Lineas Pastorales de curso 2013-2014

      1. En continuidad con el “Año de la fe”

La celebración del “Año de la fe”, convocado por el Papa Benedicto XVI, ha orientado nuestro caminar como Iglesia a lo largo del último curso pastoral. En él, hemos podido constatar las riquezas de nuestras comunidades cristianas, parroquiales, arciprestales y diocesanas; pero asimismo qué urgente es también para nuestras propias personas, sacerdotes, seglares y consagrados, vivir nuestra fe con mayor conciencia y alegría.

Ante este desafío, antiguo y a la vez presente, como hemos redescubierto nuevamente, estamos llamados a continuar el esfuerzo por comprender mejor el significado de la fe que hemos recibido, por conocerla, profesarla y permitir que renueve nuestra existencia.

A ello nos invita, por otra parte, la publicación de la encíclica Lumen Fidei por el Papa Francisco; así como su petición de vivir con sencillez y claridad el Evangelio en medio de nuestro mundo, y especialmente en las “periferias” existenciales, allí donde faltan los bienes materiales o espirituales más necesarios.

La primera tarea será, pues, no presuponer “la fe como algo descontado”, que no necesitaría ser “alimentada y robustecida”, para que pueda enriquecer “la existencia humana en todas sus dimensiones” (Lumen Fidei 6).

Para ello, hemos de agradecer siempre en primer lugar este gran don de Dios y, por tanto, no olvidar cómo nuestra fe “está vinculada al relato concreto de nuestra vida, al recuerdo agradecido de los beneficios de Dios” (LF 12). Así, cuando miremos a nuestra historia y, en ella, a nuestras familias, escuelas, parroquias, amigos, etc., podremos ver de cuántos modos Dios estaba actuando concretamente en nuestro camino, dándonos la esperanza en su misericordia, en que nos cuidaría como Padre hasta el final.

No dar por supuesto la fe, valorar su capacidad de iluminar y renovar nuestra vida, coincidirá, pues, con apreciar y cuidar con cariño nuestra relación con la Iglesia, que es la forma histórica en que nos unimos personalmente con Cristo y, en Él, con Dios. “La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe” (LF 38).

2. Una comunidad unida en la fe y en la Eucaristía

Para que la fe sea un principio de vida nueva, que ilumine nuestra existencia, nuestra historia y nuestro pueblo, resulta esencial que no nos quedemos solos. “Es imposible creer cada uno por su cuenta” (LF 41).

De hecho, el primer paso de la fe es el bautismo, celebrado en nuestra parroquia, por el que entramos a formar parte de la gran familia del Señor. Por el bautismo recibimos “una doctrina que profesar y una forma concreta de vivir, que implica a toda la persona y la pone en el camino del bien.” Somos transferidos “a un ámbito nuevo, colocados en un nuevo ambiente, con una forma nueva de actuar en común, en la Iglesia” (LF 41).

Pero la naturaleza propia de la fe alcanza su máxima expresión en la Eucaristía, “que es el precioso alimento para la fe, el encuentro con Cristo presente realmente con el acto supremo de amor, el don de sí mismo, que genera vida” (LF 44).

Por ello, la primera línea de acción habrá de ser cuidar y promover la comunidad eclesial más cercana, nacida del bautismo y que alcanza su forma plena en la Eucaristía.

Este curso hemos de crecer en la conciencia de que somos cristianos como comunidad concreta, que significa acompañamiento creyente y amigo en las diferentes circunstancias de la vida y que se realiza como comunión eucarística, ante todo en el domingo, día de la resurrección del Señor.

Es importante comprender la urgencia de esta unidad fraterna, fundada en Cristo, para que se alimente y robustezca nuestra fe. Vivir esta “unidad” es necesaria para todo cristiano, y nos pedirá siempre el esfuerzo de cuidarla, independientemente de lo grandes o pequeñas que sean nuestras comunidades parroquiales. En todas es posible sufrir el abandono o la soledad, o vivir en el anonimato. Pertenecer y participar en la vida y liturgia de la Iglesia es necesario para todos.

Esto exigirá que sigamos dando pasos este curso para hacer posible esta dinámica de unidad, teniendo en cuenta especialmente las circunstancias de nuestro mundo rural. Hemos de hacer posible un acompañamiento real en nuestros pueblos, aún lejanos o pequeños, y al mismo tiempo una celebración eucarística dominical en lugares escogidos a los que todos puedan acudir –y donde podrán tener lugar también otras actividades, catequéticas, caritativas o culturales, necesarias también para la educación y la vida de la fe.

Para la plena constitución de la comunidad cristiana, que celebra la Eucaristía, es necesaria la presencia del sacerdocio ordenado. Por ello, en este contexto, querría proponer a todas las parroquias, en la medida de sus posibilidades, que ofreciesen a los propios fieles la ayuda de una beca para que algún niño o joven pudiese estudiar en nuestro Seminario. Pues, dada la actual situación de crisis, bien pudiera ser que alguno dejara de ir al Seminario por razones económicas. Con esta acción, por otra parte, recordaríamos más vivamente en toda la Diócesis la urgencia de rogar al Señor que envíe obreros a su mies, así como la grandeza del don de la vocación y la misión sacerdotal.

Como parte del “Año de la fe” convendrá igualmente continuar impulsando, animando y acompañando en los diversos arciprestazgos los lugares y momentos de encuentro y reflexión sobre el Credo, las “escuelas” que comenzaron este curso. Nuestra fe necesita sin duda el enriquecimiento de estos ámbitos de diálogo y de formación, que serán de ayuda para seglares y también sacerdotes, y, en realidad, para la propia comunidad cristiana y su capacidad de vivir y comunicar la fe.

3. La pastoral familiar como prioridad

El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. Pienso sobre todo en el matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer: nace de su amor, signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne (cf. Gn 2,24) y ser capaces de engendrar una vida nueva” (LF 52). “La fe, además, ayuda a captar en toda su profundidad y riqueza la generación de los hijos, porque hace reconocer en ella el amor creador que nos da y nos confía el misterio de una nueva persona” (LF 52).

La familia será, por tanto, una segunda línea prioritaria de acción pastoral. Sin ella, la fe cristiana se hace mucho menos creíble, pues falta el ámbito primero en que esta fe debería manifestar su verdad y su fuerza renovando la vida concreta de los hombres.

En este sentido, procuremos aprovechar los recurso que pone a disposición de todos nuestra Delegación de Pastoral familiar.

Podrá ser muy importante acoger en nuestras parroquias, en la medida de lo posible, la propuesta de una “Jornada de la familia”, ya muy bien preparada por la Delegación. Pues todo lo que podamos sembrar para despertar la fe y unir entre sí a los matrimonios y familias cristianas, será esfuerzo muy bien empleado.

Nuestro Centro de Orientación Familiar (COF), por otra parte, nos permite ya ofrecer una ayuda concreta y profesional, en perspectiva plenamente cristiana, a los matrimonios o familias con problemas.

Conviene también que aprovechemos su oferta de encuentros de “formación afectivo-sexual” para nuestros jóvenes, en nuestras parroquias, en colegios, etc. Pues hay que repetir, de nuevo, que es muy difícil que la fe parezca creíble y atractiva, cuando no ilumina y enriquece las relaciones humanas fundamentales. Y esto es vivido así muy especialmente por nuestros jóvenes, que se abren a estas cuestiones fundamentales.

Comenzamos, en particular, este año una importante iniciativa: un “curso de formación en matrimonio y familia”, que se celebrará en Silleda algunos sábados al año, con los mejores profesores de varias universidades y con la participación de todas las Diócesis de Galicia. Es una ocasión excelente, para reavivar el ánimo de todos los implicados en la pastoral familiar –en primer lugar, los sacerdotes mismos– o interesados en ella, facilitando un lugar de formación y, al mismo tiempo, de encuentro, diálogo y colaboración. Considerando lo esencial que resulta la realidad del matrimonio y de la familia, esforcémonos en aprovechar nosotros y hacer posible el buen fruto de esta iniciativa.

4. Caritas Diocesana

Asimilada y profundizada en la familia, la fe ilumina todas las relaciones sociales … se expande en un camino fraterno” (LF 54). Pues “las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones que tienen como fundamento el amor de Dios” (LF 51).

En concreto, “la luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los sufrimientos del mundo. ¡Cuántos hombres y mujeres de fe han recibido luz de las personas que sufren! San Francisco de Asís, del leproso; la Beata Madre Teresa de Calcuta, de sus pobres. Han captado el misterio que se esconde en ellos” (LF 57).

Esta experiencia creyente forma parte también de nuestro camino como Iglesia en Lugo de muchas maneras. En este curso, en el año 2014, celebraremos, en particular, los cincuenta años de existencia de nuestra Caritas diocesana.

Será una ocasión para que verifiquemos una vez más que la fe vive por la caridad, que se expresa en todas las relaciones humanas, pero sobre todo ante quien sufre.

Procuremos este curso prestar una atención especial a las necesidades presentes en nuestras parroquias y comunidades. Tocando las llagas del prójimo, descubriremos mejor al Dios vivo, como nos enseña nuestro Papa Francisco.

Cuidemos particularmente nuestras Caritas, sus centros y sus actividades, pero sobre todo a sus miembros a los fieles que son voluntarios y a quienes trabajan en ellos. Quien acude a Caritas ha de encontrar siempre la mirada de la fe y de la esperanza, junto con toda la ayuda material posible en cada caso. Por ello, es ciertamente imprescindible la organización de nuestros esfuerzos; pero no es menos necesaria la fe, la esperanza y la caridad en los miembros de Caritas.

Procuremos, pues, organizar este servicio en nuestras comunidades, para que sean un lugar de acogida real del necesitado. Pero organicemos también el cuidado de la fe de quien se entrega a esta tarea; pues es algo que no puede nunca darse por descontado, sino que necesita “alimentarse y robustecerse”.

Y demos gracias a Dios por estos cincuenta años de presencia de Caritas en nuestra Diócesis; así como por los incontables gestos de caridad real y activa que fecundan a la Iglesia desde siempre, muchas veces en el silencio y la discreción más grandes.

Alegrémonos de poder ver en Caritas un signo palpable en medio del mundo de la realidad más grande, de la fe y del amor con que tantos han entregado su vida como discípulos sencillos de Aquel que nos ha permitido reconocer y creer en el Amor, Jesucristo nuestro Señor.

5. Conclusión

La unidad de la Iglesia, en el tiempo y en el espacio, está ligada a la unidad de la fe: Un solo cuerpo y un solo espíritu […] una sola fe” (LF 47). “En la comunión del único sujeto que es la Iglesia, recibimos una mirada común. Confesando la misma fe, nos apoyamos sobre la misma roca, somos transformados por el mismo Espíritu de amor, irradiamos una única luz” (LF 47).

 

Por ello, encomendamos las tareas de este nuevo curso pastoral a la santísima Virgen María, “madre de la Iglesia y madre de nuestra fe” (LF 61). A ella le pedimos que interceda por todos nosotros y nos ayude a “mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestros caminos” (LF 61), a creer en su amor y a sembrar con nuestra fe la alegría de la Resurrección.

 

+ Mons. Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo