CONFERENCIA: A PROPÓSITO DE LA VIDA CONTEMPLATIVA

Mons. Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo 

A PROPÓSITO DE LA VIDA CONTEMPLATIVA

El Ferrol, 5 de junio de 2008

         En el primer artículo dedicado a la vida contemplativa en la Suma de Teología, observa santo Tomás de Aquino :

 
“Unde etiam et in hominibus vita uniuscuiusque hominis videtur esse id in quo maxime delectatur, et cui maxime intendit: et in hoc praecipue vult quilibet convivere amico, ut dicitur in IX Ethic”[1].     

       Sorprende esta referencia a aquello a lo que la vida tiende y en lo que consiste su deleite, al querer convivir con el amigo. No son los contenidos con los que asociamos inmediatamente la vida contemplativa. Sale así a la luz una objeción primera: la vida contemplativa ¿se corresponde de verdad con el dinamismo propio de la vida del hombre? Como santo Tomás, nosotros pensamos que sí; aunque ello nos obliga a un cierto esfuerzo de reflexión.

I.  El difícil acercamiento contemporáneo a la vida contemplativa.

            Es importante observar, en primer lugar, que la vida contemplativa no puede comprenderse en el horizonte individualista de un cierto solipsismo; no es un encerrarse en sí mismo y un cortar los lazos con la realidad, buscando el “más allá” de un Dios separado.Ciertamente, esto sería innatural y produciría rechazo; porque contradice la naturaleza humana, que tiende inevitablemente a compartir, a comunicar, a multiplicar el bien y la alegría en relaciones de unidad y de amistad. La contemplación de la verdad, por definición, no puede conducir más que a estar en relación más profunda, en comunión con todas las cosas, a establecer relaciones más verdaderas, de mayor unidad con las otras personas. 

         Esta perspectiva inmediata y natural es modificada en nuestra época por una cultura moderna, una antropología radicalmente individualista. Según esta comprensión de las cosas, muy influyente en la actualidad, el hombre se define como un ser individual soberano y libre para el cual toda vinculación será el fruto del ejercicio de su voluntad soberana, de acuerdos, contratos o consensos. La relación con las cosas –con el mundo-  sería la de una posesión paradigmáticamente científica o tecnológica. Mientras las relaciones interpersonales se regirían según la ley del más fuerte, de la búsqueda de la victoria sobre el otro; una ley no sólo hobbesiana –el hombre es un lobo para el hombre–, ni sólo darwiniana, sino una tentación humana perenne, como muestra el que podía defenderla ya el sofista: la verdad es determinada por el más fuerte, decía, contra Sócrates, que será llevado a la muerte por su “filosofía”, por su amor a la verdad. Sus discípulos, Platón y Aristóteles, hablarán de la “theoria” (contemplación), como el grado supremo de realización de un ser humano inteligente. 

          Para un hombre de nuestra época, de tradición semejante, si no está determinado por la fe, ¿qué puede significar la vida contemplativa? Si en realidad la vida consiste en alcanzar dominio y poder sobre la realidad, transformarla tecnológicamente, a la fuerza si fuese necesario, ¿qué sentido puede tener recluirse en un convento o monasterio? ¿No es contradictorio con el progreso de la persona y del mundo? A lo largo del siglo XIX (siglo del “progreso”) y del XX (siglo de las “transformaciones” del mundo por las grandes “ideologías”), ¿cuántos no han pretendido con grandes declaraciones y mucha propaganda que la vida contemplativa era propia de holgazanes, que mejor harían en ponerse a trabajar? ¿Cuántos no han forzado violentamente a los consagrados  a dejar los conventos, cerrándolos o prohibiéndolos?

          Los mismos cristianos, influidos por esta concepción del hombre, tan ajena a nuestra fe, pensamos así algunas veces. Es fácil caer en la tentación de comprender la vida contemplativa como un abandono de la realidad y una opción por un individualismo solipsista. En este sentido, podemos observar la postura radical de quien dice, con desinterés por el destino de la persona, “si le gusta ¿por qué no?”. Otras en cambio pueden pretender mostrar una cierta comprensión: hicieron bien en salirse de esta vida y de esta realidad en el fondo sin sentido, en la que no se puede encontrar satisfacción verdadera.

        Esta última posición tiende a crecer en un mundo que busca escapatorias ante el fracaso profundo de las ideologías dominantes: no han conducido al mundo bueno prometido, ni atienden en lo más mínimo a las exigencias de la persona concreta, que no sólo es pensada como un individuo más en medio del mundo, sino que no es tomada en consideración en sus anhelos más hondos. Así, la idea de abandonar una batalla que al final nunca es la de uno mismo, de salirse de la mecánica de un mundo que no sólo es insatisfactorio –experiencia elemental-, sino que no toma en serio la satisfacción profunda de uno mismo, es una idea que puede resultar seductora.

          Quien puede optar por la vida contemplativa sería entonces una persona seria, digna de ser tenida en cuenta. Que abandona la tarea –semejante a la de Sísifo- de dominar el mundo, que se sale de la perenne contienda con sus semejantes y que intenta reafirmarse a sí mismo,  alcanzar el bien que corresponde al propio corazón.

       Y, en efecto, es bueno afirmar la importancia de la propia persona y la voluntad de alcanzar su destino verdadero. Pero, ¿por la vía de abandonar la realidad? Estas perspectivas, procedentes del desencanto ante las ideologías y las utopías dominantes, pueden presentarse hoy en nuestra sociedad unidas a un influjo creciente de místicas o pensamiento oriental, que les dan un nuevo contexto y dignidad cultural. Ahora bien, ¿hay que ir realmente por el camino de una interioridad encerrada en sí, que corta los nexos con todas las cosas? ¿La vida contemplativa debe ser entendida desde tales modelos orientales?El horizonte del cristiano no está determinado por un juicio radicalmente negativo ante la realidad y la vida. Es verdad que el mundo no es Dios, como expresan radicalmente ciertas tradiciones orientales: “lo que es, no es; lo que no es, es”; y en contra de algunas tradiciones europeas modernas, para las que este mundo, esta vida, la materia, el poder humano es todo, mientras que la muerte, el más allá, no son nada.

       El mundo, para nosotros no es Dios; pero no es malo, no es un velo engañoso, falso, tejido por un genio maligno, como temió por un instante el pensamiento moderno en sus orígenes (Descartes) y como nos ha querido poner ante los ojos en una preciosa fabulación mítica la película “Matrix”. El mundo ha sido creado por Dios, existe por su voluntad, habla de Él, y ha de ser usado, vivido, para llegar a Él, que es la plenitud de toda realidad.

       Pero el hombre, como se ve de nuevo en estos mismos comentarios sobre la vida contemplativa, ha perdido el camino, se encuentra como quien va a tientas, en busca de la verdad y de la vida, y corre hoy el riesgo grande del nihilismo y el escepticismo. 

       La revelación divina, que alcanza su plenitud y forma definitiva en Jesucristo, es la “piedra angular” que permite la construcción de la vida humana, sin que sus tensiones y polaridades intrínsecas queden sin solución y lleven a derrumbarse la obra; que permite la salvación del hombre, en todas sus dimensiones, en las que hace posible ver el inicio de un esplendor que es promesa cierta de la gloria futura.

       Y esto es así también para esta dimensión tan humana, que Aristóteles llegó a considerar el culmen de nuestro ser inteligentes, que es la vida contemplativa, que alcanzará forma nueva, impensada y espléndida en la Iglesia de Cristo.

        

II. Contemplar la presencia de Dios en Jesucristo

  

       La vida contemplativa está radicalmente determinada por la autocomunicación, por el don de sí de Dios al hombre, que lo invita en Jesucristo a una amistad y una participación en su vida, a la comunión en el único Espíritu Santo.

       El abajamiento de Dios hasta el hombre tiene la forma de la encarnación del Hijo, y cambia radicalmente la situación del hombre. Porque la persona se encuentra con la presencia de Dios mismo, invitado en primera persona a una relación de amor. 

       Dios se hace presente en medio de este mundo, humanamente, en su Hijo; afirmando el valor de toda presencia, de toda realidad, que ha sido creada por Él, tiene en Él su fundamento y su destino pleno: El Logos eterno vino a su casa (Jn 1). Y afirma, en primer lugar, el valor de la presencia mía, de la de cada persona, sin límites, de modo infinito, como es propio de Dios y como pone de manifiesto en su encarnación, yendo hasta morir en la cruz por la salvación de aquellos que aún eran enemigos.

       Se desvela así la verdad última de este proceder de Dios. Es un amor inmenso, divino, que afirma el bien del amado, que desea darle vida –y vida en abundancia, eterna-, que lo invita a la plenitud del amor, a vivir en un mismo Espíritu.

       La persona es querida e interpelada en su singularidad más propia del único modo aceptable, del único que respeta plenamente la propia libertad, más aún, la afirma y la potencia: A través de la amistad y del amor más radical, que va hasta la muerte por tu libertad y tu vida.

       Esta será la característica primera de la vida contemplativa cristiana: contempla con estupor agradecido la belleza del Señor, de su don inmenso, y responde en la fe y en el amor. Es una historia de amor hecho posible por la cercanía, por la visita y la presencia del Amado, que despierta al hombre a su conocimiento y amor. Por eso, la vida contemplativa tiene en su centro siempre a Jesucristo, cuyo rostro contempla, cuya palabra escucha, cuyos gestos y entrega tiene ante los ojos; y, al mismo tiempo, a quien ama y en quien es conducido al Padre, siguiéndolo, recibiendo de Él el Espíritu en el que unirse a Él y cumplir su mandato.En efecto, desde este punto de vista, la vida contemplativa es cumplimiento del mandamiento nuevo del amor, que el Señor dio a todos sus discípulos. Un amor que va hasta el seguimiento del Amado con todo el corazón, que cumple sus mandatos con todo el ser y todos los haberes de la persona. En esta dinámica profunda florecen los tres votos de la vida consagrada: pobreza, castidad y obediencia.       En todo ello nada implica desprecio o abandono de la realidad, de la creación que el Señor vino a salvar; sino unión con Él y participación en su misión, en el cumplimiento de su designio sobre el hombre y el universo. La esperanza radical que el creyente pone en Dios, al reconocer su amor y su poder en la Resurrección de Cristo, impide toda negación de fondo del significado de la vida y de la realidad. Los contemplativos, en el amor que los une al Señor, son radicalmente misioneros, participan de su misión, colaboran para que todo encuentre en Él la salvación.Ello encuentra su primera realización en el valor que recibe la propia persona del contemplativo, afirmada hasta el fondo porque amada por el Señor, que se entregó por ella y la invita a una entrega total de sí en el amor, dándole un protagonismo radical en el corazón mismo del destino del mundo, a pesar de la apariencia humilde del convento. 

       Y se manifiesta, en segundo lugar, en el testimonio dado con toda la propia vida de la necesidad radical de la relación con Dios para la salvación del mundo, de la necesidad radical de Jesucristo, en quien se da esta relación y esta salvación.

       La vida contemplativa afirma constantemente, de palabra y obra, con toda su existencia, la prioridad de Dios, la necesidad de la relación con Él y la posibilidad real de esta relación, bajo la forma plenamente humana de la fe y del amor. No ha de destruirse la persona, ni la realidad; pero sí ha de aceptar pensarse y vivir en esta dinámica del amor de Dios –en su Espíritu-, con una radicalidad que impregne toda la propia vida, purifique todo el propio ser y lo ponga al servicio de esta misión primera para la salvación del mundo: el anuncio y el ofrecimiento de una experiencia verdadera, posible, de conocimiento y relación íntima con Dios.

       Nada subsistirá, pues, sin el amor de Dios; pues todo pasa, toda belleza es como flor del campo que se marchita y deja de existir, pero la Palabra del Señor permanece para siempre. Con el Señor, en su Amor, todo consistirá, todo subsistirá, hasta la instauración incluso de Cielos y Tierra nuevos.

       El camino del amor de Dios es insustituible. Y es, sin embargo, irrealizable para cada uno sin Jesucristo, sin la comunión con Él, sin participar de su Espíritu de amor infinito al Padre y a los hombres. El Señor es el camino, es la humanidad viviente totalmente en este Amor de Dios y, así, salvando el mundo.

 

III.  La vida contemplativa en el seno de la Iglesia.

 

       La vida contemplativa da este mismo testimonio fundamental de Dios y de Jesucristo en medio de la Iglesia,. Cumple con ello una misión profética en cuanto que manifiesta con su misma forma de vida la prioridad radical del Señor, del amor de y a Jesucristo como verdadero camino para alcanzar la Verdad y la Vida. Todos los cristianos estamos llamados a aprender siempre de nuevo la prioridad de la relación con Dios, de la fe y el amor a Jesucristo. Tanto más cuánto, como se ha dicho, la mentalidad dominante refuerza la tentación del encerramiento en sí mismo, de la afirmación del propio poder como camino en la vida. La vida contemplativa cumple, en medio de la Iglesia, la misión de recordarnos, como memoria profética, la prioridad, la esencialidad para la vida, de la experiencia de relación con Dios. Recuerda a todos que nuestra vida es una historia de amor, un diálogo que se realiza en la vida, en el que nuestra persona ha sido radicalmente amada por el Señor y ha de caminar en el amor y la entrega de sí en las diferentes circunstancias y vocaciones de cada uno. De esta manera, la vida contemplativa es también una llamada a volver a nosotros mismos, a la esencialidad del propio corazón, de la realización de la propia vida; pero no como el mero recuerdo de una obligación, sino como el anuncio de una posibilidad, de un camino concreto de fe y de amor. En pocas palabras, la vida contemplativa habla, en primer lugar, de Dios y del corazón humano, de un modo nuevo y eficaz, hecho posible por Jesucristo. Pero la contribución de la vida contemplativa a la Iglesia y al mundo, no es sólo el testimonio dado a la prioridad de Dios y al amor a Cristo, sino ante todo, su realización, la realidad de su relación de amistad, de amor vivido en primera persona con el Señor. Es decir, la realidad del diálogo, de la oración al Señor, de la entrega vivida conscientemente en el silencio para bien de los hombres, para el cumplimiento del designio salvífico de Dios. Esta colaboración, a través de la oración que se hace en palabras, gestos y entrega personal, es en realidad, participación en la misión de Cristo, en su diálogo con el Padre hecho en este mundo con palabras y gestos humanos. Es participar en la plenitud de la oración de Jesús, en la forma particular que Él quiera otorgar a cada uno: en el amor y la confianza al Padre y en la petición de perdón y vida para los hombres; en la alabanza y en la reparación en lugar de aquel que se ha alejado de Dios y ya no sabe pedir ni orar; en los momentos de luz y transfiguración, pero sobre todo en los momentos de oscuridad, de cruz y de sufrimiento, en los que el Señor comparte la condición y el destino de los hombres. En la oración de la vida contemplativa, el Señor es amado en su Iglesia, la petición, la alabanza, la participación en su cruz, acontecen de nuevo en medio del mundo. Es una misión imprescindible para que la vida cristiana y la Iglesia sea ella misma, aquella que cree, ama y sigue al Señor en todos sus caminos recibiendo la gracia de colaborar como trabajadores de su viña.

       La vida contemplativa nos enseña así la profundidad del misterio de la comunión eclesial, de nuestra verdadera identidad como miembros del Cuerpo de Cristo. Muestra cómo el Señor nos une a Él, cómo nuestras riquezas espirituales, nuestros dones y misiones, son participación en lo suyo; y muestra cómo estamos todos unidos en la raíz sacramental de nuestro ser: podemos rezar, pedir, alabar, sufrir los unos por los otros. No sustituyendo, sino sosteniendo, intercediendo, compartiendo lo que somos con quien lo necesite, como el Señor lo ha hecho con el don pleno de sí mismo.

IV. Conclusión.

       La novedad de la vida contemplativa cristiana es hecha posible por la plenitud de amor y de sentido aportado al mundo por la revelación de Dios en su Hijo Jesucristo. Existe gracias a la presencia en medio de la Iglesia, entre nosotros, del Señor, que dándonos su Espíritu, nos ha hecho capaces de entrar en relación verdadera con el Padre, de dar forma a la vida según su designio, de contribuir a la salvación del mundo. No tiene nada que ver con el solipsismo de quien se encierra en sí y huye de la realidad. Al contrario, es la expresión de una plenitud de fe y de comunión, de vida cristiana.  Y se realiza siempre en la unidad de la Iglesia al servicio del bien y de la misión de la Iglesia y del mundo. Ello se ve, incluso en la forma misma de existencia de la vida contemplativa. Es siempre –si dejamos ahora de lado el caso singular del eremita- vida compartida, camino hecho en comunión: en comunidad y según una regla. La regla es el símbolo mismo de un “convivir en amistad” (convivere amico), originado y guiado por el Espíritu del Señor, por un don, un carisma suyo.   También así, la vida contemplativa, nos ofrece una gran enseñanza a toda la Iglesia: La existencia cristiana sólo puede florecer y dar fruto cuando es vivida en la paz de los hermanos, enraizada en el amor misericordioso del Señor y guiada según la gran regla de fe y de costumbres que la Iglesia nos propone con la asistencia perenne del Espíritu.

Alfonso Carrasco Rouco

 

[1] Summa Theologiae, II-II q.179 a.2 resp