Beatificación en Tarragona

El próximo día 13 de octubre de 2013, domingo, se celebrará en Tarragona la beatificación de quinientos veintidós hermanos nuestros que dieron su vida por amor a Jesucristo, en diversos lugares de España, durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo pasado.

Murieron como «firmes y valientes testigos de la fe». Forman parte así de la historia más gloriosa de la Iglesia, que, especialmente en el siglo XX, ha sido historia de persecución y de testimonio de la fe en Jesucristo hasta el martirio. En España, desde 1987 han sido beatificados ya 1001 mártires, de los cuales 11 han sido también canonizados. No podemos olvidar, además, que el martirio de hermanos nuestros sigue siendo una realidad presente en diversos países aún hoy día.

El Concilio Vaticano II, los cincuenta años de cuya apertura celebramos en este Año de la fe, habla repetidamente de los mártires y los presenta como modelo de santidad: “En el martirio el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo, y se configura con Él derramando también su sangre. Por eso, la Iglesia estima siempre el martirio como un don eximio y como la suprema prueba de amor. Es un don concedido a pocos, pero todos deben estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirlo en el camino de la Cruz en medio de las persecuciones, que nunca le faltan a la Iglesia” (LG 42).

Con motivo del Año de la fe se ha reunido un grupo numeroso de mártires que serán beatificados en Tarragona. Entre ellos se cuentan tres obispos, uno de los cuales es Mons. Manuel Basulto Jiménez que, como recordaréis, ha sido también Obispo de nuestra Diócesis de Lugo; su beatificación es motivo muy particular de alegría para nuestra Iglesia diocesana. Serán beatificados también un buen grupo de sacerdotes, muchos religiosos y religiosas, seminaristas y laicos. Eran hombres y mujeres; la mayoría de ellos jóvenes, pero también ancianos.

Todos fueron verdaderos creyentes que, ya antes de afrontar el martirio, eran personas de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Virgen. Hicieron todo lo posible para participar en la Santa Misa, comulgar o rezar el rosario, incluso cuando suponía un gravísimo peligro para ellos o les estaba prohibido, en el cautiverio. Los mártires no se dejaron engañar «con teorías y con vanas seducciones de tradición humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo» (Col 2, 8). Por el contrario, fueron cristianos de fe madura, sólida, firme. Rechazaron, en muchos casos, los halagos o las propuestas que se les hacían para arrancarles un signo de apostasía o simplemente de minusvaloración de su identidad cristiana.

Como San Pedro, los demás apóstoles, o San Esteban, el protomártir, nuestros mártires fueron también valientes. Aquellos primeros testigos, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, «predicaban con valentía la Palabra de Dios» (Hch 4, 31) y no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Así, estos hermanos nuestros tampoco se dejaron intimidar por coacción ninguna, ni moral ni física. Fueron fuertes cuando eran vejados, maltratados o torturados. Eran personas sencillas y, en muchos casos, débiles humanamente. Pero en ellos se cumplió la promesa del Señor a quienes le confiesen delante de los hombres: «no tengáis miedo… A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 31-32).

Los mártires murieron perdonando. Por eso, son mártires de Cristo, que en la Cruz perdonó a sus perseguidores.

Esta Beatificación del Año de la fe es una ocasión de gracia, de bendición y de paz para la Iglesia y para toda la sociedad. Vemos a los mártires como modelos de fe y, por tanto, de amor y de perdón. Son nuestros intercesores, para que pastores, consagrados y fieles laicos recibamos la luz y la fortaleza necesarias para vivir y anunciar con valentía y humildad el misterio del Evangelio en nuestros días, conscientes de no depender del aplauso del mundo ni recibirlo frecuentemente.

Te invito a ti como sacerdote a anunciar este gran acontecimiento de nuestra historia de fe a tus comunidades parroquiales y a participar en la peregrinación diocesana para celebrar, con hermanos de toda España, este momento de gracia.

Que esta peregrinación a Tarragona, con todas las riquezas de la propuesta hecha por nuestra Delegación, nos permita a todos nosotros contemplar el ejemplo de fe y de amor de los mártires y nos ayude a vivir unidos en Cristo, como Iglesia suya enviada también hoy a todos los hombres a anunciar el Evangelio.

 

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo