credo niceno-constantinopolitano.

8 1Co 15,36-37a.38

9 Concilio Laterano IV (1215), Constitución De fide caholica: DH 801

10 Ap 21,1

11 Rm 8,20-23

12 1Co 7,31

 

13 1Co 15,28