LA ALEGRÍA ANTE LA OBRA DE CRISTO

Semana Santa 2014

Observa santo Tomás que las obras de otro pueden ser causa de nuestra alegría de tres maneras. Así podemos hablar de la alegría del Evangelio, que es la producida en nosotros por la fe en nuestro Señor Jesucristo, bien sabiendo que podría y debería ser descrita siguiendo todos los aspectos de las obras de Dios en el mundo –artículo por artículo del Credo, por ejemplo. Nos gozamos, en primer lugar, en la obra de otro, porque por su medio conseguimos un bien.

Y esto se da máximamente en el caso de Cristo, en quien recibimos todos los bienes y los más deseables, la liberación del mal, la plenitud de la vida, la eternidad; y, más aún, el don de un amor entrañable, radicalmente gratuito, el don de su Persona misma, de participar en su propio ser divino.

Nos gozamos también cuando la obra de otro desvela una estima, una alabanza, un honor para nosotros. Esta alegría por una nueva dignidad –reconocida con estupor–, por una estima tan inmensa como la manifestada en este amor de Dios, capaz de bajar de los cielos y de llegar hasta la muerte en cruz por cada uno, es propia de la fe del cristiano.

Y, en tercer lugar, nos llenamos de alegría por las obras buenas del amigo, porque las sentimos como propias por la fuerza del amor. Y así se alegra la fe ante nuestro Señor en modo máximo. Es además una alegría siempre creciente, en la misma medida en que se progresa en el conocimiento de la grandeza y el esplendor de su obra y se profundiza en la amistad. La alegría crece al contemplar los misterios de su vida –como hacemos de un modo especial en Semana Santa– y al escuchar sus palabras, crece al poder confiarle un día a los propios seres queridos para su resurrección, crece al esperar de Él la fuerza y la plenitud del amor en los desafíos de la vida, crece al recibir el perdón que Él nos ha adquirido de una vez para siempre, crece al contemplar la fecundidad de sus dones en los fieles, en la santísima Virgen María y en todos los santos, en las maravillas obradas por ellos en medio del mundo, en las muchas formas de su entrega en la fe y en la caridad, en su defensa de los más pequeños y abandonados.

No terminaríamos de describir los motivos de la alegría del Evangelio. Recordemos simplemente que en cada oración y en cada petición resuena escondida una acción de gracias a nuestro Dios; y que la máxima expresión de nuestra fe es, al fi n y al cabo, unirnos a la perenne, plena y radical acción de gracias al Padre que Cristo instituyó en vísperas de su Pasión, en la Última Cena. Aceptamos así que la fuente última y la cima de nuestro corazón sea también la acción de gracias al Padre –por el Don de su Hijo– y, por tanto, el agradecimiento, inseparable de la alegría.

+ Alfonso Carrasco Rouco.

Obispo de Lugo